Reseña de la obra “Paisajes desde dentro”, de Pedro A. González Moreno

José Agustín Blanco Redondo.- “Paisajes desde dentro” es la última publicación del escritor Pedro A. González Moreno (Calzada de Calatrava, 1960), una obra editada en 2025 por la BAM de la Diputación Provincial de Ciudad Real. Encuadrada en la literatura de viajes, en su inicio valora el trabajo de García Pavón en la búsqueda de la personalidad manchega —aislamiento, timidez, campechanía— y en la visión —llanura infinita y monótona, inhóspita y de color pardo— de un paisaje manchego que, al ser contemplado, el escritor de Tomelloso dotaba de cualidades ascéticas y espirituales.

   Pedro Antonio utiliza argumentos y una cuidada prosa poética para afirmar que la comunidad castellano-manchega, aunque invertebrada, es generosa es espacios naturales, en riqueza cinegética y en una tradición literaria de autores que “han contribuido a alimentar con sus palabras el sueño de esta tierra”. La identidad castellano-manchega se refleja en el agua y en el vino, en la piedra de las fortalezas y en la imaginación de sus habitantes, una imaginación “capaz de humanizar las quimeras”. Para Pedro Antonio, “…la tierra es una fuerza telúrica que brota por dentro y crece desde dentro, es una geografía emocional que está arraigada, como un órgano extraño, en algún lugar de nuestros recuerdos”. “La tierra que heredamos no es un espacio cultivable, no es ni siquiera un espacio. Es más bien un tiempo que alguna vez fue nuestro, pero del que ya nos fuimos”. “…es un campo ancho y fértil donde sigue creciendo, cada día, la semilla de los recuerdos”.

  El autor lamenta la sangría migratoria de nuestros pueblos y el desarraigo de los jóvenes por la tierra de sus ancestros. Y se encara con la explotación, hasta el delirio, del fecundo vientre geológico de la provincia de Ciudad Real en busca de minerales, en busca de aguas subterráneas, en busca del basalto y las puzolanas de los volcanes del Campo de Calatrava.

   Pedro Antonio ensalza el paisaje manchego, las crestas cuarcíticas y los conos volcánicos que, a menudo, sirvieron de cimiento para castillos y ermitas, como el cerro de Alarcos, a orillas del río Guadiana, que también sirvió, en 1195, como solar de la terrible derrota de Alfonso VIII ante las huestes almohades de Al- Mansur. El castillo de Caracuel y su torre albarrana y pentagonal, la ermita de Santa Brígida de Almodóvar del Campo, los molinos de Puerto Lápice, Criptana, Alcázar, Herencia y Fuente el Fresno, el puente de los muertos de Saceruela, el recinto amurallado de Almadenejos, la puerta de Carlos IV y las minas de azogue de Almadén o la ermita de la Virgen del Castillo de Chillón son algunas imágenes en el relato viajero que el autor traza con minuciosidad histórica para el disfrute de nuestra imaginación. 

   En su itinerario, Pedro Antonio recuerda la lucha de Anchuras —pueblo aislado y fronterizo— contra el proyectado campo de tiro y visualiza la laguna volcánica, entre otras, de La Posadilla de Valverde con esta lírica descripción: “Desde arriba, mirando hacia poniente, el horizonte se convierte en un collar azulado de líneas convulsas cuyas cumbres redondeadas parecen entonar aún una antigua danza que ahora, en medio del silencio, aún puede escucharse”. Las tres lagunas de Malagón, la ermita de la aldea del Espíritu Santo, la de la Cruz de Mayo sobre el volcán Cerro Santo de Porzuna, los ríos Fresnedas, Ojailén y Montoro que riegan las tierras mineras de Mestanza, las pinturas rupestres de Solana del Pino y el abandono de la pedanía de Las Tiñosas se convierten en miliarios de una ruta salpicada de referencias culturales y etnográficas, mientras “…en los largos atardeceres…, algunas noches se escuchan los sonidos fantasmales del pico y la maza resonando en los túneles de las minas. Y también se oyen, entre el ruido melancólico de las esquilas, los aullidos de algún lobo en la Sierra Madrona…”.

   En su recorrido por las ermitas de la provincia, el autor nos muestra cómo las apariciones marianas comprometieron su construcción en enclaves concretos: el santuario de Nuestra Señora las Cruces de Daimiel o la ermita de la Virgen de la Carrasca de Villahermosa, por ejemplo. Otros municipios decidieron compartir su patrona, como es el caso de Villamanrique y Puebla del Príncipe con la Virgen de Mairena. Junto a los cauces de los ríos se edificaron ermitas como la Virgen de la Cabeza de Torrenueva, la de Peñarroya de Argamasilla de Alba y la de San Isidro en Puebla de Don Rodrigo. Otras resultaron destruidas o profanadas durante los desastres de la guerra y algunas, como la de la Virgen del Espino en Membrilla, se edificaron sobre las ruinas de una fortaleza. Ermitas, en general, humildes, algunas antiquísimas —la de la Virgen de la Sierra de Moral de Calatrava— y otras adosadas a una plaza de toros, como la Virgen de las Nieves de Bolaños y la de las Virtudes de Santa Cruz de Mudela. Ermitas, todas, afanadas en convencernos de que con la fe “es posible sobrevivir en la dura batalla contra el tiempo”.

   Un capítulo de la obra está dedicado a la visita que Rosa Regás realizó, hace algunos años y junto a Pedro Antonio, a diferentes parajes de la provincia de Ciudad Real: Puerto Lápice y su impronta quijotesca, el puente romano de Villarta de San Juan, la Posada de los Portales de Tomelloso, la cueva de Medrano de Argamasilla de Alba, las Lagunas de Ruidera y su cueva de Montesinos, la plaza mayor de La Solana y la de Villanueva de los Infantes, también la dieciochesca de San Carlos del Valle, la albariza y añil de Valdepeñas y la de Almagro, con sus galerías atrapadas en verde y cristal. Visitaron los parajes de Alarcos, Calatrava la Nueva, la cueva de La Encantada y el parque nacional de Cabañeros, para contemplar, por último, las bóvedas y retablos de San Pedro y de la Catedral de Santa María del Prado. Pedro Antonio, en la despedida, quiso creer que Rosa Regás “se llevaba en sus ojos toda la luz de La Mancha”.

   El agua es, a menudo, el eje vertebrador de este descubrimiento provincial. Pueblos con nombre de ríos, como Guadalmez, Valdeazogues y Gargantiel, constituyen la excusa para recorrer la geografía, los valores culturales y la historia de estos municipios con una prosa poética que emerge, delicada, entre las páginas: “Guadalmez se redime de su humildad asomándose al río que le da nombre, y al verse reflejado en la anchura de sus aguas siente delirios de grandeza porque los ríos grandes acrecientan la autoestima de los pueblos pequeños”. Desde su nacimiento en Montiel, los puentes jalonan el divagar invernizo del río Jabalón. Villanueva de los Infantes, Alcubillas, Torrenueva y Valdepeñas sienten la hendidura de su cauce entre carrizos, eneas, zarzamoras, juncos y mimbreras. Los afanes cimarrones del Jabalón cuartean el término de Moral de Calatrava y acuden, ya con cierta mansedumbre, al encuentro con el puente romano de Baebio, junto al yacimiento arqueológico de Oreto y Zuqueca. Indeciso y huraño —así lo define el autor— el Jabalón marcha hacia el cierzo y el poniente, buscando el lecho del Guadiana.

   Ríos como el indómito y caprichoso Fresnedas y el huidizo y huraño Ojailén actúan como catalizadores de este viaje literario. El Guadiana, “más allá de la llanura” y tras la entrega de las aguas del Bullaque en Luciana, adquiere una nueva identidad. Sus riberas bordonean pueblos humildes y aldeas, tierras montaraces y parajes bravíos, solares sajados por la despoblación y los escarpes, por la belleza y la memoria.

   El autor es líricamente crítico con el aniquilamiento de los acuíferos y con los pozos ilegales perforados en los campos manchegos: “Pero en las Tablas de Daimiel continuaban ardiendo las turberas y en la Isla de las Cañas el suelo sediento exhalaba fumarolas con las que la tierra, convertida ya en un paisaje casi apocalíptico, parecía expresar, al mismo tiempo, su rabia, su desesperación y su agonía”. Ya el poeta daimieleño Miguel Galanes, en su poemario “Añil”, escribió unos versos alertando del desastre, palabras que no ignoraba que se convertirían en ceniza, en polvo, en esa entraña de turba que ardía bajo el cauce extinto: “No es el tiempo /quien sólo nos anuncia la muerte / sino el espacio / quien nos envuelve / con su silencio y oscuridad”.

   Este libro de viajes recorre la provincia a lomos del agua de sus ríos, sobre los sillares escuadrados de sus fortalezas, entre la albura y el duramen de olivos, vides, higueras y tarayes, desde el sosiego azul de sus embalses, bajo el vórtice de sus molinos de viento, tras el fuego extinto de sus volcanes, por la piel cobriza de sus tinajas de quinientas arrobas, entre vagonetas de carbón, cinabrio y galena. Sobre un mar de vino que le confiere identidad, significado y futuro. Un mar de vino contemplado por aquel evocador trenillo que, durante siete décadas, comunicó la ciudad de Valdepeñas con Puertollano y de cuya infraestructura de vía estrecha apenas quedan restos. Pedro Antonio realiza un minucioso y poético estudio sobre el trazado de este ferrocarril por el Campo de Calatrava, un melancólico viaje a través de pueblos, fincas, cerros volcánicos, lagunas, ermitas, estaciones y apeaderos.

   No quiero desvelarles el final de esta obra. Solo diré que la imaginación se desborda, que los sueños gravitan sobre el paisaje de la Sierra de Calatrava, que la mirada es la protagonista y que el asombro nos interpela. El relieve del horizonte, muy cerca del castillo de Calatrava la Nueva y de la fortaleza de Salvatierra, se tiñe con la ficción del crepúsculo y es entonces cuando el autor nos narra una historia, un cuento, una leyenda. La mujer muerta, se titula.

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