La crisis que no queremos nombrar

Hay cambios históricos que hacen ruido y otros que avanzan en silencio. Entre estos últimos se encuentra la transformación cultural que ha alterado nuestra forma de mirar la maternidad. No ha sucedido de golpe, ni mediante leyes concretas, sino a través de un cambio más sutil: la manera en que medimos el valor de una vida.

Durante siglos, la tradición europea —profundamente modelada por el cristianismo— comprendió que dar vida no era un asunto privado sin más, sino un acto cargado de sentido humano y trascendente. La maternidad no se entendía como un límite impuesto a la mujer, sino como una expresión singular de su dignidad, una colaboración con el misterio de la creación. No era un papel social; era una vocación posible entre otras, pero revestida de un respeto casi sagrado.

Nuestra época, sin embargo, ha desplazado el centro de gravedad. El reconocimiento social se concede hoy, sobre todo, a través de la productividad, la carrera profesional y la autonomía económica. Nada de ello es negativo en sí mismo. El problema aparece cuando, en nombre del progreso, comenzamos a considerar sospechoso aquello que no produce rendimiento inmediato. Y así, casi sin advertirlo, la maternidad ha ido dejando de ser celebrada para convertirse en algo que debe justificarse.

España vive un invierno demográfico que ya nadie discute. Pero reducirlo a cifras o a cálculos económicos es quedarse en la superficie. Toda crisis de natalidad es, antes que nada, una crisis cultural. Cuando los hijos pasan de ser una esperanza a percibirse como una carga, la cuestión ya no es demográfica, sino espiritual. La Escritura lo dice con una sencillez que hoy resulta casi provocadora: «Los hijos son un don del Señor» (Salmo 127:3). Un don, es decir, algo que se recibe con gratitud y no con miedo.

Desde la visión cristiana, la vida humana nunca ha sido entendida como un proyecto estrictamente individual. El hombre no se basta a sí mismo; nace de otros y vive para otros. La familia es, en ese sentido, la primera escuela de humanidad. Por eso, cuando el modelo social obliga a elegir entre trabajo y maternidad, conviene preguntarse si el problema está en las mujeres o en la estructura cultural que hemos construido.

En paralelo, se repite cada vez más la idea de que la inmigración solucionará el problema demográfico europeo. Sin negar su aportación ni su dignidad, la pregunta esencial permanece intacta: ¿por qué tantas mujeres sienten que tener hijos supone un riesgo para su estabilidad o su futuro? Tal vez la cuestión no sea quién tendrá los hijos, sino por qué nuestra propia cultura parece haber dejado de desearlos.

Una civilización madura no enfrenta libertad y familia, ni progreso y maternidad. Al contrario: encuentra el modo de armonizar ambas dimensiones, reconociendo que el cuidado de la vida no es un asunto privado, sino el fundamento mismo de cualquier sociedad que aspire a perdurar.

La tradición cristiana recuerda algo que el mundo moderno olvida con frecuencia: la dignidad humana no depende de lo que uno produce, sino de lo que uno es. Desde esa perspectiva, la maternidad no necesita defensa ideológica ni justificación económica. Su valor precede a cualquier cálculo, porque allí donde una vida comienza, empieza también el futuro.

Las naciones no desaparecen cuando pierden riqueza ni cuando atraviesan crisis políticas. Desaparecen cuando dejan de creer que merece la pena continuar.

Y el día en que una cultura deje de honrar a las madres, ese día habrá empezado a olvidar el sentido mismo de la esperanza.

MANUEL ARTIÑANO MORAGA

Exfuncionario especializado en turismo y política social.

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