Motos Antonio cierra sus puertas tras 70 años y pasa a la leyenda del motociclismo en Puertollano

Antonio Mora empezó como aprendiz de mecánico siendo aún niño, con apenas 13 años, y en 1955, cuando acabó la mili y apenas rozaba la veintena, abrió un humilde taller en el corralón cercano al bar «El guarrillo» de Puertollano, en la actual calle Pablo Neruda, donde reparaba las Vespas de los antiguos mineros que aún desfilaban con su taleguilla al hombro. El pasado mes de diciembre, casi 70 años después, Motos Antonio cerraba sus puertas tras la jubilación de su hijo Pedro, toda una institución motera que, junto a sus hermanas Graci y Pilar, se han ganado el reconocimiento de miles de clientes y aficionados de toda España.

Pedro recuerda los inicios de su padre Antonio junto a su hermano Santiago, otra gran referencia para los moteros de Puertollano, y su incorporación al taller cuando tenía 14 años, a mediados de los años 70. «Aún era una época en la que las motocicletas eran una forma de vida», relata, «en pleno reinado de las Bultaco, Ossa, Montesa, las míticas Guzzi o las recordadas Vespa y MV Augusta, incluidas joyas como las BSA, las Sanglas, Ducati, Torrot o Mobylette».

En aquella época el negocio de Antonio y Pedro llegó a ser distribuidor oficial de Bultaco y trabajaba con motos de dos y cuatro tiempos, como las «currantas» Derby o las Vespino. «También se vendían muchas Vespas en Puertollano para los trabajadores de las minas y de la petroquímica; y muchas motos de campo para el ocio, que competían en las carreras organizadas en los años 80 en la cuenca minera», recuerda. Posteriormente asistió a la revolución del sector, los cambios tecnológicos y, en los últimos lustros, a la incorporación de la electrónica.

A finales de los 80, con el declive de las marcas españolas, llegó el reinado de Japón con Honda, Suzuki, Yamaha, motos más sofisticadas de cuatro y seis cilindros. «La gente empezó a salir con motos de carretera y se extendió la afición por viajar a los grandes premios de motociclismo de Jarama o Jerez». De hecho, Pedro recuerda que la antigua tienda situada en el Paseo de San Gregorio, junto al también desaparecido bar Molina, fue durante años el punto de encuentro para las expediciones moteras a Jerez.

Puertollano en su esplendor

Aquellos años 80 asistieron al esplendor de un Puertollano que superaba en población a Ciudad Real, y Motos Antonio recibía a clientes de la capital y de numerosos municipios de la provincia, sin olvidarse del mantenimiento del parque de motos de la Guardia Civil, Policía Local, o de Correos. Ya en los 90 comenzaron las grandes concentraciones de motos en Puertollano, en las que Motos Antonio ha colaborado con el Moto Club Mineros hasta la actualidad, disfrutando de ello. «Hemos pasado tiempos felices, otros más difíciles, pero también innumerables momentos de satisfacción, aprendizaje y orgullo», refiere Pedro.

Motos Antonio ha sido paradigma de negocio familiar. Al frente, Antonio y Pedro con sus eternos monos, bregando entre el olor a gasolina, aceite y neumáticos entre cientos de herramientas de arcano significado, atendiendo a las monturas mecánicas de los caballeros y damas del motor. En la tienda, Pilar y Graci, las rubias de pronta sonrisa y mirada profunda, entre cascos, chaquetas de cuero y complementos. Y siempre el apoyo de Nico, la madre, y de Esteban, el cuñado, el colega siempre cercano presto a sacarte de cualquier apuro.

«Han pasado por este taller miles de motos, trabajadores que luego fundaron negocios emblemáticos, como Santiago o Carrasco; generaciones de clientes, amigos y familias, siempre con la misma filosofía: trabajo honesto, pasión por las dos ruedas y compromiso con cada persona que cruzó nuestra puerta», dice Pedro. «Lo que más satisfacciones me ha dado ha sido el trato con la gente».

El cierre de Motos Antonio concluye una era legendaria, pero con la satisfacción de la continuidad en la atención a sus clientes por el último mecánico que ha trabajado en el negocio, Pedro Pablo, que también abrirá próximamente su propio taller de motos.

La familia se despide agradeciendo el trabajo de sus empleados, la confianza de los clientes, el apoyo de los proveedores pero, sobre todo, el cariño de quienes les han acompañado durante tantos años. Pedro lo deja reflejado en su emotiva despedida en las redes sociales: «Nos despedimos con gratitud y emoción, sabiendo que este negocio ha dejado huella y que su historia forma parte de la vida de muchas personas. Gracias por cada visita, cada conversación, cada kilómetro compartido y cada recuerdo. Ha sido un verdadero honor».

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