Natividad Cepeda.– Indignación, impotencia y responsabilidad ciudadana ante la desgracia del 18 de enero de 2026 con el peso de la tragedia y la ausencia de respuestas.
El 18 de enero de 2026 quedará marcado en la memoria colectiva como una fecha dolorosa para España. La tragedia ferroviaria que costó la vida a 42 personas deja todavía a dos desaparecidas y varios heridos en estado crítico, ha expuesto de manera cruda las carencias, la indiferencia y la hipocresía de nuestra sociedad ante el sufrimiento de los propios ciudadanos. La búsqueda de responsables es un clamor que sigue sin respuesta, mientras los cargos públicos se parapetan tras excusas y comparaciones con otros accidentes, como si la historia pudiera mitigar el dolor presente o devolver la vida a quienes la han perdido.
Resulta vergonzoso la reacción del gobierno y el discurso oficial al comprobar cómo los responsables políticos prefieren recurrir a falacias y estadísticas para justificar lo injustificable. Al relativizar la tragedia con datos de siniestros anteriores, se intenta diluir la gravedad de lo ocurrido y se elude la responsabilidad directa. Esta actitud no solo ofende a las víctimas y a sus familiares, sino que perpetúa una sensación de impunidad y abandono que cala honda en la ciudadanía ante la mirada en los rostros de las víctimas
Los periódicos y diarios han mostrado las caras de quienes no regresaron a casa. Al contemplarlas, nos vemos reflejados en su dolor y comprendemos que la tragedia no es ajena, es propia. La impotencia y la indignación crecen ante la falta de justicia y la pasividad de quienes deberían protegernos. En esta ocasión, los habituales manifestantes que suelen salir a la calle por otras causas permanecen en silencio, como si el dolor ajeno solo mereciera atención cuando conviene a ciertas agendas políticas o ideológicas quedando así la hipocresía social y el dolor silenciado.
Vivimos en una sociedad que a menudo disimula el sufrimiento cuando le afecta de cerca y lo instrumentaliza cuando es lejano. Se ondean banderas y se clama por tragedias ajenas, pero cuando la desgracia golpea a nuestros propios vecinos y compañeros de trabajo, se instala el silencio y la indiferencia. Este comportamiento revela una cobardía, alimentada por el fanatismo partidista, que nos impide exigir justicia y rendir homenaje a los nuestros. Pero la responsabilidad ciudadana y el deber personal, debe exigir respuestas.
Como ciudadanos, asumimos obligaciones como pagar impuestos y acatar leyes, muchas veces sin entender su utilidad o sentido. Esperamos a cambio servicios y protección, y, sin embargo, frente a la desidia y el mal funcionamiento de los responsables, se nos pide silencio. Algo falla profundamente cuando el dolor de nuestros muertos inocentes se oculta y nadie llora por ellos en público. Las imágenes de gobernantes en el lugar del desastre, con gestos compungidos, no sirven de consuelo ni de solución ante el olvido y la memoria de los que sufren
Por desgracia, cuando pasen unos días más, la tragedia caerá en el olvido colectivo y solo la seguirán viviendo aquellos que han perdido a sus seres queridos. Es necesario romper el silencio, exigir responsabilidades y no dejar que el dolor de Adamuz sea uno más en la larga lista de tragedias que se olvidan, mientras los culpables siguen impunes y la sociedad permanece muda. La reflexión ante esta desgracia debe movernos a la acción, a la empatía y al compromiso. Porque mañana puede sucedernos a cualquiera, y la indiferencia de hoy será el dolor de mañana. No dejemos que el olvido venza a la justicia y a la memoria de los nuestros. Si, los nuestros, los que no son solo palabras ni poemas, ni tertulias…
¿Para qué palabras pulidas,
si no tiemblan ante el grito ajeno?
Que se quiebren las metáforas vacías,
que ardan las rimas sin verdad.
Prefiero un poema torcido,
pero vivo,
que un canto perfecto
sin corazón.
La poesía no es ornamento,
la denuncia
es fuego,
es llaga,
es justicia hecha voz.
Si no lloran las palabras, si no arden,
si no abrazan el dolor humano,
no es poema: No es verdad,
es sombra sin luz,
es eco sin alma.
¿Para qué palabras sin alma
si no laten en la herida del mundo?






