Verdad e identidad

Fermín Gassol Peco.- “Quien en nombre de la libertad renuncia a ser lo que tiene que ser, ya se ha matado en vida: es un suicida en pie. Su existencia consistirá en una perpetua fuga de la única realidad que podía ser”. Ortega y Gasset

En una época en la que casi todo se relativiza, donde cada cual parece poseer su particular verdad queriéndola imponer a toda costa, también es frecuente observar los desencuentros entre esas distintas verdades y en muchas ocasiones son demasiado dolorosos.

En una época en la que tanto verdad como libertad se han convertido en meras proyecciones de una claustrofóbica subjetividad, los pensamientos de Juan Ramón Jiménez “Mi libertad consiste en tomar de la vida lo que me parece mejor para mí y para todos” y de Antonio Machado “Tu verdad no, la verdad y ven conmigo a buscarla” suponen altruistas y elevados conceptos de ambas realidades.

En una época, en fin, donde parece imperar la otrora bíblica confusión de lenguas, Juan Pablo II nos dejó este otro, cierto y admirable: “Solamente la libertad que se somete a la Verdad conduce a la persona humana a su verdadero bien. El bien de la persona consiste en estar en la Verdad y en realizar la Verdad”.

De las múltiples ideas vertidas por labios o plumas de tantos pensadores con muy distintas perspectivas a la hora de enfocar la vida, hay una que me resulta como la más profunda, liberadora y útil para culminar ese trayecto y proyecto que es llegar a ser un hombre auténtico: Aquella que Jesús pronunció: “La Verdad os hará Libres”. Una frase que denota en su autor un gran conocimiento de la idiosincrasia y trascendencia del comportamiento del ser humano al tratarse de una afirmación trasversal, no solamente de carácter meramente religioso o espiritual, que también, sino de un aserto que puede ser experimentado por cualquier persona que busque honradamente el fin de su existencia, la verdad de quien es, del porqué existe, el para qué de su libertad.

Si nos interrogáramos sobre aquellas características que más apreciamos tanto en nosotros mismos como en los demás, aquellas virtudes o bondades que nos gustaría fueran moneda corriente y cotidiana…creo que la respuesta bien podría ser esta: conocer siempre la verdad para poder saber y realizar todo aquello que conocemos. Saber elegir de entre todo aquello que la vida ofrece, ese camino que posibilita a cada cual llegar a ser lo que su futuro espera de él.

Es decir, aquello que va esculpiendo nuestro futuro y haciendo madurar nuestras personalidades, es ese grado de pureza, de autenticidad que con los años las personas deberíamos ir adquiriendo a base de conocimiento y de libertad; eso que nos hace a cada hombre o mujer en concreto, un ser irrepetible y perfectamente definido, una continua y exclusiva promesa del mañana que cada día queda hecha realidad desde que comenzamos a tener uso de razón hasta el último instante de nuestra vida. La realización del trayecto y proyecto que la Historia tiene diseñada para cada uno de nosotros.

Llegar a ser uno mismo no es tarea fácil. Mantener la honradez mental a través de los años supone un ejercicio de permanente libertad personal. No convertirse en aborto o caricatura de lo que uno debió ser o en fotocopia estandarizada de otros, supone apostar de manera permanente y contundente por la verdad que en cada momento la vida nos pone delante y una gran entereza para poder llevarla a cabo con entera libertad.  Una libertad que Albert Camús define acertada y profundamente como “una oportunidad para ser mejores personas”.

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