El cortijo

Ramón Castro Pérez.– Cuando los amos del cortijo regresaron, se encontraron con las puertas abiertas de par en par. El servicio, enojado por la falta de sustento, decidió rebelarse. Había corriente y el aire fresco retomó los pasillos, conquistando cuarto a cuarto, llevándose el olor a rancio, instalado durante años en la superficie de los muebles y hasta en las paredes.

Se cambiaron las cortinas y se izaron las persianas. Los suelos relucían y por las ventanas entró la luz del sol, provocando úlceras en la piel de los señores, despojados de todas sus pertenencias, excepto la más valiosa, que supieron proteger, su miseria moral. La cuidaron y alimentaron hasta verse fortalecidos de nuevo. Fue cuando intentaron el asalto, retomando algunas estancias en las que hacerse fuertes. Las más oscuras.

La costumbre cuesta crearla. Necesita de hombres y mujeres, orgullosos de su trabajo, sin más aditivos. Es un error pensar que esto puede hacerse nada más que sobreponiéndola sobre otras, sobre todo cuando las de antes estaban podridas y servían a intereses espurios. De esas entrañas siguen comiendo los amos del cortijo, parapetados tras la herrumbre de sus armaduras, forjadas a partir de la indigencia moral que los mantuvo al frente durante tantos años.

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