Ramón Fernández Palmeral
Refutaciones a su viaje desde Madrid a Argamasilla
Señor Azorín:
Su libro La ruta de don Quijote, es el más traducido y el más famoso de todos cuantos escribiera usted, un libro de poca extensión resultado de un carro, una mula y un lápiz, humildes instrumentos componen la flor de su obra cervantina, esos modestos instrumentos casi quijotescos por una región que los romanos llamaron Espartaria y que los árabes tradujeron por Manxa (tierra seca, productora de esparto). Vargas Llosa ya lo dejó escrito en su discurso de ingreso en la RAE en 1993: «Aunque hubiera sido el único libro que escribió, él solo bastaría para hacer de Azorín uno de los más elegantes artesanos de nuestra lengua…». ¿Sabes usted quién es Mario Vargas Llosa? Uno de los más importantes escritores hispanoamericanos actuales, escribidor peruano, como a él le gusta llamarse, autor de un celebre libro La ciudad y los perros, y, que además se ha llevado todos los premios que hay en España, entre ellos el Cervantes en 1994, con el discurso: «La tentación de los imposible». Me viene a la memoria el único libro del mexicano Juan Rulfo, ese libro que le dio fama universal, Pedro Páramo, y fue tanta la gloria que le dio y tanto el miedo a no escribir otra novela que le igualara que, asustado, no escribió más, aunque los relatos El llano en llamas, también son muy dignos.
Sin embargo, y perdón por mi atrevimiento, y después de haber leído su libro una docena de veces, me han llegado algunas dudas que se traducen en preguntas: ¿por qué está usted triste y melancólico por tener que hacer un viaje por encargo a la Mancha para escribir crónicas del III Centenario en «la cumbre», o sea, en El Imparcial de Madrid. En donde «sólo llegaban a publicar algunos felices mortales», o «accedían los aupados escritores» era como doctorarse en periodismo. Las crónicas se las iban a publicar, nada más y nada menos, que en la primera página, excepto la del décimo día, publicó desde el día 4 al 15 de marzo. Además el día 3 le presentaron muy bien: «El notable escritor Azorín colabora desde hoy en las columnas de El Imparcial». Nos repite usted por dos veces el sentir ante el viaje: «gesto de cansancio, de tristeza y de resignación» (línea 4 y línea 16), empieza uno a leer una crónica de abatimiento y melancolía, posiblemente debido a su desagrado a viajar, aunque los trenes le encantan, es sabido que ante un viaje uno se llena de miedos infundados, también nos dice que «tengo una profunda melancolía». Empieza diciendo que se encuentra en Madrid en un cuarto diminuto, otras veces un modesto mechinal o habitación muy pequeña. Vive en una pensión de Madrid que regenta doña Isabel, la casera o patrona como se solía llamar, una anciana enlutada, limpia y pálida. No nos informa de si es viuda o casada. Nos la describe con detalle como es propio, en estilo minucioso descriptivo de un paisaje íntimo, con sumo cuidado, la modesta habitación: tiene tres o cuatro pasos, es cuadrada, hay una mesa pequeña, un lavabo, una cómoda y una cama, hay un balcón desde el que se ve un patio limpio y blanco. En Charivari, cuenta que desde la ventana de la habitación de su pensión veía usted la imprenta del periódico El Imparcial y muchas veces escribir a Mariano de Cavia.
Usted llama a gritos a doña Isabel, no se sabe muy bien para qué le llama, una anciana mujer venerable, seguramente, me imagino que de pelo blanco liado en un moño y delantal largo, a cuadritos de servilletas, que calza unas zapatillas gastadas por las puntas de ambos dedos gordos, sube a la habitación y mantiene una banal conversación con usted, ella pregunta que a dónde se marcha, puesto que ha visto «la maleta [de cartón] que aparece en el centro del cuarto» y le responde con pesar, entristecido y resignado, que no lo sabe, luego ella le advierte casi como una enfermera de cabecera que «esos libros y esos papeles que usted escribe le están a usted matando». Quiera o no, aquí evoca usted la locura a causa de las lecturas del molino de los libros: «En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer se le secó el celebro (sic), de manera que vino a perder el juicio» (Cap. I). Usted le responde a doña Isabel con sus altos ideales mesiánicos «tengo que realizar una misión sobre la tierra». Esta respuesta implica la responsabilidad de una alta misión divina, la de un enviado, o la de un viajero en el tiempo, como la de un profeta elegido, un chamán, un vidente, un iluminado, pero usted comenta que doña Isabel no comprende nada de esta misión.
Usted se siente condenado por tener que escribir, encadenado al destino de escribir cual Prometeo, y escribe: «con esta inquieta pluma que he de mover perdurablemente y con estas cuartillas que he de llenar hasta el fin de mis días».
Un suspiro largo, quejumbroso, lastimero de doña Isabel «¡Ay, señor!» y que a ella le vale para recordar su propia infancia y adolescencia de algún pueblo muerto, sombrío. Este suspiro le evoca a usted el pensamiento de ella. Este es un artificio que me llamó la atención: describir los posibles pensamientos de su interlocutor. ¿Acaso su libro, no es también novela psicológica? Y repasa la visión de los viejos pueblos y caserones vetustos, ese vocablo es repetidísimo por usted hasta dieciséis veces a lo largo de las 15 crónicas. Vetusto es una de las palabras del léxico usado por su amigo y protector Leopoldo Alas “Clarín” (1852-1901), en La Regenta: «Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo…», segundo párrafo de la primera página (Edición Alianza Editorial, nº 8, Madrid, edición de 1978 ), que además de novelista fue un severo crítico literario, y que cuando usted llegó a Madrid en 1897 recibió “encomiástico juicio” del maestro. (Página 24 a la introducción de Una hora de España de José Montero Padilla.
Finaliza este magistral I Capítulo «La partida», sin duda una lección de narrativa y novela, con modestia «yo soy un pobre hombre que, en los ratos de vanidad, quiere aparentar que sabe algo, pero que en realidad no sabe nada». Frase que nos recuerda al artículo de Marino Larra, con aquella frase «Yo vengo a ser lo que se llama en el mundo un buen hombre, un infeliz, un pobrecillo…» («Artículos de Costumbres», El Pobrecito Hablador, 17 agosto 1832). Porque sin duda alguna usted fue un gran lector de Larra. Hoy en día, en 2005, esta forma de expresión suena a falsa modestia. Y es que uno escribe para que le quieran.
Yo tengo algunas dudas sobre su viaje desde Madrid a Argamasilla en tren, no sé si atreverme a preguntárselo, quizás por el respeto que le tengo a su libro, a pesar de que todas mis reticencias se asientan en que usted incurre en contradicciones. Según nos cuenta en La ruta…, sale de una estación de Madrid que no nombra, que debe ser la antigua de Mediodía, hasta Cinco Casas, que según dice en la pag. 83: «Argamasilla es Cinco Casas, pero todos le llaman Cinco Casas». Más adelante, al final de la página 84 una voz acaba de gritar: «-¡Argamasilla, dos minutos». Lo que podemos pensar es que los viajeros que van a Argamasilla son avisados previamente en la estación de Cisco Casas para que bajen en ella.
Usted narra que una vez en la estación de Cinco Casas hay una enorme diligencia de las que encantaban a los viajeros franceses que llegaban a España. Al lado de la diligencia hay un coche venerable, un coche simpático, uno de estos coches de pueblo en que todos hemos paseado siendo niños. Este coche, le informa un viajero «es de la Pacheca, una dama fina, elegante, majestuosa, enlutada, sale de la estación y sube en este coche». Usted toma la diligencia por la llanura y entráis en la villa ilustre, la distancia real es de 13 kilómetros, y se aposenta en la fonda de la Xantipa. Argamasilla no es Cinco Casas, en aquel tiempo no había tren hasta Argamasilla porque se construyó en 1914 hasta Tomelloso, gracias al político y escritor Francisco Martínez, y lamentablemente, suprimido al servio de viajeros en 1971.
Bien, dicho esto, usted no sabe muy bien la distancia que hay entre Cinco Casas y Argamasilla, por ello toma una diligencia que, no sabemos si está tirada por tracción animal o a motor de benceno, no nos cuenta nada de los viajeros que van en la diligencia, ni del conductor, ni cuanto le cuesta el billete.
Pero años después, usted confiesa en su libro Madrid (IV) de 1941, que «El viaje por la Mancha, siguiendo a don Quijote, es encantador. Viajo en un carrito tirado por una mula, que gobierna Miguel, carretero de Alcázar de San Juan, antiguo confitero –la suerte tiene estos viceversas- en la famosa Mahonesa de Madrid». Que debía ser una pastelería famosa de Madrid. Es decir, que usted no llegó a Cinco Casas, sino que se bajo en Alcázar de san Juan.
En 1958, el periodista Mariano Gómez Sanchos, le hace una entrevista que publica en Diálogos literarios. Le hace una pregunta: «¿Cómo hizo usted el viaje», a lo que responde «Solo –contesto el viejo escritor-. Es el viaje más pintoresco de todos cuantos he hecho. No era entonces fácil viajar en automóvil por los caminejos de la Mancha». Vuelve el periodista a la carga: «¿Lo hizo usted a pie?». Contestación: «No, alquilé en Alcázar de San Juan un carro pequeño. El equipaje que llevaba, una maleta y dentro de la maleta una poca de ropa».
A 53 años del viaje ya no aparece el carretero de Alcázar, usted viaja solo con una maleta, y en Alcázar de San Juan alquila un carrito tirado por una mula. Entonces por qué nos cuenta que fue a Cinco Casas como si fuera Argamasilla, si no es verdad. Con el tiempo todas las mentiras se descubren. Por eso yo en estas crónicas voy a decir la verdad y sólo la verdad. Porque es sabido, que el lector quiere al escritor que más y mejor le miente y engaña, ya que el escritor es un mago de narración y no deja ver sus trucos. Pero yo no quiero mentir.
Usted viaja solo, sin carretero, no los vuelve a confirmar en el siguiente diálogo que mantiene con don José Ortega: «Y diciendo esto, don José Ortega Munilla abre un cajón, saca de él un chiquito revólver y lo pone en mis manos. Le miro atónito. No sé que decirle. —No le extrañe a usted —me dice le maestro—. No sabemos lo que puede pasar. Va usted a viajar solo por campos y montañas. En todo viaje hay una legua de mal camino. Y ahí tiene usted este chisme por lo que puede tronar» (Madrid IV). Es evidente que don José Ortega no le asigna un ayudante ni le dice cómo ha de viajar. Por lo tanto no le acompaña ningún carretero, el llamado Miguel de Alcázar. Además ésta sospecha es ratificada por José Payá en su artículo «Cervantes en Azorín», cuando escribe: «Con motivo de la conmemoración del III Centenario de El Quijote, Ortega Munilla le mandó realizar un viaje por la Mancha. Le entregó un carro, una mula y un pequeño revólver para el trayecto». Nada del carretero de Alcázar.
No le han pagado tanto como para contratar a un ayudante. Se nos va desvaneciendo la posibilidad de Miguel el carretero de Alcázar como guía y escudero, su escudero era el pequeño revólver que le entregó don José Ortega Munilla. Ahora mis preguntas lógicas son: 1º) Si es verdad que el carretero fue con usted, ¿cuánto le pagó al carretero por los 15 días de viajes? 2º) ¿Dónde dormía el carretero si vivía en Alcázar, no podía ir y venir desde Alcázar todo los días porque los separaba 60 kilómetros de distancia? 3º). ¿Estaba casado o soltero el carretero? Quince días con el carretero dan mucha conversación. 4º) Tenía cuadra la fonda de la Xantipa, y si es así, que era lo lógico, debía tener «un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera», que cuidara de dar el pienso a la mula. «A las seis de la mañana, allá en Argamasilla ha llegado a la puerta de mi posada Miguel, son su carrillo». ¿Dónde había dormido Miguel si vive y es de Alcázar?
Hay otras contradicciones en el animal de tiro, en La ruta… nos dice en el capítulo VII: «Y yo he subido en un diminuto y destartalado carro; la jaca —una jaquita microscópica— ha comenzado a trotar vivaracha y nerviosa» Más adelante: «la jaca corre desesperada, impetuosa». Bien, no es lo mismo una jaca (yegua o caballo de pequeña alzada) que una mula, como cualquiera puede distinguir.
Además me queda otra pregunta; cómo se traslada usted de un punto a otro, acaso no sería en las diligencias que tanto gustaban a los franceses y que unían los pueblos. Usted iba solo. Si el carrito lo conducía usted, el asunto de aparejar y desaparejar la mula tiene sus mañas y es trabajo de arrieros y hay que conocer el oficio y el trato con las testarudas acémilas, estos animales también comen, tenían y tienen su cartilla ganadera y su documentación y sus nombres propios, y a veces, se ponen tan tercos que les cuesta obedecer o se le mete una piedra dentro del casco y qué hace usted. Usted, un hombre de ciudad, elegante, de traje con doble cruce, no sabe gobernar un carrito con mula por los caminos manchegos. Por lo tanto he de sospechar que hizo el viaje unas veces en tren y otras en las diligencias de los pueblos. Por qué nos miente, nos miente porque todo lector necesita que le disfracen la realidad, más humorística, más asombrosa a los lectores.
Hace unos días de este mes de junio, he visto en la televisión a un señor que está realizando la ruta con carrito y mula, lleva provisiones, un jamón de pata negra y duerme en el carro.
—Tú que crees, cariño —le pregunto a mi mujer que es una persona sumamente práctica— ¿Azorín viajo en carro tirado por una mula o no?
—Si yo hubiera ido a La Mancha en aquel tiempo lo hubiera hecho lo más cómoda posible —responde mi mujer con suma claridad, porque ella nunca miente.
Fuente: www.monover.com

Una vez hemos franqueado la puerta de la Casa de Cultura Medrano, vemos un mostrador de información y turismo donde compré el libro de Pilar Serrano Merché, ya referido antes, ya tenía cinco libros. Una vez en el interior hay una gran patio de sillas, y un escenario donde se representan obras de teatro por el grupo Cueva de Cervantes. Cuando entramos había en su interior unos 100 colegiales, aprovechamos la ocasión para entrar a la cueva un grupo reducido y una guapa guía rubia. Se baja a la cueva/prisión por una escaleras de piedra, vemos un azulejo ocre en el dintel, la puerta abierta, dentro se muestra la blancura impoluta de la cal, el suelo de piedra, techo abovedado largo como dos autobuses, en la esquina de la izquierda un poyete que me invita al descanso, una mesa con banco, una espada atravesada en la pared, encima una lanza horizontal, y un oxidado yelmo verdoso, y más, un vasija esquinera como un recipiente lleno de vacío. Pero lo que más me llama la atención y criterio, en aquel recinto carcelario, claustrofóbico y poético cervantino, es la tronera enrejada por donde entra un rayo silencioso, cuadricular, una luz nueva, cervantina, soñadora. Esta misma luz que vio Cervantes, amiga, puntual, mensajera de los cielos. He sido subyugado, encantando por estas cuadrículas luminosas en la pared, como símbolos más que señales, que escriben jeroglíficos en la pared, y sí, lo afirmo, he visto parte de La Mancha, lagunas nocturnas, cataratas, llanuras como bandeja de plata, pero no hay en La Mancha otra reja con este resplandor divino, de rayos fugitivos y que no cesan de dictar palabras, y que tú, solamente tú has podido copiar.
Un azulejo con la inscripción: «12 de marzo de 1968, se firmó ahí el acta de la fundación del pintor manchego Gregorio Prieto (Valdepeñas 1897-1992), con el hombre del notario y del alcalde de Argamasilla de esos momentos don Gerardo Serrano». La galería Gregorio Prieto, en la casa de Medrano debe su nombre al insigne pintor valdepeñero que en vida quiso unir su persona y su legado artístico a este lugar inmortal. Gregorio Prieto se encerró dos días en la cueva/prisión, buscando el dictado de la luz de la tronera y, allí, encerrado, creó la Fundación que conserva su valioso legado. Además quiso sellar esta unión con la donación de 17 obras al pueblo de Argamasilla que se pueden ver en esta galería.
«Apareció Nuestra Señora a este caballero estando malo de una enfermedad gravísima desamparado de los médicos víspera de San Mateo año MDCI encomendándose a esta Señora y prometiéndole una lámpara de plata llamándola día y noche de un gran dolor que tenía en el celebro de una gran frialdad que se le cuajó dentro».
Descubrí una placa de mármol blanca en la fachada, en cima de la placa de la Plazoleta Quijana que así es como se llama esta plaza, la placa dedica a usted, dice literalmente:
Después de las fotos necesarias a la placa de usted, a la puerta verde de chapa de la rebotica ahora cerrada con un candado, en cuyo dintel hay un cartel: «Farmacia del Lºº [licenciado] C. Cueva». También aparece un cartel informativo para turistas despistados como nosotros, donde se cuenta la historia del lugar con gran fotografía de los académicos. Luego le di los buenos días a un busto suyo que está en un jardincillo del Ayuntamiento, no se ve el nombre del escultor, pero gracias al artículo de José Payá Bernabé: «Cervantes en Azorín», sabemos que el escultor del busto es Cayetano Hilario en 1973 y que usted llegó a conocer el busto. ¿Qué se siente cuando uno se ve en piedra? El busto es de una piedra blanca, de nata, se le ve vestido con traje y corbata, descansa sobre dos gruesos volúmenes que deben representar al Quijote, y este a su vez sobre un pedestal en forma de prisma con un cartel frontal que dice:
Ricardo Chamorro
Pasado el rastrillo, se llega al patio de armas por una especie de puerta, estamos rodeados por la muralla, desde la terraza, cuyos piedras del pretil, que algunos desalmados derribaron, se ven caídas sobre el terraplén. A mi izquierda aparece una especio de ermita-cueva artificial protegida por una verja de hierro, dentro hay un tesoro, un tesoro que reveló el moro Allen al capitán Alonso Pérez de Sarabia, cuando lo tomó el día 8 de septiembre de 1198; el moro dijo que si le salvaban la vida contaría donde estaba el tesoro, se la perdonaron y el moro contó donde estaba el tesoro, un verdadero tesoro espiritual: la Virgen de Peñarroya, patrona de Argamasilla y de la Solana, amén de otras joyas materiales. La imagen actual es de piedra blanca que parece mármol de Macael en hornacina, custodiada por dos pergaminos del mismo material pétreo, un manuscrito que cuenta la historia del castillo y su leyenda mariana. Fue un castillo musulmán conquistado después por las órdenes militares de Santiago y San Juan…
Mi mujer también se tronchaba de risa. Además la aventura de los leones hambrientos, cuando pide al leonero que abra la jaula, es de un valor temerario más que de cordura.
Pero como el motivo de nuestro viaje era buscar sus huellas, señor Azorín, y a la vez también las de don Quijote, tomamos la calle peatonal llamada de Cervantes, una calle comercial, locales de souvenir, palacios y la casa del Caballero del Verde Gabán, aquí me hizo mi mujer una fotografía, no pudimos entrar porque estaba cerrada y además es propiedad particular, lo dice el letrero en metacrilato que hay en la puerta. La fachada de la casa es de piedra arenisca rojiza de la zona, tiene una puerta nueva de doble hoja, enmarcada entre dos columnas empotradas con capiteles erosionados, escudo en el dintel que no puedo describir porque no soy heraldista, hay un amplio balcón que toma ángulo recto hacia la esquina de la calle Jacinto Benavente, alero amplio en el tejado y una robustez nueva. Aquí estuvieron don Quijote y Sancho, y aquí mismo 400 años después estoy yo profanando un lugar casi sagrado.
Un momento, quiero acordarme… nos vamos a detener, porque quiero retroceder por el túnel del tiempo novelesco desde el real, lo que en pocos sitios se puede experimentar con tanta nobleza y dignidad como aquí… por asombroso que sea, esta casa la describe Cervantes en el Capítulo 18 de la 2º parte; cuando llegó don Quijote con Sancho, acompañados del dueño de la casa, don Diego de Miranda, el Caballero del Verde Gabán, al que encontraron en el camino después de la justa con Sansón y el Caballero del Bosque, quizás con la inequívoca pretensión de que don Quijote desengañara o desencantara a su hijo en la fantasía de ser un poeta. La descripción de la casa por Cervantes es la siguiente:
Roberto Sabrido (Consejero de Sanidad)
Nos acercamos para ver la iglesia, la puerta cerrada al peregrino, le preguntamos a una mujer vestida de luto a la antigua usanza de los pueblos castellanos. ¿Buenas tardes, a qué hora abren la iglesia?, ella respondió que solamente los días de la «cataquesis» y siguió su camino.
Ahora 10-05-2005 la boca de la cueva nos parece más pequeña, rodeado del mismo encinar, hay unos asientos de madera y un cartel indicador de la fauna de la cueva y su historia y las diferentes especies de murciélagos que la habitan. Cuando menos nos los esperábamos salió de la cueva y por sorpresa un fotógrafo con su cámara reflex, en vez de grajos como cuenta Cervantes: «…salieron por ella infinidad de grandísimos cuervos y grajos, tan espesos y con tanta priesa, que dieron con don Quijote en el suelo”. (Cap. XXII, II, parte).
Lamentablemente el tiempo, el humo de las hogueras de algún cabrero, el de los hachones de los visitantes ha destruido estos carteles, ahora se leen otros (fotos que adjunto). Son los llamados ahora graffiti, en todos los monumentos aparecen como una señal de auxilio, una profanación de lo sagrado, una estupidez de las almas pequeñas que necesitan dejar una marca para ser recordados. Desde este punto intermedio más sima que cueva se pueden ver mazacotes de murciélagos colgados desde los techos cerca de las estalactitas el Myotis myotis o ratonero y el Rbinolophus ferrum equinum o de herradura, suelen vivir de 10 a doce años, se orientan y localizan a sus presas emitiendo ultrasonidos por la boca y la nariz, en lo que se llama ecolocación, suelen emigrar.
Los álamos que en la primavera sueltan su pelusa blanca nos anuncian el pueblo de Ruidera situado en el kilómetro 409, a la derecha una gasolinera o estación de servicios Cinco Hermanos y más adelante el nuevo edificio de la Casa Consistorial que fue inaugurado 7 de mayo de 1999 por el Presidente de la junta de Comunidades de Castilla-La Mancha José Bono Martínez, siendo alcalde Nemesio Chaparro Salinas. Frente al ayuntamiento se halla la iglesia con su torre campanario, paños laterales sostenidos por contrafuertes. A Ruidera llegó usted, señor Azorín, en el capítulo IX y X de su ya referido libro La Ruta de Don Quijote, un día del mes de marzo de 1905, escribe:
Actualmente Ruidera es un pueblo próspero, con hoteles, restaurantes, albergues juveniles, ninguno lleva su nombre. Al final del pueblo y antes de llegar al puente del Rey, se encuentra el desvió señalizado con un Stop, y carteles a la izquierda: Las Lagunas de Ruidera y Cueva de Montesinos, es la carretera comarcal 650, de borne amarillo, a tres kilómetros bordeando el margen de la laguna del Rey y La Colgada, llegamos al Hotel/Restaurante La Colgada, que recibe el mismo nombre que la laguna. El Hotel se ha remodelado y por lo tanto se ve nuevo, limpio, tiene cafetería y comedor, aunque se construyó sobre el año 1976. La recepcionista es una chica joven, usa gafas, el camarero luce un tatuaje de un ancla en el brazo derecho, un fornido y barrilete joven de bigote, fue el mismo que hace años nos atendiera, en mi primer viaje, hace años a la Cueva de Montesinos. Hospedado en la habitación 409, primer piso sin ascensor, la ventana se abre a la paz de la laguna quieta, mansa, espejo del cielo y de los frondoso choperal, olmos y álamos.
Una vez en la acera de los números pares, en el número 6, donde estaba la casa de sus padres, vimos el ocre de fachada y la lápida que dice Casa-Museo, a mi izquierda si miro a la puerta de frente está el símbolo de la CAM Cultura (el triangulo y el cuadrado inscrito en un círculo), que la adquirió y rehabilitó respetando la fechada, la buhardilla, despachos del padre, salones, y que se inauguró el 10 de mayo de 1969. La calle es estrecha, tanto que no se puede aparcar, solo es transitable, y el silencio fluye de aquí para allá, el incorrupto e impenetrable balcón de donde cuelga una especie de auca o cartel que anuncia la exposición Cervantes y Azorín. No acuden las voces de los murmullos de los vecinos, el maullar de los gatos ni el pasar de los carros porque ya no hay carros sino carritos de la compra donde el cartero lleva su mercancía de cartas sin uniforme ni gorra de plato.
Usted, señor Azorín, llega a una conclusión muy veraz, y que ha servido de provecho a muchos epígonos, la de que una obra de arte literaria no es ni su contenido ni la historia, sino una estética, la forma en que se cuenta, o sea, el estilo. Las características del periodismo de investigación, que podemos tomar como modelo de la propia obra de Cervantes, a cuyos personajes del El Quijote, usted les da un tratamiento de realidad absoluta, aquí estuvo, aquí se sentó, aquí le golpearon, por aquí pasó, aquí están sus huellas. Es la recuperación de una historia real. Los manchegos creemos que don Quijote existió realmente, bien como novelación de una realidad, o realidad de una novelación. Y este estilo, certero, conciso, detallista le da una importancia literaria a la realidad verdadera porque la realidad total no existe, sino la verdad parcial, la historia contada y desechando otras realidades, porque la selección es ya una manipulación, el punto de vista, que a los cervantistas nos llena de alegría, porque vemos a don Quijote no como a un personaje literario, sino el mito que toma cuerpo y vida por el estilo de un autor ágil e imaginativo.
Felipe Medina Santos
Roberto Sabrido (Consejero de Sanidad)
José María Barreda(Presidente de Castilla-La Mancha)
Carmen Quintanilla Barba (Diputada del Partido Popular)
Roberto Sabrido (Consejero de Sanidad)