El niño habrá llegado bien

Ramón Castro Pérez.– Padre aprovechó un semáforo en rojo para saltar del auto y huir calle abajo, atravesando el «Barrio Alto», de regreso a casa. Me acompañaba en mi primera toma de contacto con el volante, tras ganar, esa misma mañana, el permiso de conducir. Cuando el disco cambió a verde, alivié la presión sobre el pedal del embrague, aunque no lo suficiente, provocando que el Fiat encarara embravecido la «Ronda de Málaga», a ritmo de acelerador. Cada vez que el recorrido de este último llegaba a su fin, yo tomaba aire para afrontar el cambio de marcha. Giré a la izquierda y me adentré en la «Nueva Andalucía», sintiendo cómo el pulso se aceleraba ante la inminente maniobra de aparcamiento. El alivio al encontrar un hueco lo suficientemente grande como para realizarla sin demasiadas correcciones debió ser comparable al de padre al apearse del vehículo, momentos antes.

Prefirió no ver ni sentir ni padecer. O, simplemente, lo que ocurría era que no podía soportarlo. Sea como fuere, me proporcionó vía libre, bien para estrellarme, bien para terminar el estacionamiento con algo de éxito. Y, como no existían los móviles, la necesidad de conocer el desenlace no era, ni siquiera, una opción, así que, lo que hoy en día sería una angustiosa preocupación, se digería entonces con un sencillo pensamiento, «el niño habrá llegado bien».

Nunca le pregunté a padre si experimentó desazón o inquietud al dejarme solo a los mandos del coche, escuchando los acelerones e ignorando si alcanzaría el destino deseado. Es más, probablemente ni recordara aquel episodio pues, por aquel entonces, la vida de los hijos no se monitorizaba al ser, literalmente, inviable. Tal imposibilidad nos permitió crecer equivocándonos solos,aunque no impidió que, ahora, como padres, hagamos todo lo contrario. Parece que aprendimos poco.

Ramón Castro Pérez

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