La publicación de las memorias de Jorge Vestrynge, Memorias de un transeúnte, que le edita, como otro contrasentido más, la editorial izquierdista de viejo aliento y nuevo cuño, El Viejo topo, ha dado lugar a un entrevista en El País, el 14 de enero, con Sergio Fanjul, donde el otrora impecable –en las formas y en el peinado preciso y ordenado por el fijador capilar– y deslizante en el fondo –cuentan las malas lenguas, que en su época parlamentaria, despachaba con Alfonso Guerra, para contarle y desvelarle los movimientos que seguiría Fraga desde la presidencia del grupo parlamentario de Alianza Popular en votaciones sucesivas– formación ésta de la que llegaría a ser secretario general en esos precisos momentos.

Y más tarde de esas precisas imposturas parlamentarias, sería rebotado en otras formaciones de diverso cuño ideológico –desde el PSOE, en justo pago de sus desvelos sostenidos con Guerra–, y luego en otro oxímoron inenarrable, llegaría hasta Podemos, donde su hija Lilith Vestrynge llegaría a ser diputada por Barcelona, y él mismo quiso apadrinar desde su profesorado en la facultad de Ciencias Políticas de Madrid, al bloque maduro de la formación Podemos. Construyendo con toda esa peripecia política tutelada, el espejo en el que mirarse para borrar el pasado. Oxímoron que el mismo reconoce cuando a preguntas de Fanjul –“¿Usted no quería que AP fuera de derechas?”, responde puntual y desmemoriado: “Yo no lo era: No soy creyente, me la refanfinflan las tradiciones, me gusta que se reparta la riqueza…Encontré la posibilidad de modificar la realidad. Fue imposible”. Alguien que no era de derechas –lo puede jurar en sagrado y en profano–, sustentaba, no ya su militancia, sino la dirigencia en un partido nítidamente de derechas, como era la AP de esos años de mandato de Manuel Fraga Iribarne. Y a pesar de ello, sigue manteniendo una identidad política no correspondida con los movimientos verificados en el pasado. Podría haber optado por la conversión paulina –con caída del caballo incluida, camino de Damasco o de Caracas– y habría abierto las posibilidades de los cambios personales que uno experimenta en su propia vida y trayecto personal. Y habría sido más comprensible. Pero predicar que uno estaba en AP sin ser derechas, suena a coartada imposible de digerir.
Esa peripecia de la política hace que Vestrynge se defina así mismo, tras ese largo trayecto –que, por lo visto y oído, pero ocultado en la entrevista de marras– comienza en sus años universitarios con organizaciones fronterizas en la extrema derecha de Fuerza Nueva y luego va limando asperezas y desprendiéndose de capas indeseadas de ideas envejecidas, como se desprenden las cortezas de árboles viejos– como ‘Nacionalbolchevique y populista’. Etiquetado más propio de cierto desarreglo intelectual que de la voluntad de presentarse como un hombre de bien. Tal atributo, demanda la aclaración de Sergio Fanjul, por aquello de Nacionalbolchevique, cuando bien sabemos que si algo eran los bolcheviques –aparte de matones de rigor de todos los enemigos del proletariado ruso o soviético– eran internacionalistas. La fórmula nueva e imaginativa de Vestrynge, da como respuesta: “Es deseable una revolución socialista, incluso comunista, pero no es posible realizarla en tanto el país no sea independiente”. Esa pretendida independencia del país para realizar la soñada y añorada revolución –no se si prolongando la Revolución de octubre o la china– en cualquiera de sus matices y velocidades –socialista o comunista– es la que fija el matiz tortuoso y atormentado del término Nacionalbolchevique. Si la revolución añorada y deseada por Jorge Vestrynge, ha de ser socialista primero, su etiquetado de rigor habría quedado al descubierto, porque habría pasado del Nacionalbolchevique al Nacionalsocialista, que ya sabemos de qué herida procede ese empeño político.
El matiz del Populismo, lo resuelve el profesor Vestrynge con otra larga cambiada. “La democracia por y para el pueblo parece que no funciona, así que me han gustado aquellos líderes que recurren a los plebiscitos o referendos, o que son elegidos por sufragio directo como De Gaulle”. No elecciones, sino plebiscitos y referendos presidencialista y personalistas, a lo Perón, Franco o Stalin. El caso De Gaulle –otro galimatías vestryngiano de rigor– queda resuelto de sabia manera. “De Gaulle es para usted una referencia ineludible”, pregunta Fanjul, y responde Vestrynge, desde el sosiego de la butaca roja de cine que tiene en su casa, sospecho que compradas de segunda mano de alguna sala provinciana cerrada y clausurada. Como tantos proyectos políticos de saldo contemporáneo. “De Gaulle se considera de derechas, pero es más complicado. Hay estudios que intentan demostrar que el gaullismo fue un comunismo de derechas…Tampoco tanto, pero sí un socialismo avanzado”. Vivir para oír y para ver.

Puede que tras la escucha atenta de su propio discurso, Vestrynge se debería haber declarado Nacionalbolchevique, populista y gaullista. Todo un vademécum del politólogo, de cómo atravesar las aguas agitadas de los tiempos sin inmutarse y sin mojarse. Haciendo bueno el aserto de El Quijote, “De que, si todo esto puedo hacer en seco, imagínese lo que puedo hacer en mojado”. Como hace por otra parte, el líder de VOX en Castilla-La Mancha, David Moreno, cuando habla y repite el mantra de la Política ideológica que practican los oponentes y a la que tratan de combatir. Como si lo que ellos practican fuera algo distinto de esa denostada Política ideológica. Pero ¿hay política que no sea ideológica?, ¡díganme donde se encuentra! Como si la Política fuera una Ciencia Pura y gaseosa.






