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Cuaderno de pandemia (9)

- 5 abril, 2020 – 12:3510 Comentarios

Manuel Valero.- Esta mañana he contado tres seres humanos en la acera. Iban con sus mascotas, enmascarados y enguantados. Lucía un sol primaveral. Los brotes de los árboles de marzo son ya hojas adolescentes.  La primavera sigue su curso al margen del pasmo. Y te llega con la frescura del día un nuevo aliento.

Incluso el ambiente entero está más limpio y las hojas de las plantas domésticas carecen de la pátina de polvo que posa sobre ellas el trajín de la humanidad. La ciudad vaciada se colma de un aire purificador. Más respirable… ¿respirable? Y caes de nuevo por la pendiente de esta crisis que te lleva en cuestión de minutos de la cumbre al valle por la línea senoidal de las emociones.

Estos días es como si una vida entera hubiera constreñido toda la masa emocional en un puño. La vida, ya se sabe, son altibajos. Estas horas son un rosario concatenado de altibajos.  ¿Cómo puede ser respirable el aire generoso que sopla por las calles solitarias y le falta a los heridos? Subes y bajas, vas de la esperanza al desánimo para volver de nuevo al optimismo. Por mucho que te concentres en una actividad de sedación doméstica siempre hay un hueco por el que se filtra el dolor y la incertidumbre.

La muerte de la enfermera Pilar García, auxiliar y auxiliadora, fue todo un mazazo. Yo nunca la conocí personalmente pero sí de vista, como se conoce mucha gente que habita en una ciudad pequeña. Pero tengo amistad con personas que sí la conocieron. La tristeza de su muerte empañó las redes hasta el punto de que este asombroso mundo digital, aparentemente frio y distante, parecía rezumar la desolación compartida por todos mis paisanos.

Viendo la foto de Pilar, sonriente, saludable, vital, te parece mentira que esa cosa hubiera sido capaz de minarle un solo hálito. Pero ella estaba en medio del fragor, expuesta al fuego enemigo, a todas las horas humanamente posibles. Con ella, Puertollano está hoy un poco más solo. Los cuerpos y seguridad de la ciudad y del Estado le rindieron un histórico homenaje. Ver las imágenes en este medio, o en cualquier otro, te anuda la garganta.

Estos días vienen cebados de una carga emocional sin parangón. No son emociones tontas. No. Son la exteriorización de un profundo sentimiento colectivo de gratitud. Toda emoción que proviene de una tragedia nos traba a cada uno como células de un mismo cuerpo, tanta vida individual, personal, anónima para socializar y capitalizar a la vez el sufrimiento propio y ajeno. La línea de honor frente al hospital Santa Bárbara en memoria de la heroína Pilar ya está en la otra memoria común de los puertollaneros. El desfile de los vehículos de policía local, nacional, guardia civil y  bomberos fue otra cuerda tendida a las ventanas y balcones para remontar la pesada angustia del valle y ascender otra vez a la cumbre.    

Subes y bajas en minutos, en horas. Ayer supimos la recuperación ya imparable de la alcaldesa  Isabel Rodríguez. Lo comunicó ella misma. Lo ha pasado mal, muy mal hasta el punto que tuvo necesidad de la urgencia hospitalaria. De algún modo visitó el Santa Bárbara. No podía hacerlo de otro modo. Pero ese silencio atronador de más de una semana nos hizo especular por el cuadro de salud no sólo de ella sino de los demás miembros del equipo de gobierno y de la Corporación.  No tenía sentido tanta ausencia institucional. Se cansaba incluso al hablar y al caminar un poco, recluida en una habitación de su casa, temerosa de contagiar a su marido y sus hijas, sobre todo a la pequeña. “Era lo más duro” ha escrito.

Ahora lo sabemos y nos alegramos porque estos tiempos son de empuje, sea Isabel la alcaldesa o lo sea Rita  la cantaora. Tal vez la semana que entra ya ande más repuesta asida al timón, con tanta firmeza como decisión. No ha sido un breve resfriado  sino una pulmonía bien coronada. La sensación de ausencia se le excusa, por ello. Su texto en su muro es otro cabo para coger y escalar hacia el optimismo.

En esto te llega la noticia de la muerte de Luis Eduardo Aute. No sabemos si por el bicho innombrable o por su deteriorado estado de salud. Yo era un niño cuando escuché por la voz de Massiel una de sus canciones primerizas y exitosas con Franco todavía vivo y avizor: Rosas en el mar.

Voy pidiendo libertad

y no quería oír.

Es una necesidad

para poder vivir.

La libertad, la libertad,

derecho de la humanidad.

Es más fácil encontrar

rosas en el mar.

Pero más que esta canción fue  la estremecedora letra del Aleluya la que en mi mente casi infantil dejó una inquietante curiosidad:

Una madre que amamanta

tengo seca la garganta

Un pasado aún despierto

Un mañana siempre incierto

el sudor en una frente

los naufragios de la mente

Aleluya

Repito: vivía Franco y me pregunto hoy si la censura supo descodificar el mensaje lujuriosamente contestatario de este gran artista.  A la vista está: no. El pasado aun despierto. Casi nada. Al alba… para qué decir. Y tantos temas en tantas épocas. Sobrevivió incluso a los locos ochenta cuando llenaba amplios espacios y plazas de toros. Era pintor, cineasta, escritor, poeta. Nuestro último Leonardo.

El domingo  aumenta la sensación de marasmo. De alguna manera, precisamente, todos los días son domingo en estas horas amargas salpimentadas con algunas pizcas de dulzura. Incluso para las personas que han perdido su empleo o las que pueden perderlo. No podemos dejar pasar esta sobrecogedora lección que todos estamos recibiendo. Haremos de la curva senoidal que nos maniata una V de victoria, tan rápida y vertiginosa que pronto veremos el paisaje desde arriba. Y si es un sueño, que no me despierten.

Vamos a por la cuarta semana. Salud y saludos

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