Ramón Castro Pérez.- Emparedar un cadáver no es tarea fácil. En primer lugar, hay que matar a alguien, lo que exige ser un monstruo o haber padecido tanto como para engendrarlo desde las propias entrañas. Es más, carece de sentido lo primero sin lo segundo, pues se esconde aquello que no deseamos se encuentre. De adolescente ocultaba los cigarrillos en el registro del contador de agua y sus cadáveres, las colillas, debajo de los muebles del salón. En cierta ocasión, debido a la presencia de pintores en casa, se retiraron estos y recuerdo a papá escandalizado, creyendo que los de la brocha gorda no hacían otra cosa que darle al pitillo. Así se supo que, en aquella casa, había otro fumador y me vi obligado a revelar el escondrijo.
Volviendo al asunto, hay que replantear la estancia al requerir una reducción de espacio, pues es necesario levantar un nuevo tabique lo suficientemente separado del existente como para que, además del muerto, quepa la lana de roca y alguna que otra capa de yeso bien extendida con el fin de aislar olores. El propio cuerpo debe ir envuelto en plástico grueso y, a ser posible, estar desprovisto de líquidos, lo que puede conseguirse empleando conocimientos que deben ser convenientemente remunerados. En mi caso, un amigo forense, que me debía un favor, tuvo a bien relatarme el procedimiento por lo que me ahorré esa partida.
Antes del episodio de los cigarrillos, años atrás, siendo niños, jugábamos al emparedado saliendo de los armarios empotrados, disfrazados de lo primero que se terciaba, en función de las prendas que descansaban en las perchas. No era lo mismo salir del armario de mamá que hacer lo propio en el de la abuela, viuda desde que recuerdo. Así, todo de negro, asusté a la prima Laura, a quien hubo que atender y llevar al médico. Aquello me produjo placer y supe que era diferente al resto.
Y, por último, la temperatura. Si has de hacerlo, mejor en un sitio fresco y no sobre el muro de carga que da a suroeste, el cual recibe la radiación solar durante las horas centrales del día y las posteriores. Los fiambres, al contrario que los vivos, no se aclimatan nunca, así que mejor orientación norte y, si es posible, cerca de la zona del congelador. Esto último sugiere la recomendación de no llevarlo a cabo en casas particulares, sino, preferentemente, en suelo industrial, donde son mucho más familiares los olores y hay menos presencia humana, también, durante menos tiempo.
Trabajé durante años en polígonos. Lugares donde la atención se concentra en unas pocas máquinas, con el fin de evitar un accidente laboral. En ellos se permanece el tiempo justo y no se pregunta nada trascendental. Nadie en su puesto de operario se cuestiona si habrá alguien encerrado dentro del hormigón. A las ocho de la tarde, las plantillas al completo corren como alma que lleva el diablo, instigadas por el alarido de la sirena que indica el fin del turno.
El emparedado aguarda a que lo descubran, sólo para contar su historia y aliviar a quienes lo esperan desde hace tanto tiempo que ya perdieron la esperanza de imaginarlo vivo en algún lugar remoto. Esta espera silenciosa se realiza en común, al lado de otros que corrieron la misma suerte. Tirar aquel tabique en el interior de la nave de «Desconchados Márquez, S.L.» supuso aflorar seis relatos dispares, unidos por una relación laboral que nunca llegaría a ser indefinida.
A todos ellos me tocó emparedarlos, es más, prepararlos convenientemente, después de acabar con sus vidas en la cámara frigorífica. Eran ellos o yo, bajo amenaza de un monstruo más grande que el que porto conmigo. A todo hay quien gane, decía el abuelo y no lo supe hasta que lo encontré. No lo sabes hasta que lo encuentras y ya es tarde para dar marcha atrás, pues te hallas en mitad de una pelea de la cual ya conoces el resultado. Lo peor del ser humano se busca, se encuentra y, tras la lucha, se dispone en orden para ejecutar la maldad y sembrar el miedo entre los inocentes. Esto último no recuerdo serlo nunca.
Cantar la ubicación y la identidad de los seis cuerpos me libró de compartir centro penitenciario con la directiva de «Desconchados Márquez, S.L.», ansiosa por verme enclaustrada entre el enlosado de las duchas. Me ubicaron a cientos de kilómetros, con otro nombre y otro aspecto, donde todos creen que cumplo condena por cargarme a un empleado de banca durante un atraco frustrado. Sin embargo, esta ira que me acompaña desde que nací no desaparece. Sigue dentro de mí, sin posibilidad alguna de abandonarme. Dentro o fuera de estos muros, no soy más que un empleado de «Desconchados Márquez, S.L.».










