Batallitas patrimoniales (11)

La visita al palacio de la Diputación Provincial despertó más de un recuerdo, si exceptuamos a mi persona pues era la primera vez que lo había visitado.

Cuando regresamos a casa, tras dar un pequeño rodeo por los exteriores de aquel edificio a modo de despedida, mi abuelo pareció cambiar de semblante, pues todo aquel gozo que le vi expresar en el interior ante el deleite que las diferentes actuaciones de la compañía de teatro habían representado, pareció tornarse en otro tipo de cosas cuando alcanzamos la calle. Parecía como si la brisa del exterior hubiese contaminado aquella alegría y la cambió por una tristeza que podía tener origen en algunos fantasmas del pasado o eso, al menos, era lo que yo mismo pensaba. De los atentados sobre aquellas inocentes Cruces de Mayo devastadas no hubo ningún comentario más al respecto y andaba yo algo desconcertado ante el giro que habían dado los acontecimientos. No sabía si preguntarle qué lo que ocurría o sencillamente esperar a que él mismo me dijese algo.

Así andábamos, cerca de llegar a casa, cuando, de pronto, Juan José levantó su mirada y se dirigió a mí:

̶ Imagino que estarás intrigado por mi silencio, hijo mío. Entiendo que no me hayas dicho nada por ello, lo respeto y lo agradezco. El hecho es que, más allá de los acontecimientos recientes que me han molestado sobremanera, hay otros ya lejanos en el tiempo que me han borrado totalmente la sonrisa, como bien has podido ver.

̶ No te preocupes, abuelo, si quieres y puedes contármelo, hazlo sin ningún problema. No quiero verte así, nada más.

̶ Muchas gracias, muchacho, lo tendré en cuenta. En otro momento quizá lo haga, pues ya estamos cerca de casa.

Plaza de las Terreras

Mientras tanto, en las horas en que nos habíamos ausentado de la casa de mis padres, no sabría decir cómo estarían ellos al respecto. ¿Habrían vuelto a discutir por algunas de las cuentas pendientes del pasado? ¿Tendrían algo más en lo que pensar que aún desconocía? ¿Era responsable yo de alguna de aquellas discusiones o de las malas caras que a veces ni siquiera podían disimular? ¿O quizá lo era mi abuelo? Nosotros poco podíamos hacer en ese sentido, puesto que su relación se había forjado en las peores circunstancias y, al menos lo parecía, estaba a prueba de bombas o de cualquier tipo de adversidades. Demasiado sabía que, a pesar de que la enfermedad de mi abuela ya fallecida estaba avanzando, mi abuelo nunca mostró ningún reparo hacia mi padre, sino todo lo contrario. ¡Se llevaban tan bien que incluso pareciera que por ellos corriera la misma sangre más que con mi propia madre! Eso mismo lo veía cada vez que estaban juntos, pues apenas había una mala palabra que se dirigieran entre ellos. Sin embargo, visto y oído lo acontecido en los últimos meses, ninguno pondríamos la mano en el fuego en esas cuestiones y menos un mocoso como yo que aún ni tan siquiera tenía una chica que me despertase ese tipo de sentimientos, aunque con alguna compañera de clase estaba notando que me sonreía más de la cuenta sin yo hacer nada para merecer tal reacción y no sabía qué hacer al respecto. ¿Quizá debiera preguntarle a mi padre o a mi abuelo para que me aconsejasen en ello? ¿Sería más acertado con mi madre al tratarse de una mujer o aún me consideraría muy niño?

Mis conjeturas sin duda alguna no iban nada desencaminadas al ver las circunspectas caras de mis padres al entrar en casa. ¡Algo grave había pasado! Aunque, siendo prudentes y debido a los precedentes que ambos conocíamos, mi abuelo y yo decidimos dirigirnos hacia el cuarto de baño con el fin de refrescarnos. Ya vendrían otras cuestiones más adelante, si la conversación surgía, aunque de ello apenas me enteraría pues lo harían, en todo caso, en presencia de Juan José, tal y como ya me había dejado entender algún tiempo atrás.

Poco después logré averiguar lo que era posiblemente el motivo de la discusión: al hacer la compra mi madre se había encontrado con el antiguo amigo de mi padre, al que hacía tiempo no veía y yo no sabía por qué pues siempre se habían llevado demasiado bien. Algo había ahí que no me encajaba, aunque no me atreví a preguntar pues ya sabía la respuesta: ¡eres aún muy niño para entender las cosas de los mayores!

Por ello, mi silencio fue la actitud a seguir y acompañé a mi abuelo al aseo a lavarme las manos y cambiarme con algo más cómodo para estar en casa, sin dar ningún derecho de réplica a mi madre, que siempre estaba a la que caía en esas cuestiones.

La situación permaneció tranquila y, mientras cenábamos, apenas cruzamos algunas palabras, hasta que mi padre habló:

̶ Juan José, ¿conocía usted lo que ha salido en presa del convento de las Terreras que, cuando parecía que iba a quedar abandonado, lo adquirió el Ayuntamiento?

̶ ¿Dónde has oído eso, muchacho? Nada me haría más feliz que ver rescatado un edificio cercano al barrio del Perchel, aunque aún queda mucho tiempo para que eso ocurra si nos basamos en los precedentes que ya existen. ¡Aquel que tú y yo vimos de vuelta de la judería cuando cruzamos la plaza donde se halla ubicado! ̶ respondió sorprendido y ufano a la par que dirigía la mirada al jovencito. ̶ ¿Recuerdas, Blas?

̶  ¿Esa plaza que hay una fuente en medio y que se ve una fachada muy larga? Cuenta papá, ¿qué más sabes?

̶ ¡Bueno, bueno! ¡Así que os he pillado desinformados a los dos investigadores del patrimonio de esta ciudad más afamados! ¡Eso sí que no me lo esperaba! ̶ respondió José con una sonrisa teñida de sorna  ̶  Por cierto, lo leí en un artículo de la prensa digital, donde, más o menos, venía a decir que “El ayuntamiento de Ciudad Real adquiere oficialmente el convento de Las Terreras para uso turístico y sociocultural”. Luego ya no me entretuve en más profundidades, pero si queréis os lo busco y lo leemos más en detalle.

̶ Te lo agradecería, hijo.

̶  Y yo también, papá.

Si en algún momento de aquella cena se había mantenido cierto grado de tensión, con aquella novedad extraída de la prensa local por mi padre el panorama cambió radicalmente, incluso en el adusto gesto que había mantenido Adela, que se tornó al asomar una leve sonrisa, principalmente dirigida a su esposo José.

Sin embargo, poco más de interés suscitó aquel momento en el que estuvimos reunidos los cuatro. Más tarde, la salita nos esperaba para hacer la digestión y compartir aquella noticia que mi padre había descubierto. Tras hablar de ella, nos fuimos cada uno a nuestro lugar de reposo.

A pesar de que el semblante de todos no parecía albergar ningún mal rollo, algo se me escapaba respecto a mi abuelo, pues apenas dijo algunas palabras respecto a la compra oficial del convento de las Terreras, un tema que en cualquier otro momento hubiese provocado una enorme sonrisa de satisfacción en él. No obstante, algo pasaba por la mente de mi abuelo que no nos había contado.

Tendrían que pasar casi dos semanas para que nuevamente pudiera estar libre y aventurarme con mi abuelo por las calles de Ciudad Real visitando algún que otro lugar. Por las noticias surgidas en la última conversación de la anterior visita, ya que iba conociendo el proceder de mi abuelo, tenía una ligera sospecha de donde nos podríamos dirigir esta vez, aunque aún no lo tenía demasiado claro por lo que decidí esperar acontecimientos y que él mismo me propusiera el nuevo destino. Además, este verano sería muy especial pues cuando iniciase el nuevo curso ya no estaría en Primaria sino en Secundaria, por lo que los cambios que me podrían venir también afectarían a mis escapadas con Juan José, y los meses estivales había que aprovecharlos por si ya no pudiésemos vernos con tanta frecuencia.

Llegó entonces aquel día en el que me despedía de una etapa, la de Primaria, en la que había gozado de la protección de mis padres a pesar de que no siempre pudiesen haberme ayudado en todas las tardes. Y luego estaba mi abuelo que, tras la pérdida de su esposa, mi abuela, supo reponerse de ese duro trance y retomar su vida. Una vida al lado de su hija, Adela, de su yerno, José, y de su nieto, yo mismo.

La llegada de mi abuelo cuando yo cumplía mis diez años había supuesto un soplo de aire fresco en mi vida. Normalmente era un muchacho de pocos amigos, más bien tímido, huidizo con las niñas que me imponían por rubor y desconocimiento. Mi trato social se reducía a un par de compañeros de clase, alguno de ellos vecino del mismo barrio, y el ámbito familiar que me rodeaba. ¡Qué poco sabía de la vida fuera de aquel espacio tan estrecho! ¿Estaba demasiado enmadrado o consentido? ¿Quizá me había acomodado a la situación para no asumir riesgos? La siguiente etapa que comenzaría después del verano me pondría a prueba, pero aquello aún estaba por llegar.

Tras despedirme de un compañero de colegio al que su padre había ido a recoger, me dirigí a la mía. Cuando entré por la puerta de casa con las notas del curso, todos estarían expectantes para conocer qué tal me había ido en ello, aunque cual sería mi sorpresa que toqué y toqué el timbre hasta desfallecer y ningún sonido logré percibir en el interior.

De pronto, se oyó el agitado tintineo de unas llaves que cada vez era más cercano. Era mi padre el que llegaba y con una cara que no auguraba nada bueno. Antes de abrir la boca me dijo:

̶  Deja tus cosas en casa, pues nos tenemos que ir al hospital. Por el camino te lo voy contando, hijo.

̶  Está bien, papá.

Tras abandonar la vivienda, entraron en el coche que aún mantenía caliente el motor. Apenas hizo falta poner la llave de contacto para ponerse en marcha en ese momento, me dispuse a hablar, aunque mi padre me adivinó mis intenciones y se adelantó:

̶  Como te he dicho antes, hijo, nos dirigimos al hospital. Debes escuchar y estar tranquilo pues lo que he de contarte seguramente no sea muy de tu agrado.

» Se trata de tu abuelo. No ha sido más que un susto, pues ya se encuentra mejor. Esta mañana cuando tú te habías marchado al colegio y estábamos desayunando parecía no encontrarse demasiado bien. Me dijo que necesitaba un médico pues parecía que se mareaba y así ocurrió. No me dio tiempo a avisarles, ya que se desmayó en casa. Ahora debes estar tranquilo pues, si ya nos permiten pasar, te dejaré que estés un momento a solas con él. Allí está tu madre, pues hoy no tenía faena hasta la tarde y hemos podido acompañarle ambos.

̶  ¿Tan malito está el abuelo? ¿Se va a morir?

̶  No hijo. No has de preocuparte tanto. Solo que debes mimarlo más. Tu abuelo ya tiene una edad y ciertas cosas las debe hacer con más calma. Además, también están tus escapadas con él. Ahora habrá una temporada de reposo para el abuelo en cuanto le den el alta. Si quieres preguntarle algo, tendrá que ser en casa. ¿Estamos de acuerdo? Te compensaré por ello, no lo dudes.

̶  Lo que tú digas, papá. Solo quiero que el abuelo esté bien. Ya si me cuenta las cosas aquí o allá, como lo que salió en la noticia que nos dijiste, eso ya lo iremos viendo.

̶  ¡Ay, maldita noticia! Quizá también se emocionó más de la cuenta por ello y en parte sea culpa mía que esté así.

̶  No creo, papá. Además, os lleváis demasiado bien para que te echase algo en cara.

̶  Gracias, hijo. No sabes el peso que me quitas de encima.

Llegamos entonces a las inmediaciones del hospital. Mi padre se percató del cúmulo de nervios que era en ese momento y me tranquilizó:

̶  No te preocupes, hijo. Tu abuelo está ahora bien. Sólo necesita descansar.

Entramos en el hospital y nos dirigimos a la habitación, pues por sorpresa le habían llevado desde urgencias tras una mañana de pruebas, directamente a una habitación. No era lo usual, pero debido a su edad el médico que les atendió prefirió quitarlo de allí para no asumir riesgos. La fortuna de encontrar una habitación ya no entraba en los pronósticos, según me contó mi padre, pues la habitual escasa disponibilidad no invitaba a que fuera así. Además, según me señaló mi padre, habían sido palabras del médico:

̶  Este hombre debe subir a planta pues su salud no debe estar aquí expuesta. En cuanto se hagan más pruebas esta tarde y se confirmen los resultados de su mejoría, deben darle el alta. ̶ refirió el galeno, apoyando cariñosamente la mano sobre el hombre del anciano.

No supimos hasta el final de jornada a qué había obedecido aquel trato tan especial y sería mi abuelo quien no lo aclarase:

̶  Demasiado bien me conoce el doctor, pues hacía tiempo que no nos veíamos y fue en las circunstancias más trágicas que uno podía esperar. Fue él quien se hizo cargo de mi esposa, de tu madre, de tu abuela. ̶ refirió dirigiéndose a todos cuando, montados en el coche, regresábamos a nuestra casa.

Tras preparar algún pequeño refrigerio con el que alimentarnos aquel atardecer, la casa se quedó casi en silencio pues apenas el televisor daba señales de algún tipo de actividad en su interior. El abuelo, tras tomarse una sopa, un poco de jamón cocido y una pieza de fruta y los diversos medicamentos que ya se hacían necesarios para que el engranaje siguiera funcionando con ciertas garantías, decidió que había llegado la hora de ir a acostarse. Todos entendimos que ese día había envejecido varios años, perdiendo parte de aquella fuerza vital que siempre había atesorado a pesar de rozar los ochenta años.

̶  ¿Necesita usted algo padre? ̶  preguntó Adela.

̶  Nada hija. Sólo un poco de reposo, pues a pesar de que he sido tratado con muchos mimos durante todo el día, ha sido demasiado alboroto para mí. Os dejo tranquilos y me voy a acostar para mañana estar mejor. Buenas noches a todos.

̶  Buenas noches padre. Buenas noches abuelo.

Cuando los tres nos quedamos en la salita solos, las miradas dejaron clara cual sería la situación que debían acometer. Aleccionado por mi padre, ya sabía yo por donde iban los tiros antes de que mi madre me dijera nada, pero aún así lo hizo:

̶  Blas, sabes que a partir de ahora el abuelo tiene que cuidarse más, por lo que debes ayudarlo en casa y las salidas tan largas como hasta ahora no podrás hacerlas puesto que é no estará para tantos trotes. ¿Lo comprendes, hijo?

̶  Sí, mamá. Cuando íbamos al hospital, papá me lo estuvo contando y estoy de acuerdo. Además, aunque sea en casa, hay muchas cosas que podemos hacer aquí para que no se canse. Cuando el abuelo pueda salir a la calle, y necesite de mi compañía, allí estaré.

̶  Gracias, hijo, por entenderlo, pues menudo susto nos llevamos esta mañana. Ahora todo está tranquilo y te dejamos un rato viendo la tele si quieres, pero como mucho una hora. ¿De acuerdo?

̶  Sí papá. Sí mamá. Tampoco estaré tanto tiempo pues no hay mucho que ver y también estoy cansado. Por cierto, os tenía que enseñar…

̶  ¡Tus notas, hijo! ¡Dios bendito! ¿Cómo no he caído en ello? ¿Qué tal ha ido todo? ̶  indicó sobresaltada Adela.

La respuesta no se hizo esperar. Al lado del televisor había quedado mi mochila. Abrí la cremallera y extraje el boletín. Se lo entregué a mi madre en ese preciso instante:

̶  ¡Madre mía! ¡Madre mía! … ̶  repitió Adela varias veces al contemplar la maravilla de calificaciones que su hijo había obtenido. Su reacción no se hizo esperar y las lágrimas de orgullo brotaron al momento.

̶  Algunas de mis mejores calificaciones se las debo a él. ̶ refirió Blas mirando hacia la habitación donde descansaba el anciano.

̶  Tienes toda la razón, hijo. ̶ respondió José. Y, si no me equivoco, por esa cabecita está rondando una idea de algo que nos quieres pedir al respecto. ¿No es así?

̶  Sí, padre. ¿Cómo lo has adivinado?

̶  ¡Ay, hijo mío! Hasta yo misma, con lo despistada que soy, me he dado cuenta el cariño con el que hablas de tu abuelo y ya verás lo que se me está ocurriendo.

Adela se apartó en ese momento de nosotros para hacer una consulta por internet sin mostrar sus cartas antes de tiempo. Tenía pensado averiguar ̶  tiempo después lo supe  ̶ si aún estaba la peluquería de caballeros de la plaza de las Terreras en funcionamiento, pues era el lugar más idóneo para que, ahora que estaba a punto de llegar el verano, el anciano se diese un repaso y adecentase su aspecto, últimamente demasiado descuidado para el gusto de su hija. Cuál sería su sorpresa, que había sido remodelada por un centro de estilismo, algo que para su padre no creyó que fuese demasiado oportuno por lo que descartó la opción. Siguió indagando entonces hasta que fue interrumpida por aquellos que la acompañábamos:

̶  ¿Qué haces, Adela? Este muchachito parece que se cae de sueño y tú estás ensimismada con el smartphone ese. ¿Y a mí quién me atiende entonces? ̶  señaló José.

̶  Pero ¡qué quejica eres, querido! Nos iremos pronto a la cama. ¿No te parece Blas que va siendo hora?

̶  Sí mamá. Tengo mucho sueño, aunque mañana no tengo que ir al cole.

̶  Eso tiene remedio, hijo, pues tendrás que estar pendiente del abuelo cuando nosotros faltemos en casa. ¿No te parece?

̶  Vale. ̶  dijo con voz adormilada.

Cada uno nos dirigimos entonces a nuestros respectivos lugares de descanso. En ese momento, mientras estaba en el servicio lavándome los dientes y no dejando ninguna cuenta pendiente para luego tenerme que levantar de madrugada, escuché algunas sonrisas en el dormitorio de mis padres. ¿Qué estaría pasando?

̶  Por cierto, Adela, ¿qué estabas buscando con tanto ahínco? Además, tú y yo no tenemos que madrugar mañana porque no trabajamos hasta la tarde. ¿A qué vienen tantas prisas en acostarse para ir a dormir?

̶  ¡Shhh! ¡Calla, tonto! ¿Quién te ha dicho a tí que vamos a dormir? ̶  respondió pícara la mujer. Además trataba de buscar información sobre un peluquería que he visto que ya cambió y ahora no le vendría bien a mi padre. Me daba cosa verlo en el hospital con aquellos pelos y creo que necesitaba un buen corte.

̶  Si te refieres a la de las Terreras, como me imagino, hace de aquello unos meses. ¿No es esa la que buscabas? Ya veo por dónde quieres ir. ̶  señaló José.

̶  Pues sí, esa misma era. Habrá que ir una tarde a otra, quizá si tu le acompañaras… Y luego podíamos ir un sábado o un domingo a tomarnos algo a alguna terraza de las que hay en aquella plaza. ¿Qué te parece?

̶  Me parece una idea estupenda. Además, tanto a tu padre como a Blas les hará mucha ilusión ir allí y seguramente ya sabemos cuál será el tema de conversación principal. Habrá que aguantar la charla ese día, aunque sin forzar la máquina, no sea que recaiga otra vez. Pues ya va acercándose el verano y la temperatura va a subir y no podemos arriesgarnos.

̶  Lo mismo pienso yo. Habrá que esperar a que esté con más fuerzas, ya recuperado. Quizá debemos esperar un par de semanas, ¿no crees? Mientras tanto, trata de averiguar cualquier novedad que veas sobre el convento de las Terreras y que tu hijo y él hablen en casa de ello.

̶  Conforme. Así lo haré. Hablaré si puedo con alguno de los miembros de una asociación que se creó precisamente a raíz de que quedase deshabitado el convento y, si tengo suerte, habrá tema para rato.

Tras aquel diálogo, la mirada de Adela no dejó lugar a dudas de cuál sería el siguiente capítulo de aquella noche. Eso sí, con mucha discreción y sin hacer ruidos, pues pareció que el silencio se había adueñado en su totalidad del interior de aquel piso. En las otras habitaciones tanto el anciano como el muchacho ya habían comenzado en entrar en una fase de ensueño que les había alejado de cualquier ruido que les pudiera perturbar. Mientras tanto, Adela y José dieron rienda suelta a sus sentidos y se dejaron llevar hasta caer en la extenuación. Hacía tiempo que no disfrutaban de una intimidad como la de aquella noche, pues pareciera que las sombras del pasado cada vez se hacían más difusas.

Llegó entonces la mañana. La rutina se adueñó de los moradores de aquella casa, aunque algunas cosas cambiaron parcialmente durante unos días, sobre todo respecto a la rutina del abuelo y yo. Por indicación de mis padres, una vez que estaba preparado el desayuno y para evitar que Juan José tuviese que hacer esfuerzos innecesarios, yo mismo le hice llegar esa primera comida del día, un vaso de leche, unas tostadas con un poco de mermelada y una pieza de fruta. Al verme, la cara del abuelo mostró una enorme dicha que a mí también me revertió mostrando ese mismo sentimiento. Me entretuve un poco con él, ayudándole a coger la bandeja y poniéndola sobre un soporte que mis padres habían comprado hace tiempo para cuando decidían desayunar sin alejarse de la cama. No sabía el motivo de aquella elección, aunque como muchas veces me dijeron: ¡eres aún muy pequeño para conocer ciertas cosas de los mayores, hijo!

Mi abuelo disfrutaba de mi compañía. Tras su desayuno, en aquellos primeros días, solicitó mi ayuda para que hiciese de lazarillo y así ayudarle a llegar hasta el cuarto de baño donde asearse, cepillarse los dientes y lo que en ese momento necesitara. Mientras tanto permanecía en el pasillo a la espera de ser avisado, algo que al fin y a la postre no sucedió nunca.

Tras descansar hasta media mañana, el abuelo se ponía una ropa de estar en casa, más allá del batín que usaba cuando estaba desayunando en su habitación. Si se decidía y se encontraba con fuerzas incluso se dirigía hacia la salita y en ese momento tenía toda mi atención. A veces se entretenía con las noticias que se veían en el televisor y otras teníamos conversaciones hablando de nuestras cosas y sin que viniese a cuento de pronto me dijo:

̶  Siento mucho que no podamos ir de paseo como lo hacíamos. Aunque no se me olvida que te lo has ganado y, según escuché a tus padres, tus notas del curso han sido bastante buenas. ¿No es así?

̶  Muchas gracias, abuelo. No te preocupes pues tienes que estar bien y cuidarte mucho. Cuando podamos pasear, lo haremos. Sin prisa y tampoco podemos andar tanto ahora en verano que hace más calor y es más difícil de llevar.

̶  Por cierto, ahora que recuerdo tu padre mencionó la noticia del convento de las Terreras, ¿lo conoces o lo llegaste a conocer?

̶  No, abuelo. ¿No estaba cerrado o algo así? Nunca lo vi abierto y tampoco sé su historia. Quizá me podrías hablar de él algún día.

̶  Si tienes ahora tiempo, hasta la hora de la comida, podría empezar ahora. Poco a poco, sin prisa, pues estaré unos días castigado en casa. Ya me entiendes. Además, tu madre no consentirá que me vaya de paseo hasta que no pase un tiempo. ¿No lo ves así?

̶  Pienso lo mismo que tú. Por mí puedes comenzar hoy con lo que quieras sobre la historia de ese lugar. No conozco nada de él, así que te escucharé desde el primer momento.

̶  Bien entiendo. Para ello nos tendríamos que remontar a más de siglo y medio antes para explicarte el por qué se llaman las Terreras. O para concretar, cerca de ciento setenta años.

» La explicación de esto es bien sencilla: la zona conocida como de las Terreras o Terreros estaba ocupada hasta aquel entonces por lagunas que suponían un auténtico foco de infección que sobre todo afectaba a la población más joven del vecino barrio del Perchel. Es decir, los niños como tú corrían serio peligro de contraer enfermedades o incluso morir.

̶  ¿Y qué cambió, abuelo, para que hubiera un convento encima de una laguna?

̶  No es eso hijo, el convento fue creciendo mucho antes por diversos añadidos que ahora después te contaré. Lo de la desaparición de las lagunas vino como consecuencia de que llegó el ferrocarril a esta ciudad. Nada menos que en el año de 1863 y tampoco el lugar era el adecuado en las circunstancias en las que se hallaba. Entonces el terreno lo tuvieron que desecar y para ello hicieron uso del material que había en las murallas cercanas. Sin embargo, este convento tenía mucha más antigüedad que la fecha que te indiqué.

̶  ¿Poco o mucho?

̶  En lo que se refiere al convento en sí habría que remontarse al siglo XVI, cuando un escribano de la Chancillería de Granada, don Luis de Mármol les daría su hacienda para levantar su convento. Por aquel entonces eran conocidas como Beatas de la Orden Tercera. Poco más tarde lograron hacer un trueque de unas casas que tenían cerca de Santo Domingo, logrando así ampliar el espacio y la comodidad de este convento. A pesar de esta medida y puesto que el fundador había indicado que se acogieran unas cuarenta religiosas, ya en 1869 no habría más de once, algo que hacía presagiar lo que no hace mucho tiempo ha ocurrido y que por ello permaneciera cerrado. Las conocidas como Franciscas de la Concepción o Monjas de Jesús, según se había dispuesto en el Concilio de Trento, pasaron a ser de clausura.

» También he de decirte que desde 1527 tomaron el hábito de la Purísima Concepción, agradecidas por la devoción que tenía su protección por ella y que había tenido su lugar de residencia en la calle del Hospital de la Mejora. Purísima que cual como bien sabes tiene una imagen debajo de la Casa del Arco que tiene su origen en la exclaustración de los frailes y cómo el ayuntamiento cumpliría el voto de celebrar la fiesta de la Purísima Concepción desde 1631 hasta 1820 en el Convento de San Francisco y a partir de 1833 hasta 2008 en el monasterio de las Concepcionistas.

̶  Abuelo. Sólo me hablas de historia, de mucha historia que tampoco entiendo, pero si viésemos el edificio ¿de qué me podrías hablar? ¿Qué hay en su fachada? ¿Y en su interior? ¿Tenían una iglesia? O alguna cosa más que seguramente recuerdes. De eso es de lo que querría que me hablases más.

̶  Ay, Blas, tienes toda la razón. La pena y la rabia que me da es que al estar aquí postrado, enfermo como un viejo, no vas a poder entender lo que te cuente hasta que no lo veas. ̶  respondió el anciano apesadumbrado.

̶  Para eso ya habrá tiempo, abuelo. Algún día estarás mejor para dar un paseo y ver aquello.

̶  Aunque por desgracia, lo del interior tardará bastante más tiempo si, como nos dijo tu padre, ha sido comprado por el Ayuntamiento. Se tendrán que hacer obras y otras cosas que impedirán que pueda ser visto por la gente de la calle como nosotros.

̶  Por ahora, con tu explicación me conformo.

̶  Comencemos entonces por lo que está a simple vista, lo que se ve en la mismísima plaza. ¿Qué era lo que recordaste en la cena cuando tu padre nos contó la noticia de la compra del convento?

̶  ¿Te refieres a lo de la fuente de la plaza?

̶  Desgraciadamente sí, pues aunque la fuente era de los años setenta, como suele ocurrir con demasiada frecuencia en esta ciudad, también fue atacada por unos energúmenos y desde el 2008 tenemos la que viste el otro día…

Continuó entonces la perorata de mi abuelo hablándome de las calles en las que quedaba encajado el convento actual, ambas surgidas de la mismísima plaza dedicada a la Inmaculada Concepción. Por un lado estaba la calle homónima que desembocaba en la mismísima ronda y, por otro, la de San Antonio, donde se hallaba una pequeña puerta por donde se accedía el mismísimo convento. Luego me describiría su fachada y, cuando estaba a punto de comenzar a hablar del interior, sonaron unas llaves que me resultaban familiares y se abría la puerta de casa.

̶  ¡Buenos días a los moradores de la casa! ̶  saludó efusiva Adela al entrar.

̶  ¡Mamá! ¿Qué haces aquí tan pronto?

̶  Una que tiene que hacer de todo en esta vida. ¡Con tanto hombre que tengo alrededor y me toca a mí hacer también la comida! Ya ves, puesto que ya que estás aquí, si no es mucha molestia, me podrías ayudar un poquito y, supongo, dejar descansar al abuelo. Seguramente no habréis parado de hablar y necesita un poco de reposo.

̶  Está bien. Se lo voy a decir. ̶  se dirigió hacia la salita para avisar a Juan José. ̶  Abu… ̶  aunque cuando llegó se quedó sorprendido al ver cómo su abuelo estaba dando una cabezadita.

Regresó de nuevo a la cocina con su madre, que le preguntó:

̶  ¿Has avisado al abuelo?

̶  No hizo falta, pues estaba durmiendo.

̶  ¡Ay, hijo mío! Cuando tengas su edad lo entenderás, pues los esfuerzos hay que medirlos ya que no tiene el fuelle que pudieras tener tú.

̶  ¡Está bien, mamá! ¿qué hay hoy de comer?

̶  ¡Quita esas manos de ahí que aún no he visto que te las hayas lavado!

̶  Voy a hacerlo ahora mismo y vuelvo enseguida.

Tras preparar aquella suculenta comida, que a mí me sabía a gloria, sólo había que esperar a que todos estuviéramos presentes, pues mi madre acababa de recibir un whatsapp de mi madre, avisando de que no le quedaba mucho para llegar. Entonces ya sólo quedaba dar aviso a mi abuelo, que desde que le había visto durmiendo no había reparado en él.

̶  Mamá, ¿voy a avisar al abuelo para que se despierte por si sigue dormido?

̶  Sí, hazlo. Pues luego querrá dar una cabezadita en la siesta y no es plan que se quede todo el día durmiendo, que ya tendrá tiempo esta noche. Ve mientras dejo que repose la paella.

Dicho y hecho, me acerqué a la salita y pude ver como el abuelo ya llevaba un rato con los ojos abiertos.

̶  ¿Acaso creías que iba a seguir durmiendo todo el día?

̶  No, abuelo, pero preferí no molestarte cuando vine hace un rato. Ahora venía para avisarte que la comida ya está casi lista y en cuanto venga mi padre nos sentaremos todos a la mesa.

̶  Por mí, perfecto.

El resto del día transcurriría sin sobresaltos y lo que quedó de la semana siguió por los mismos derroteros.

A la semana siguiente, el convaleciente se encontraba mejor de fuerzas. Los paseos por la casa ya se le quedaban demasiado cortos y estaba deseoso de salir a la calle y no hizo falta decir más pues sería mi padre el que le acompañaría en su primera salida después de aquel susto, aunque con un motivo añadido:

̶  Juan José, ¿me acompañaría a la peluquería para que nos hagan a los dos un buen arreglo?

̶  Ya decía yo que había gato encerrado. Seguro que detrás de esto está mi hija Adelita, aunque también me iba notando demasiado desgreñado como para salir con estas pintas. Te acompaño en cuanto me ponga algo decente, hijo.

Dos horas después ambos regresarían como nuevos. Un corte de pelo más tradicional para el abuelo, que apenas le habían retocado cuatro pelos largos, le habían rasurado la barba que últimamente la descuidaba y los pelillos que siempre crecían en los lugares más impertinentes. Y en cuanto a mi padre, su media melenilla aún la conservaba aunque también necesitaba algo de arreglo y así un amigo suyo, Joselu el peluquero, se lo dejó como nuevo.

Cuando llegaron a casa parecían dos pinceles. Mi madre y yo nos mirábamos y no sabíamos si echarnos a reír o llorar. Sin embargo, en ese momento también recordó lo que había motivado que fuese a cortarse el pelo: la visita a las Terreras.

Pasaron un par de días más. Ya era jueves y el abuelo apenas mostraba ningún resquicio de la anterior dolencia. Había recuperado un estado de ánimo habitual y las fuerzas no le flaqueaban. Ese día, durante la comida, mi madre rompió el silencio del momento:

̶  Padre, no sé cómo se encontrará de fuerzas para dar un paseíllo. ¿Qué le parece si el sábado por la tarde tomamos algo como merienda y cena y así nos acercamos a las Terreras y nos cuenta algo de allí?

̶  Bien, hija. Me parece una idea muy acertada por tu parte. Además ya estoy algo cansado de estar tanto tiempo encerrado, que apenas he podido acompañaros un par de veces a comprar el pan aquí cerca. Además, lo de las Terreras lo considero un lugar ideal, pues el otro día Blas y yo andábamos hablando de ello, pero luego empezamos a comer y ya no seguimos.

̶  Lo dicho entonces. Además, así podrás presumir de corte de pelo que te han dejado como un pincel.

Llegó entonces el sábado. La ilusión mostrada por mi abuelo, que había logrado salir de aquel arrechucho, quedaba reflejada en su rostro. No hacía falta decir nada más. Era la ocasión ideal.

Tras coger mi padre el coche, nos dirigimos hacia la plaza de la Inmaculada Concepción, comúnmente llamada de “las Terreras”. Allí logramos encontrar una mesa con cuatro sillas disponibles. Ya eran casi las ocho de la tarde y no estaba siendo un día especialmente caluroso por lo que se hacía llevadero estar sentado en una terraza. Mientras esperábamos al camarero, el marco que nos rodeaba mostraba aquellos tapiales de mampostería con aparejo de ladrillo y con cimiento de mampuestos. La envergadura que más sobresalía era la de unos contrafuertes que aparecían cubiertos a tres aguas cuya teja parecía curvada. Entre ellos la portada quedaba encajada como si de un vestíbulo se tratara, apareciendo en un lado una placa donde hacía mención de la iglesia del monasterio de las Concepcionistas y de su fundadora, Santa Beatriz de Silva.

De todo aquello nos habló el abuelo. También despertó nuestra curiosidad al describirnos la existencia de una talla conocida como “La Porterita”, que no era ni más ni menos que una Virgen del siglo XIII.

̶  … Como os iba contando, en el interior aparece una iglesia con una sola nave, teniendo una capilla mayor y un retablo con la imagen de la Inmaculada Concepción. A este conjunto habría que añadirle un claustro y las celdas del siglo XVI, pues la iglesia sería reformada tiempo después, y una sala capitular. Sin embargo, de lo que vemos aquí delante, en plena fachada hay una cosa muy curiosa que me gustaría saber si conocéis.

̶  No sé padre. Danos una pista.

̶  Hay campanas, por deciros algo.

̶  ¿Y cómo se llama eso, abuelo?

̶  Ya veo que no lo conocéis. Aquello se conoce como espadaña, y su nombre como bien habréis adivinado tiene mucho que ver con espada. ¿Por qué? Pues porque supone un añadido en una fachada como si fuese una prolongación que es aprovechada habitualmente para usarse de campanario como podéis ver.

Ante aquella nueva lección del abuelo, los tres nos quedamos con la boca abierta.

Continuó entonces con su perorata a lo largo de más de una hora. Mientras tanto estuvimos picando algunas raciones en aquella terraza hasta que el sabio de la familia dio muestras de cansancio.

̶  Padre, ¿no crees que ya es bastante por hoy? Seguimos charlando en casa y nos cuentas lo demás, ¿no te parece? ̶  le preguntó Adela.

̶  Te lo agradezco, hija, pues aunque venía descansado sí que estoy de acuerdo contigo y necesitaría descansar un poco. Además, poco más os puedo contar si está el edificio pendiente de apertura, ya sea para turismo o como museo. Ya veremos lo que deciden las autoridades. Por lo demás sólo os podría hablar de la fuente que oímos aquí cerca. ¡Otra vez será, hijos míos!

MANUEL CABEZAS VELASCO

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