El silencio de los corderos

 “Sé muy bien lo que a usted le da miedo… No es el dolor, ni el sufrimiento, ni la soledad. Lo único que no puede soportar es la indignidad” “Bueno, Clarice, ¿han dejado de gritar los corderos?”
(El silencio de los inocentes de THOMAS HARRIS)

Estos días, después del siniestro ferroviario ocurrido en Urda, hemos vuelto a recordar otros incidentes trágicos que se produjeron con anterioridad en la alta velocidad española desde su inicio, como el de Adamuz, acaecido en este mismo año, o el todavía recordado de Angrois, cerca de Santiago de Compostela, en el mes de julio de 2013.

Al día siguiente de este último siniestro, hablábamos en el tren varios compañeros sobre este grave incidente, sobre sus causas y sobre sus consecuencias. Entonces, un ferroviario de los más antiguos hizo un comentario atrevido y cruel. Dijo: «Tendría que haber muerto el maquinista. Que sobreviva no nos favorece a los ferroviarios».

Yo pensaba si aquello que nos decía era el sentir del colectivo o una opinión personal de quien hacía el comentario; si con esa apreciación quería proteger a su colectivo profesional o si era una forma de condenar a un maquinista que había errado en su actuación, lo que lo convirtió en el chivo expiatorio de una cadena de desatinos previos.

Hay que recordar que aquel proyecto se elaboró inicialmente en 1987; se diseñó como una línea 100 % AVE, tanto en su trazado como en su seguridad, en el material rodante que debía utilizarse y en el servicio que se iba a prestar. Pero por dificultades, sobre todo económicas, el proyecto se convirtió en un tren solo de altas prestaciones.

Se mantuvo el ancho de vía nacional, que es más ancho que el de las líneas AVE, lo que obligaba a utilizar trenes que en ruta pudieran modificar su ancho para adaptarse a las dos medidas de la vía; y se empleó el trazado original con adaptaciones mínimas, lo que limitaba el uso de los sistemas de seguridad exigibles en las líneas AVE.

Sobre la seguridad fue llamativa la decisión de desactivar los sistemas de alta velocidad como el ERTMS en el punto más crítico que había en todo el trazado: la curva A Grandeira en el barrio de Angrois de Santiago de Compostela. Esta curva obligaba a circular a menos de 80 km/h, cuando hasta ese punto se circulaba a unos 200 km/h.

La necesidad de este servicio prometido desde hacía más de veinte años hizo que, con motivo de las elecciones de noviembre de 2011, se inaugurara después de celebrados los comicios, por el entonces ministro de Fomento en funciones, José Blanco López. Pero eso obligó a ir a mucha menor velocidad y a depender de la pericia del maquinista.

Dieciocho meses después de su puesta en servicio, concretamente el 24 de julio de 2013, se produjo este grave siniestro que causó 80 muertos y más de 144 heridos de los 218 pasajeros y seis tripulantes que iban a bordo.

La investigación técnica, realizada por la Comisión de Investigación de Accidentes Ferroviarios (CIAF), atribuyó el siniestro al exceso de velocidad y al despiste del maquinista. Sin embargo, la Agencia Ferroviaria de la Unión Europea cuestionó la independencia de la investigación y señaló deficiencias en su desarrollo, por lo que exigió su revisión.

Los pasajeros de aquel tren, como los que utilizaron los trenes siniestrados en Adamuz y en Urda, entraron en los trenes hacia sus destinos, como lo hacen los corderos que van al matadero sin percibir el trágico destino que les esperaba. En todos estos casos hubo numerosos heridos y muchos perdieron la vida entre los amasijos de hierro.

Como en la novela «El silencio de los inocentes» de Thomas Harris —convertida en éxito cinematográfico con el título «El silencio de los corderos»— imagino que, después de aquel previsible siniestro, llegaron los gritos y luego el silencio ensordecedor de los pasajeros fallecidos o de los agotados heridos, desfallecidos hasta la extenuación e impotentes ante una espera que se les haría eterna hasta que por fin llegaron las asistencias.

El maquinista del tren Alvia siniestrado declaraba recientemente que: «Soy una persona normal que lleva una desgracia a sus espaldas». Y continúa: «La tragedia es algo que no se olvida». Para finalizar: «Se queda para siempre». Pero él no deja de ser una víctima más de aquel día aciago en el que se puso de manifiesto la falta de rigor de nuestros políticos.

Aún hoy, pasados ya casi catorce años de aquello, además del descarrilamiento del tren a la entrada de la curva de A Grandeira, sigo recordando aquel comentario del viejo ferroviario que, fiel a su genético corporativismo y a una defensa a ultranza de la institución ferroviaria a la que servía, dijo una crueldad sobre el destino que él deseaba para el pobre maquinista.

Seguramente se arrepintió de aquella opinión precipitada que dio entonces, aunque solo fuera por empatía hacia una víctima, su compañero.

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