Vuelta a las raíces

“Las hojas deben volver a las raíces”

PROVERBIO CHINO

                Volver a las raíces es una expresión metafórica que indica que las personas —por lo menos cuando llegan a una cierta edad— desean regresar a sus orígenes familiares y a su lugar de nacimiento. Aunque también se añora a los amigos de la infancia; a los compañeros de estudios, de internados o de residencia; la camaradería de la mili; o las amistades que se hicieron al inicio de la carrera profesional.

                A veces, las circunstancias personales de cada uno, provoca un distanciamiento involuntario con muchos de ellos. Los cambios de residencia por motivos laborales o personales, suelen ser las causas más frecuentes de ese alejamiento. Aunque se recuerden recurrentemente y con nostalgia, aquellos momentos extraordinarios que se vivieron en un pasado, no tan lejano.

                Hace ya algún tiempo que se puso de moda celebrar una fiesta de todos los nacidos el mismo año y en el mismo lugar, cuando se cumplen los cincuenta años. Después, según cada grupo, se vuelven a reunir periódicamente —cada año, cada cinco o cuando las circunstancias lo permiten—, en un lugar de encuentro que suele coincidir con el de nacimiento. Estas celebraciones son conocidas como las reuniones de quintos, en las que se organizan actividades diversas que culminan con una buena comida y en una improvisada pista de baile.

                Si la de los cincuenta es la primera cita de madurez, la de los sesenta y cinco años parece obligada al coincidir con la fecha actual de jubilación de la mayoría de los miembros del grupo, momento en el que todavía se tienen unas condiciones dignas, tanto físicas como anímicas, para disfrutar de una inolvidable velada. Los recuerdos y las batallitas se vuelven a compartir entre los asistentes. Y después de la dura pandemia sufrida, parece obligado disfrutar más intensamente de los buenos momentos que proporcionan estos eventos.

                Dicen que los elefantes, cuando sienten que no les queda mucho tiempo de vida, vuelven a donde nacieron para descansar eternamente. El sentido de pertenencia es algo natural para estos memoriosos animales y parece que, de alguna manera, también lo es para los humanos. Por eso, reunirse en esta edad dorada —como se empeñan en llamar a la madurez, los profesionales del marketing—, es una forma de recordar los momentos que, pese a las carencias que se tenían en la infancia de los años sesenta, fueron los más felices y queridos para casi todos.

                En estas reuniones, se echa de menos a algunos de los miembros que participaron en ediciones anteriores. Han abandonado involuntariamente el grupo, aunque su ausencia es sentida por todos los demás. Otros —los menos—, se niegan a participar en estos eventos porque no se identifican con el grupo o, simplemente, por su escepticismo hacia estas reuniones. Es respetable su decisión pero, a su pesar, siguen formando parte del grupo.

                Con algunos familiares ocurre algo parecido. Los avatares de la vida nos llevan a estar distanciados físicamente, aunque los lazos familiares no se hayan perdido durante ese tiempo. En este caso puede aplicarse aquella frase que decía, la familia es como las ramas de un árbol: cada una crece en su propia dirección, pero las raíces son las mismas.

                Hace varias semanas tuve ocasión de asistir en Madrid a un acto poco habitual. Se trataba de la celebración de las bodas de plata de un familiar. La pareja había elegido los mismos lugares en los que se casaron hacía veinticinco años. La misma iglesia donde se celebró la ceremonia religiosa y el mismo hotel en el que se dio el coctel posterior.

                Desde hacía muchos años, las reuniones familiares tenían como único motivo el acudir a las exequias por el fallecimiento de alguno de sus miembros. Y aquellas, se habían prodigado en los últimos tiempos. Pero en esta ocasión se ofrecía la oportunidad de reunirse, por un motivo que gratificaba, —no solo a los convocantes—, sino también a los acompañantes.   

                Ese día discurrió con complicidad y cercanía entre los presentes, aunque no faltaron los inevitables recuerdos de los ausentes. Aquel evento proporcionó momentos gozosos, de inhibición de los frenos naturales que se imponen habitualmente en las relaciones personales y, sobre todo, permitió descubrir aspectos importantes aunque poco conocidos de los demás.             

                Y, como suele ocurrir en estos emotivos actos, se produjo un descubrimiento que seguramente será uno de los recuerdos más importantes de ese día. La fiesta tuvo la chispa que aportó el hijo menor de los contrayentes. Un niño de apenas once años, que sorprendió y mostró maneras para ser un líder natural.

Agradable en el trato, con desparpajo y con unos modales tributarios de la buena educación. Leyó sereno en el acto religioso y se relacionó con naturalidad y simpatía hasta con los más desconocidos. Y me dijo, —sotto voce— que, en unos años, sería él quien nos invitaría a un coctel. Practica el futbol y, es posible, que con el tiempo pueda cumplir su deseo.

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