Inicio » Postales desde Ítaca

Desde la ventana – Parte II

- 30 diciembre, 2018 – 08:462 Comentarios

Salió corriendo, enfadada, angustiada. Un torbellino de imágenes de su pasado se agolpaba en su cabeza. La lluvia caía ya con mucha fuerza y cada gota que notaba era un recuerdo perdido. ¿Era posible? La primera vez que le preguntó a su madre por su mancha en el pecho. postales-desde-itaca«¿Y, cuando te pones en bañador, la gente no te mira raro?». «Me da igual lo que vea la gente. Yo me gusto». El sillón rojo. Álvaro quiso tirarlo cuando se mudaron, pero ella no lo consintió. Ni siquiera lo había movido de donde lo tenía su madre: al lado del ventanal, desde donde se contemplaba la torre de la catedral. Buscaba a su madre entre el gentío que poblaba la arteria principal del comercio, pero no la veía. Corría, resbalaba con el empedrado mojado. La lluvia marcaba el ritmo de sus pensamientos. Se concentró en la carta que había recibido comunicándole la decisión de concederle la beca por su trabajo artístico. «¿Pero qué obras? Si solo están expuestas en las empresas de mi padre, adornando pasillos asépticos de oficinas cuadriculadas». No tenía sentido. Nadie busca artistas en los pasillos de empresas de fabricación de bombillas halógenas. Se había emocionado tanto con la misiva, que no cayó en la cuenta de que era imposible que alguien se hubiera fijado en sus cuadros.

Quería gritar, pero su garganta no emitía sonido alguno. Negra, hueca, vacía. El sonido de la rabia, de las preguntas sin respuesta. «Mamá, ¿dónde estás». Corría hacia su casa. En su mente, se reproducían escenas que creía sacadas de alguna película antigua o un libro perdido. Su madre, que desaparecía a veces un par de días o una semana, mientras su padre le decía: «Mamá, a veces, necesita respirar. Enseguida volverá». Y, sí, volvía, más contenta, más serena. Comiéndola a besos y abrazos, mimándola y consintiéndola, inventándose los viajes que nunca harían, pintando con ella, riendo con ella. Se acordó del hombre misterioso que las acompañó al Prado, la risa de su madre, la mirada brillante mientras él contaba algo sobre Goya. Feliz.

Llegó al portal. «Esta vez no va a volver, ¿verdad, papá?». Recordó a su padre, perdido en el abandono, hace dos años, sujetando entre sus manos la pequeña caja de ébano, donde su madre guardaba el anillo de boda y viejas entradas de cine. Unas llaves, con una dirección en el viejo casco. El apartamento. Recordó abrir la puerta, con miedo, y comprobar que allí era donde se escapaba su madre, su cuarto propio. «Lola, lee a Woolf. Y pinta, hija, que lo haces de maravilla», le decía su madre en la adolescencia. Lleno de libros y con olor a acetona y a témpera, lienzos inacabados, cuadernos escritos, fotos de su madre, de joven y de mayor, en Viena, París, Berlín, Praga, Lisboa, Roma… Solo el sillón rojo y un colchón en el suelo. Nada más. La herencia oculta de su madre, su secreto.

Lola subió los dos pisos ya con paso muy lento. Quería que ella estuviera allí, para escupirle en la cara sus rencores, sus reproches, su ira, el desastre como madre, el desencanto como esposa, la traición, la cobardía por largarse sin decir adiós. Que ella le contara la verdad. Oírlo de sus labios, no las conversaciones inventadas durante dos años. Si ella era la mujer de los cuadros, ¿entonces era real la historia que se contaba de Manseda, que había tenido una amante durante décadas y se había refugiado en Roma cuando esta desapareció? Entonces, ¿lo de la beca no era por sus cuadros, sino porque el pintor se sentía en deuda con su madre? ¿O no quería dar por terminada la historia?

Consigue encajar las llaves con dificultad en la cerradura. Ya no es el agua de la lluvia la que inunda sus ojos, son sus lágrimas, que caen porque, al fin, tiene respuestas.

Se acomoda en el sillón rojo, empapada. Y contempla la ventana; de fondo, la torre de la catedral.

—Haz lo que te dicte el corazón, siempre. Si quieres odiarme, hazlo. Si quieres largarte, hazlo. Si quieres dejarlo, hazlo. Si quieres perdonarme, hazlo. Pero que sea de corazón. —Apoyada en el marco de la puerta, su madre se va empequeñeciendo—. Yo era feliz con él, muy feliz. Pero no por estar con él. Aquí era yo, la que escribía, la que soñaba, la que viajaba. Fuera, era solo la madre, la esposa, la hija, la amiga, pero nunca yo. Me rebelé ante eso, pero no quería abandonaros, porque formabais parte de mí. Solo necesitaba un sitio propio, un espacio para mí, donde pudiera ser yo, sin críticas, sin reproches, sin obligaciones, sin compromisos, sin genitivos. Diego me pintó la primera vez cuando éramos muy jóvenes. Coincidimos un par de cursos. Una tarde de verano, mientras yo leía una novela de Jane Austen, no recuerdo cuál, me dijo que no me moviese, que quería pintarme. Y comenzamos así una especie de ritual, vernos cada cierto tiempo. No era amor prohibido, ni algo ocasional. Ni siquiera una relación clandestina. No pudimos ponerle nombre a lo nuestro. Jamás. Espero que tú tampoco lo hagas. Pero éramos felices, los dos, porque éramos nosotros mismos, sin ninguna etiqueta ni ninguna posesión. Compré el apartamento y, cuando me fui, porque yo sí sabía que me iba a marchar, quise que fuera tuyo. Eres la hija, la esposa, la amiga, la profesional, pero eres tú cuando estás en tu propio cuarto, ese que te has creado en el trastero, pintando. Y, cuando sientas que te ahogas, sal y respira las piedras y muros de las calles de la ciudad. En cada inspiración, encontrarás la historia de cientos, de miles de mujeres, de distintas épocas, diferentes religiones, de otras culturas, y notarás que ellas te cuentan, en cada paso que des, en cada piedra angular de las viejas casas que te encuentres en los oscuros rincones, la misma historia: que ellas sintieron lo mismo que tú, que yo, que buscaron su lugar, su cuarto propio, que unas lo encontraron y a otras se lo arrebataron. Ellas te harán ver que lo necesitas, y volverás y pintarás de nuevo, en paz contigo misma. Ya no volveré más. Hoy me despido y tengo que decirte adiós. Ahora ya te toca a ti: volar, pintar, viajar, amar, odiar, abandonar o permanecer. Pero hazlo por ti, por nadie más. —Se dio la vuelta y se desdibujó por el pasillo.
Álvaro entró por la puerta. La miró, perplejo.

—¡Estás empapada! —Dejó el maletín sobre la mesa—. ¡Un merlot hoy! ¡Qué bien me cuidas! —Tomó una de las copas que había servido Lola, la que estaba intacta—. Está un poco caliente… ¿Qué tal el día?

Lola sonrió y le contestó, con el sobre de la beca en la mano:
—Bien, muy bien. Prepararé algo de cena y hablamos.
—Como quieras. Mañana es el aniversario del accidente de tu madre. Dos años ya. ¿Quieres ir al cementerio a llevarle flores?
—No, no le gustaban las flores. —Lola sonrió—. Roma. Le gustaba Roma.
—Si quieres, vamos. Puedo coger un par de días libres en el trabajo y tu padre no creo que te ponga problemas.
—Sí, Roma estará bien. —Tomó un sorbo de vino—. Pero iré yo sola. A pintar y a cerrar historias… O a empezar nuevas. —Álvaro la miró asombrado—. Solo me llevaré el sillón rojo.


Postales desde Ítaca
Beatriz Abeleira

2 Comentarios »

Leave a comment to Bea

Añade tu comentario debajo, o trackback desde tu propio sitio. También puedes Comments Feed vía RSS.

Por favor, debate respetando a los demás.

Puedes usar estas etiquetas:
<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>

This is a Gravatar-enabled weblog. To get your own globally-recognized-avatar, please register at Gravatar.