¿Qué vas a ser de mayor?

Antonio Carmona.– Seguro que la pregunta del título te suena: un mero formulismo, protocolo bobo para entablar una conversación accidental —absolutamente prescindible— entre un adulto y aquel niño o adolescente que un día fuiste. Solías tener una respuesta preparada o bien te devanabas los sesos buscando una profesión satisfactoria no ya para ti, sino para alguien a quien tu contestación le importaba entre nada y menos que nada: voy a ser bombero, maestro, guitarrista, astronauta, médico… Sobre todo, médico. No había una sola madre en aquella época que no deseara tener un hijo médico: puro prestigio con bata blanca para presumir en las reuniones de vecinos. Esto te podía empujar a la insufrible pesadilla de intentar cubrir sus expectativas. Si eras una niña, el asunto resultaba menos complicado. Para muchas madres bastaba con que encontraras un buen marido al que hacer feliz. No es una profesión propiamente dicha, pero requiere paciencia, jornada completa y guardias nocturnas.

Hablando de profesiones, se me ha venido a la cabeza aquel DNI azul —¡cuánto tiempo ha de aquello! — en el que aparecía un apartado a rellenar, eso tan importante que era la “profesión”. Siempre viene bien traer estos recuerdos a colación con el fin de avivar la nostalgia, sobre todo la de todos aquellos “nuevos melancólicos” de aquella esplendorosa época que ni siquiera vivieron. Nuestro profesor de Literatura en el Fray Andrés se jactaba de haber conseguido que el funcionario de turno le aceptara “poeta” como profesión o empleo a figurar en su DNI.

—Pero ¿cómo voy a poner “poeta”? ¡Eso no es una profesión, por Dios!

—Pues es lo único que sé hacer.

—Bueno, ¿y alguna otra cosa? (podría haber declarado que era profesor de secundaria)

—También me hago cargo de muchas tareas en el hogar. Ponga usted ahí “amo de casa” o S.L., “Sus Labores”.

—Eso ni siquiera existe como empleo masculino…

Y de este modo, a base de paciencia, argumentos y probablemente un cierto agotamiento administrativo, consiguió enervar y doblegar a aquel pobre hombre.

Ser poeta, lo más seguro, era lo que a nuestro profesor siempre le hubiera gustado ser, lo que le hubiera gustado contestar cuando de niño le preguntaron: “¿qué vas a ser de mayor?” Lo reivindicó como profesión para su DNI a modo de rebeldía descafeinada, que era a lo más que se podía aspirar entonces sin ser vapuleado. Porque un poeta sabe que lo quiere ser desde niño. Y es posible que lo llegara a conseguir. Me dejó y, por supuesto, leí alguno de sus poemas y me sobrecogieron, sí, me emocionaron. En realidad, no comprendía nada en el sentido explícito de “comprender el mensaje”, simplemente se me interiorizaba una especie de luz difusa que solamente la poesía conseguía irradiar en mis entrañas. Supuse que en eso consistía el sortilegio de la poesía. Claro que entonces yo entendía de poesía aún menos que ahora.

Hoy día, se comprende que la gente se ha cansado de hacerme la dichosa pregunta: ¿qué vas a ser de mayor? Si bien es cierto que yo, a mis sesenta y pico, continúo haciéndomela a mí mismo, a pesar de que tampoco soy capaz de contestarme de forma convincente. A estas alturas de la película, cuando ya sabes o crees saber de qué va el Jazz, te centras más en qué no vas a ser, en qué no has querido nunca ser. En esta sociedad tan repleta de tecnología y aquejada de una hemorragia ética desenfrenada, procura uno huir del “siempre ha habido ricos y pobres” y otras máximas por el estilo, que tienen la extraordinaria virtud de convertir una injusticia en una costumbre y una costumbre en una ley implacable de la naturaleza. Me niego rotundamente a oficios como el de “experto en crecimiento personal” o “influencer”, sea lo que eso sea. No quiero seguir una serie de tópicos para llegar a ser “la envidia de todos”. ¿Puede haber un objetivo en la vida más patético que el de provocar envidia? ¿Por qué permitimos que adoctrinen a nuestros jóvenes con esta filosofía de baratillo? ¿En qué momento decidimos que vivir bien consistía en conseguir que los demás creyeran que vivíamos mejor que ellos?

Vale, creo que ha llegado la hora de las confesiones. A mí me hubiera gustado ser viajero, pero viajero-escritor. Me hubiera gustado ser arqueólogo, pero arqueólogo-escritor, me hubiera encantado ser astrónomo, pero astrónomo-escritor, músico-escritor… La verdad es que no me habría importado ser loquesea-escritor. Van por ahí diciendo que ahora soy profesor (de idiomas)-escritor. ¿Escritor como oficio en solitario? ¡Uy, uy, uy! Un oficio que por lo que llevo experimentado no da ni para media ración de bravas. Quizás, como decía aquel cantante, soy “Too old to Rock ‘n’ Roll, but too young to die!”

También es mala suerte que en nuestro DNI actual ya no figure el apartado “Profesión”. Si alguna vez volvemos a aquel DNI azul —tampoco sería tan raro— comenzaría mi inofensiva sublevación antisistema rellenando los diferentes apartados. Nació en: Almería prov. Almería el 24 de enero de 1963. Hijo de: Gregorio y de: Francisca (más conocida por Paquita). Grupo sanguíneo: B+. Sexo: H (de Hombre que se viste por los pies). Estado civil: C (de Casado). Profesión: M.G.S.E. (Me Gustaría Ser Escritor). Aunque no creo que me permitieran poner algo así. Ni siquiera cabe en el apartado. Un centímetro plastificado no da pie para explayarte sobre tu vida laboral ni tus expectativas.

Bueno, lo que me digan que ponga lo aceptaré. Tendremos que irnos acostumbrando a la resignación. Como antiguamente. Aunque, pensándolo bien, eso puede que sea precisamente hacerse mayor: descubrir que nunca llegamos a ser del todo aquello que dijimos que seríamos y, a pesar de todo, seguir rellenando casillas como si la vida fuera un formulario. Quizás hacerse mayor no consista en hallar respuestas, sino en dar con las preguntas correctas: ¿Qué NO vas a ser de mayor?

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