Eduardo Muñoz Martínez.– Si no ponemos algún remedio que lo evite, será la pregunta que los niños y las niñas de nuestra ciudad, y los más mayores también, se hagan dentro de no mucho tiempo. Hace algunos días leía que este 2023 la Hermandad de San Antón, -San Antonio, Abad-, de Ciudad Real capital, celebrará las fiestas en honor a su titular, con la normalidad de antes de la pandemia, pero sin «caridades», porque no hay lugar donde elaborarlas, ni quien las haga.
Me hacía pensar esta «razón». Ya, ya sé que a muchos, y muchas, les puede resultar fútil, banal…, pero no hemos de olvidar que las tradiciones, el día a día…, nos permiten construir la historia y, si no lo hacemos, dejaremos a las futuras generaciones una tierra «vacía», «hueca»…, una tierra sin identidad, en la que se pueda pensar que las aceitunas nacen metidas en los botes, o que la leche, «por arte de magia», la producen los tetra brik. Bromas aparte, no podemos olvidar, repasando los versos de Serrat, que «…al andar se hace camino y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar… Caminante, no hay camino, se hace camino al andar…»
Volviendo al tema que hoy me ocupa, las «caridades», decir que se definen, según encuentro en internet, como limosna en especie que se repartía a enfermos, pobres, niños y niñas, transeúntes…, a las que se les atribuían cualidades curativas y preventivas. Y es que no podemos dejar en el olvido, como bien narra en sus libros el buen amigo, y mejor escritor, Ángel Pedro Gómez, que la Orden de San Antonio Abad, era hospitalaria, y que en nuestra capital de provincia tuvieron «casa» por donde hoy se levanta el colegio «Cruz Prado». Su emblema era la letra «Tau», de origen griego.
Harina, aceite, vino, manteca, azúcar, anís, anisillos…, son los ingredientes que se necesitan para fabricar este manjar que, de forma excepcional, y gracias a un grupo de alumnos, y de alumnas, supongo, del Instituto Santa María de Alarcos, a quienes sinceramente aplaudo, llegará a los miembros de la hermandad, que obviamente no pueden eludir las limitaciones del número y de la edad, -a veces-, ni la desaparición del obrador donde eran preparadas.
Además de en las autoridades, a las que tanto parecen preocupar las tradiciones populares, pienso ahora en los hijos, nietos…, de los cofrades; en la Hermandad de Pandorgos; en la Asociación de Dulcineas y Damas…, para evitar, antes de que sea demasiado tarde, que desaparezcan. Y es que, haciendo caso a María Ostiz, y hurgando en la letra de su canción «Un pueblo es», hemos de procurar que «…con una frase no se gana un pueblo ni con un disfrazarse de poeta, a un pueblo hay que ganarlo frente a frente, respetando a las canas de su tierra, que los retoños mediten al cobijo del sol esperando sin miedo a que amanezca…» Con la esperanza de que no caigan estas líneas en saco roto, y mi agradecimiento al también amigo Emilio Martín Aguirre, toca esperar que el tiempo demuestre que la semilla ha caído en «tierra buena».




















