Lula y el voto sin matices

Pedro Oliver.- Las ultraderechas planetarias que han espoleado la mayor polarización política de los últimos tiempos provocan resultados provechosos para sus fines (como ocurrió en Chile y en otros países sudamericanos) y también algunos efectos no deseados: el voto se agrupa sin matices, pero cuando la participación pasa la raya de lo habitual puede volverse en contra. Así acaba de ganar Lula al ultra Bolsonaro.

La polarización obliga a obviar en las urnas las malas políticas de las izquierdas socialdemócratas reales. Lula es el mismo líder del Partido de los Trabajadores que durante sus primeros mandatos fue rechazado por las izquierdas que recientemente han rechazado a Boric, por falta de templanza y coherencia. A Lula lo llamaban «new Blair» evocando al laborista inglés y para acusarlo de ser demasiado moderado y falso izquierdista. A la hora de las elecciones, si ganaba Lula como mínimo había un cierto alivio, porque entonces todavía no se vivía en esa especie de estado de alarma que se vive hoy en día, en estos aborrecibles años trumpistas, cuando vemos crecer y crecer a las derechas extremas y extremarse incluso a las derechas más centristas. Ahora, en cambio, Lula alivia y reconforta, es aceptado sin matices para evitar el triunfo del hijo de un golpista y aclamado por la heroicidad de la remontada, verdaderamente épica.

¿En España pasará algo parecido? Aunque Feijóo esté en pleno proceso de radicalización no va a abandonar la demagogia cuando invoque el valor de la democracia, y eso, lógicamente, confunde mucho, porque difumina hasta lo más evidente, eso que representan Ayuso, Cayetana y Albiol: la pasmosa y alarmante ultraderechización del PP. No obstante, respecto de Brasil y otros lugares, en España hay una importante salvedad que a priori cambia cualquier prognosis: aquí no hay una elecciones presidenciales, el hecho de que sean legislativas es trascendental. Aquí no es tan simple. Unas elecciones presidenciales, en una o dos vueltas, van desdibujando los malos matices y las cosas feas de cualquier presidente de izquierdas, algo que ocurriría incluso con las peores políticas de Pedro Sánchez. Pero, aquí, incluso en estos tiempos trumpistas, agrupar el voto exige hacer un ejercicio individual y racional que va más allá del mero cálculo matemático para entremezclarse con los miedos. Hay muchos matices convergentes, si, pero priman los emocionales, los más inciertos, esos que no están recogiendo ni los grandes titulares ni las encuestas arrojadizas.

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