De traperos, heresiarcas y hombres de Dios (56)

Tras conocer la ejecución de su madre, Juan de la Sierra decide tratar de cobrarse el haber sido obligado a ir en la búsqueda de su madre a tierras portuguesas para tan triste final. Sentía remordimientos. ¡Había traicionado a quien le dio la vida y eso no podía quedar así! Aun así, recordaba los contactos que había adquirido mientras estuvo allí, además de que sus orígenes no estaban demasiado lejos de allí, concretamente en la villa de Fregenal de la Sierra, la misma tierra que vio crecer a su propio padre.

Por ello, decidió acometer una gran empresa para que su negocio de venta de paños, aquel que llevaba a cabo con sus hermanos, tuviese por cliente hasta el mismísimo rey de Portugal. ¿Por qué no iba a ser tan ambicioso si ya no podía pensar en recuperar ni tan siquiera el cuerpo de su difunta madre? La Inquisición se lo debía, utilizaría para ello cualquier medio a su alcance (disimulando su conversión de forma fiel, aunque fuese tachado de renegado por sus compañeros de fe) con el objetivo de alcanzar tal propósito. Así ocurriría en el año de nuestro Señor Jesucristo de 1494.

Candelabro menorah (FUENTE: Centro Didáctico de la Judería, Segovia)

-¿Cómo te encuentras, esposo mío? –preguntó Beatriz a Juan tras verle demasiado enfrascado en su comercio de paños, habiendo abandonado cualquier contacto con la familia y no queriendo participar de todas las enseñanzas que sus padres les habían inculcado desde temprana edad. Aún recordaba aquella mujer, madre de dos hijos, que aquel díscolo muchacho en el que puso sus ojos nunca había seguido las leyes de la comunidad judía muy a rajatabla, a pesar de que sus padres y otros parientes cercanos habían sido instigados para que fuesen cristianos de verdad y no sólo estuviesen ejerciendo de tales cuando tenían contacto más allá de las paredes de su casa. Leonor y Alfonso eran el pilar que mantenía aquellas tradiciones judías, aunque sin ningún género de duda quien había sido más castigada por ejercer sus creencias sin ningún tipo de miramientos era la tía de Juan, María Díaz “La Cerera”. Pero, a pesar de estar imbuido en sus quehaceres mercantiles, Beatriz tenía la sensación de que su marido se traía algo entre manos, ya que había percibido en su rostro una sonrisa maliciosa que sólo mostraba en aquellos momentos en los que disfrutaba de alguna situación o que los planes le estaban saliendo a pedir de boca. Esa intuición femenina parecía estar acercándose bastante a lo auténticamente cierto, aunque aún debía descubrir de qué se trataba y cuál era la causa exacta de tan gozoso estado de ánimo de su compañero de vida.

-Algo mejor, aunque demasiado ocupado en las cuentas que el nuevo negocio requiere. A veces quien persevera consigue lo que más desea, y parece que, a pesar de las circunstancias eran muy adversas hace algunos meses, ahora las tornas parecen haberse dado la vuelta, o eso al menos es lo que tengo la impresión que sucede. –respondió contento Juan.

-¿A qué te estás refiriendo? ¡Me tienes intrigadísima! No haces nada más que venir de aquí para allá y sólo nos vemos en el camastro de nuestra habitación cuando llega la noche y tampoco entonces sueltas prenda. ¡Explícate, amor mío, que ya me tienes en ascuas! –respondió la mujer ansiosa y solícita.

-Es cierto que aún no sabes nada al respecto. He querido mantener las cosas en secreto pues mis hermanos y yo nos estábamos jugando mucho. Se trata de un importante encargo que hemos recibido del mismísimo rey Juan II, el portugués que muchos llaman el Príncipe tirano, y que firmó en el mes de junio el tratado de Tordesillas con nuestros reyes Isabel y Fernando para así repartirse los territorios que más allá de sus costas, territorios a los que había llegado un navegante llamado Cristóbal Colón hace unos dos años. No parece encontrarse mal de salud a pesar de los cuarenta años que tiene, pero el hecho de no tener descendencia y los nobles conspiradores a los que se tuvo que enfrentar le han llevado a soportar una carga mucho mayor. Además, resulta sorprendente que un noble como el duque de Braganza pidiese ayuda a nuestra reina hace unos años, lo que le costaría su propia ejecución en la ciudad de Évora. Pero lo importante es lo que nos atañe a nosotros, pues, como te he dicho, los Reyes Católicos nos han autorizado al fin, otorgándonos una licencia, al transporte a Portugal de tres mil quinientos paños de los nuestros durante los próximos cinco años. La cuestión del precio a pagar sería por vara de paño tirado, lo que me sorprendió al ser esta petición contraria directamente a la pragmática que nuestros reyes habían dado el 17 de junio. La entrega de los paños hay que realizarla en la mismísima Lisboa, haciéndose lo contrario respecto a lo ejecutado por justicias y corregidores del reino, que estaban siguiendo las instrucciones recibidas por los monarcas. Aquello provocó cierto revuelo entre los mercaderes primero de Valladolid, a lo que se sumarían las protestas de pañeros y productores de otras ciudades como Segovia, Palencia, Ávila e incluso villas como Sepúlveda, Santa María de Nieba, Riaza o Dueñas o el valle de Ezcaray. En ese tiempo me di cuenta de la oportunidad que me estaba brindando el destino, era el momento propicio para usar nuestros contactos de Fregenal para hacer negocios en Portugal, y además tuvimos la suerte de que nuestros paños eran conocidos por su calidad, aunque la realidad es que si no hacíamos este trato podríamos sufrir muchas pérdidas. Pero no sólo eso, y por ello ando algo confuso. Se comenta que muy pronto se instalará un Audiencia aquí en Ciudad Real, para que así la de Valladolid no tenga que soportar todos los pleitos de un reino que ha crecido en su extensión los últimos años al haber tomado la mismísima Granada. Creo que los reyes quedaron muy contentos hace unos años cuando habían solicitado de Ciudad Real gente y subsidios cuando se hallaban en Málaga. En pago a ese servicio y por la ubicación de nuestra ciudad, parece haberlo tenido en cuenta para la ubicación de esta nueva Chancillería. –relató con alegría el mercader.

Así pues, en aquel año de 1494 los acontecimientos se precipitarían, influyendo en el devenir de las aspiraciones de Juan de la Sierra y su familia. A la prohibición de venta de paños “a vara” que los Reyes Católicos habían manifestado en el mes de junio, un día diecisiete, sucederían otros hechos de gran relevancia que influirían en las vidas del mercader y los suyos. Tordesillas sería una localidad relevante en aquel mismo mes pues daría nombre al tratado por el cual se repartirían los reinos de España y Portugal los territorios que fuesen conquistados en el que se conocería como Nuevo Mundo.

En el aspecto religioso, ante la avanzada edad que el sempiterno Inquisidor General don Tomás de Torquemada iba alcanzando, el Papa dictaría una bula a partir de la cual se nombrarían cuatro inquisidores, un veintitrés de julio.

Y en el ámbito más cercano al mercader Juan de la Sierra, llegaría el mes de octubre cuando se acometería la venta de paños al rey de Portugal, para lo que requeriría el beneplácito de los Reyes Católicos que anteriormente habrían impedido el traslado de dichas mercancías. Aquel suministro de lienzos que ascendería a un total de tres mil quinientos, repartidos por un espacio de cinco años, obligaría a Juan a asociarse con los roperos de Almodóvar del Campo para cumplir fielmente el abastecimiento que Juan II le había solicitado.

Pero todo aquello no parecía ser suficiente en aquel año para aquella modesta ciudad mediana castellana conocida como Ciudad Real desde los tiempos del rey Juan II de Castilla, sino que finalizando aquel mismo mes, el día treinta de octubre, se acometería la fundación la Chancillería mediante privilegio real, con el fin de descargar a la Chancillería vallisoletana de la actividad tan incesante que llevaba acometiendo desde que en tiempos de Enrique II fuese creado como órgano judicial con competencias en el territorio de la Corona de Castilla. Era por entonces el año 1371.

-¿Crees acaso que puedo estar siempre poniendo excusas para que tus hijos no sepan nada de ti? ¿Entenderías que me fuese todo el día al mercado a enterarme de los chismes que las tenderas y tenderos me pudiesen contar? ¿Recuerdas ya la última vez que me diste placer? Aún no somos unos ancianos para no gozar del lecho marital, ¿no crees? ¿O acaso hay algo más que los paños que te hacen abandonar tus deberes de esposo? –no pudiendo reprimirse más, Beatriz estalló el día menos esperado para el mercader, pues sí estaba de buen humor ante las buenas noticias que había recibido. Aquella importantísima venta de paños ya tenía la autorización pertinente y el primer envío podía ser ya transportado. ¡Qué demonios! ¡Juan de la Sierra se había convertido en un gran mercader de paños logrando el sueño que había perseguido durante años, rindiendo homenaje a sus respectivos padres, uno por sus orígenes en Fregenal de la Sierra y otra por ser la sacrificada para que abriese este camino que tan tortuoso había sido!

-¿Cómo puede pensar, mi señora, la dama de mis desvelos, que pondría los ojos en cualquier otra? ¡Nada más lejos de la realidad, esposa mía! Estoy ciertamente feliz por el logro conseguido, nada tiene que ver con cuestiones maritales y os pido perdón por haberla abandonado durante tanto tiempo, pero era un acuerdo demasiado importante que no podía dejar escapar. ¿Me podrás perdonar todas las ausencias de estos últimos meses, amada Beatriz? ¿Acaso que gocemos de los favores del rey portugués, que es nuestro nuevo cliente, no merece la mayor de las alegrías? En ningún momento he tenido tiempo de pensar en mujer alguna, no necesitaba a ninguna más, pues estabas, estás y siempre estarás tú, la única dueña de mi corazón. Ahora que se hace tarde, no es el momento de molestar a nuestros hijos, mañana pasaré un rato con ellos, y, por supuesto, si tú estás de acuerdo, nuestro lecho nos espera. ¡Qué más te puedo decir nada más que avises en la cocina que hoy tendremos una cena especial! Después la cuestión del postre lo hablaremos más tarde tú y yo en aquel camastro que todas las noches compartimos.

-Entonces, si tienes motivos para celebrar ¿a qué viene esa cara de circunstancias? ¿Acaso no te estás convirtiendo en un gran mercader, a pesar de que estemos en esta modesta ciudad, que los ojos de la Inquisición no levanten la vista de nuestros movimientos y tú sigues así? ¿No deberías estar saltando de alegría o pensando en contratar músicos o adquirir alimentos con el fin de que este día fuese especial? ¿Qué te parecería si, en vez de ser esta noche, celebrásemos el próximo Shabat con algo más de lo habitual, esposo mío? Ya sé, que tú esas cosas de los ritos judaicos, por mor de que los Hombres de la Cruz no estuviesen demasiado pendientes de tus negocios, te llevó a abandonar muchas de nuestras prácticas, pero yo debo velar por el futuro de los nuestros, de nuestros propios hijos, de nuestra familia… –inquirió reflexiva la amada esposa.

-Siempre has estado a mi lado como buena esposa y mujer que eres, amada Beatriz. Cierto es que me aparté de la ley mosaica en demasiadas ocasiones, pero creo que ha llegado el momento de volver a la senda de nuestros antepasados, de rendir homenaje a nuestros padres, y, por supuesto, que el próximo Shabat sirva para celebrarlo lo considero muy acertado. Aunque será difícil encontrar todo, pues en estas fechas del fin de año cristiano habrá escasez de algunos alimentos, podrías encargarte de comprar los mejores manjares en el mercado, aunque sea a través de terceros, las criadas que carguen con lo que sea necesario, por si también han estrechado la vigilancia sobre ti. De los adornos también confío en tu criterio para tan magno día. Mientras tanto, me ocuparé de cerrar algunos detalles y así poder celebrar nuestro día de descanso conforme a nuestra Ley, lejos de miradas e imposiciones cristianas. –tras salir raudo de la habitación donde se hallaba el lecho matrimonial, Juan de la Sierra se encaminó en la búsqueda de un herrero con el fin de hacerle un encargo muy especial para la próxima festividad que se acercaba. No era demasiado tiempo el que restaba y sabía que el trabajo que debía encargar tendría que ser recordado. A su mente le llegaron los elementos de aquel objeto tan especial: una base donde debía sustentarse, la caña, ambos forzosamente labrados a martillo por un herrero cualificado, las copas, los cálices y las flores formando el resto del conjunto, todo ello estructurado mediante seis brazos, la mitad de ellos nacidos del candelabro de un lado y la otra mitad de la otra parte. ¡Buscaba una Menorá pues con ello representaría el símbolo de la vida, de una vida que había resurgido al igual que aquel objeto naciera de la fragua del herrero! Pero ¿dónde estaba su amigo experto en estas lides, que tantas veces le había ayudado en cosas menores? Había pasado mucho tiempo desde la última vez, y ahora debía ir en su búsqueda y así recuperar el terreno perdido. Ya habría tiempo de que llegase a manos de su esposa, a la cual quería sorprender con aquel hermoso objeto, aunque ¿lo haría de forma directa o a través de alguien? La sorpresa no se podría desvelar hasta el último momento, por lo que esa cuestión estaba aún por decidir.

-Está bien, esposo mío, te dejo con tus quehaceres, mientras me encargo de preparar todo lo que me has dicho.

-Sea, pues, madre de mis vástagos y dueña de mi corazón. –manifestó Juan estrechando a su mujer y otorgándole un apasionado ósculo.

MANUEL CABEZAS VELASCO

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2 COMENTARIOS

  1. Como siempre, muy interesante. Lo cierto es que el Tratado de Tordesillas fue recibido con buena satisfacción por ambas partes dada la necesidad de una paz entre naciones hermanas (religiosa y étnicamente hablando) que no acababa de llegar……

  2. Muchas gracias por tus comentarios y tus elogios Charles. Espero que este parón navideño se haya portado bien contigo y no haya ningún susto vírico por ahí.
    En espera de que sigamos en contacto y que continúe tu seguimiento, recibe un cordial saludo.

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