Diana Arévalo Guerrero.- Hay momentos en la vida que se te clavan en el alma… estas fiestas fue uno de esos. Fue como vivir dentro de un sueño del que nadie quería despertar, donde las horas pasaban más rápido, la música sonaba en los corazones y hacía que los latidos y las sonrisas parecieran infinitas.
Es en ese momento cuando las luces empiezan a brillar y la música empieza a sonar cuando te das cuenta de que están empezando cuatro días que más que días aleatorios son parte de un capítulo de vida: fui primera dama. No solo lo viví sino que lo hice inolvidable. Porque cuando alguien pone el alma en cada paso, cada palabra y cada brindis, todo cambia.
Hubo bailes hasta que el cuerpo no pudo más, la procesión interminable que acabó en un «Viva San Bartolomé», conversaciones que se sienten eternas y miradas que decían todo sin pronunciar una palabra. Hubo promesas de “esto hay que repetirlo”, y hubo silencios que decían “no quiero que se acabe nunca”.
El pueblo ya duerme, las luces se apagaron, la música dejó de sonar… esos momentos. Siguen en cada risa atrapada en esas fotos con las gafas que pintamos con la palabra «Iconic», en cada secreto compartido bajo las estrellas, en cada broma absurda que solo nosotros entendemos. Ahora solo son parte de unos nuevos recuerdos.