Manuel Valero.- La soledad, el abandono, el tiempo, la memoria, el olvido… toda esa mezcla de emociones se te pegan en el cielo de la boca. No hace falta ser ingeniero florido, ni émulo de grandes autores. Basta con gestionar el borbotón de sensaciones que provoca la evocación de un viaje, y pintarlo luego literariamente con una prosa honesta y evocadora, Me refiero al último trabajo de Julio Llamazares, El viaje de mi padre, en el que desanda el tiempo para volver a caminar por los mismos lugares por los que pasó el joven Nemesio camino de Teruel y más allá, hasta el mar castellonense. Y uno no sabe qué fue peor, si el periplo de Nemesio Alonso, padre de Julio, en aquella España en negro y negro, o el mismo sendero del hijo casi nueve décadas después para retratar la peripecia paterna al tiempo que nos sugiere la desolación de una Castilla abatida por el tiempo y el olvido, con el recuerdo paterno en el equipaje. Es un estremecimiento de soledad y melancolía lo que rezuma cada capítulo del viaje. La descripción del paisaje soriano, los pecios ferroviarios abandonados, los pueblos deshabitados a la espera del verano para revivir un poco, o ni eso, respiran una dulce tristeza.
El viaje de mi padre, es como una película, como una película buena, por supuesto. Julio Llamazares, experto viajero literario, funde el color de las etapas de su peregrinaje en 2024 con las escenas en blanco y negro del joven maestro de apenas 18 años hacia el horror de una guerra en 1937, de la que aún sigue saliendo humo por las bocachas de las escopetas. Paso a paso, a bordo de su automóvil, rueda con serenidad por los espacios castellanos, aragoneses, valencianos, fijando en el papel el estado actual de pueblos, aldeas, muy diferentes a como las vio su padre y su compañero de fatigas, Saturnino Diez Ambos mozos a quienes la guerra les pilló muy lejos de sus planes pero no tan lejos como para llamarlos a filas para ser testigos activos de un conflicto cainita de cuya herida muchos respiran y respiran muy bien, al parecer. El padre de la mano del hijo, reviviendo lo muerto: el terror, el miedo, el futuro incierto y roto, uno. La soledad, la tristeza de los atardeceres, la herrumbre del abandono, el bullicio de algunos de los pueblos visitados, una pléyade, su lento declive, el otro de la mano del padre. Y entre ambos, también, una deuda saldada que el autor ha pagado a su progenitor ingresándolo en el universo literario, en su universo literario. La forma de escribir de Llamazares, sin artificio, toca la fibra del lector de manera natural, temblorosa, como su voz. Su prosa es emotiva, nostálgica como buen militante de la memoria, de la memoria de uno, de los amigos, de los parientes, de los pueblos, de las gentes, del paisaje, de León su tierra natal, de esta sufrida España que sigue doliendo de nuevo. Memoria de todo como un asidero para evitar el ácido del olvido.
Al paso le van saliendo al autor lugareños que lo ponen al día de lo fue lo que ahora es vacío y óxido, y Llamazares imagina a su padre en el mismo lugar que él mira ahora con la nostalgia del deudor, fotograma a fotograma, lo que le brota de la memoria, Y ve a su padre y al amigo abrigados hasta las cejas para combatir el frio. ¡Un par de leoneses que al regresar de la guerra se trajeron el frio de Caminreal tatuado en el esqueleto!
Es también El viaje de mi padre una suerte de guía. Llamazares es un maestro en la descripción de paisajes, lugares, iglesias, conventos, calles mayores, bares, y sobre todo de la pegajosa tristeza que empapa el vaciamiento progresivo de la España actual. Un viaje que parte de La Vecilla, casi pegada a La Mata de Bértula, pueblo natal del joven maestro que a los 18 años se alistó voluntario para no ser destinado a la trituradora de carne de la Infantería y se preparó por ello como telegrafista junto con su amigo de guerra.
Un relato honesto y sincero, sin alardes florales, que pinta un atardecer castellano con la misma serenidad que la compañía de las palomas, un relato que ve la guerra como un desastre que pagan los inocentes, todos, de uno y otro bando, un viaje en compañía de su padre, a quien lleva a su lado en el coche y a quien ve por todos y cada uno de los lugares que pasa, desde La Vecilla al Mediterráneo, después de atravesar un rosario de pueblos ignotos, incluso hoy para muchos de nosotros.
Es la historia de un maestro joven y su compañero, fuente principal del autor y los relatos bélicos de su padre, a quien le hubiera gustado prestar más atención a su historias de viejo. ¡Pero en los 80 y los 90, estaba ya tan lejos la Guerra Civil hoy polarizante hasta el vómito!
El joven Nemesio vio el mar, nunca fue un gran viajero, como lo es Julio, su hijo, y cogió tal pulmonía en Caminreal que sus compañeros lo abrazaban apenas regresaban del frente para que les diera calor. No ha sido el viaje de Julio, ha sido, en efecto, como titula el libro El viaje de mi (su) padre, fue un viaje de los dos. “Nadie vuelve de una batalla siendo el que era”, escribe Llamazares.
Cualquier lector que se acerque al libro sentirá el golpazo de una tristeza infinita, tanto por la crueldad de la guerra, como por el vaciamiento general de buena parte del recorrido. Y todo escrito con detalle, con precisión del buen periodista, con ternura, con cierta resignación, pero con una deuda saldada. No hay cosa mejor que eso: saldar una deuda con tu progenitor aunque ya no esté vivo. Escribirle un libro es una reconfortante penitencia.
En silencio, para no interrumpir su sueño me agacho ante mi padre y le digo lo que siento:
-Fui y volví.
Sobre las montañas pasa un avión
El viaje de mi padre
Julio Llamazares
Editorial Alfaguara
Tapa blanda
323 páginas







