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¿Qué es “lo natural”?

- 17 octubre, 2017 – 11:273 Comentarios

José Ramón Muñoz Rodríguez.- Vivimos una época en la que “lo natural” está de moda. Pero, ¿nos hemos parado a analizar qué significa este término y qué implicaciones tiene?

Cada vez es más complicado comer sano sin alterar los ritmos de vida cotidianos. Para sentirnos un poco mejor, disponemos de vinos naturales (extraídos sin la intervención de químicos), edulcorantes naturales sin azúcar, tomate enlatado 100% natural, yogures bio-, verduras gourmet y todo tipo de alimentos ecológicos con dudosos procedimientos de obtención.

naturalPero lo cierto es que “lo natural” está lleno de trampas y puede ser horrible. Ya decía Goethe que “la naturaleza está siempre en acción y maldice toda negligencia”. Hagamos un repaso de los distintos ámbitos en los que más suele escucharse esta terminología.

Las variedades originales de frutas, verduras y hortalizas, al igual que el resto de seres vivos que habitan el planeta, han ido evolucionando y adaptándose a los cambios climáticos. La selección natural ha estado haciendo su trabajo, aunque en este caso deberíamos hablar de selección artificial dada la influencia de la mano del hombre. Siglos de agricultura han logrado que el sabor, la textura y el aspecto de casi todas ellas hayan mejorado (en base a nuestro punto de vista), pues las hemos ido acercando a nuestro gusto y separándolas de su origen natural. “Lo natural” es que multitud de variedades originarias de estos frutos supieran a rayos y tuvieran una textura y aspecto totalmente diferente a lo que hoy conocemos.

Es curioso cómo preferimos “lo natural” con respecto al mundo vegetal, sin embargo no es tanto así en el mundo animal. Aunque hoy en día se ve de todo, la preferencia es que nuestra mascota esté bien domesticada. Es más fácil lidiar con un perrito adaptado a nuestras rutinas que con un lobo depredador con el que comparte procedencia. Y es que el nombre científico del perro lo dice todo: Canis Lupus Familiaris (variante doméstica del lobo). Es importante señalar que este sometimiento animal no es fruto de nuestra moderna sociedad, pues existen evidencias fósiles de perros domesticados desde hace más de 30.000 años. Al parecer llevamos mucho tiempo alejándonos de lo natural.

Volviendo al tema de la alimentación, parece que tampoco nos planteamos si queremos que la carne que vamos a consumir sea natural, es decir, que no haya sido debidamente tratada y revisada por los procedimientos de calidad y sanidad adecuados. “Lo natural” es que la carne cruda, si no es debidamente procesada, pueda estar plagada de bacterias como la SalmonellaCampylobacterE.coli, y un largo etcétera. “Lo natural” por tanto es padecer vómitos, diarreas, calambres abdominales, fiebre, diversos dolores musculares, mareos y enfermedades más graves como neumonía, artritis o meningitis.

En el campo del medicamento no quiero profundizar, pues el debate es amplio. Tan sólo señalar que antes de que Sir Alexander Fleming descubriera la penicilina, un antibiótico que acaba con decenas de bacterias con un mínimo de toxicidad para el paciente, “lo natural” era fallecer antes de cumplir los 30 años tras haber contraído algún tipo de infección. Sí, por una herida mal lavada o por una mala higiene de manos. No olvidemos que a principios del siglo XX, una de las primeras causas de muerte eran las enfermedades infecciosas. Del mismo modo podríamos hablar de las vacunas, esa medida sanitaria consolidada por Edward Jenner que ha demostrado ser una de las más beneficiosas para la humanidad, generando en el organismo defensas para protegerse de enfermedades infecciosas como el cólera, hepatitis, gripe, sarampión, rubéola, viruela (ya erradicada), tétanos, tuberculosis… “Lo natural”, como nos ha enseñado la historia, son las epidemias y varios millones de muertes por pandemias. Aun así, cada uno es libre de asumir las implicaciones que puede acarrear el estar en contra de las vacunas.

Otro ámbito en el que el término natural está en boga es en la maternidad y el parto. No me refiero a los partos de baja o mínima intervención, donde se deja fluir los procesos fisiológicos del parto bajo la supervisión médica y con el uso estrictamente necesario de fármacos. Estoy hablando de partos “naturales” cuando se deniega cualquier intervención o se desarrollan sin la asistencia de profesionales cualificados. Revisando las estadísticas de mortalidad en el parto una vez más a principios del s. XX, encontramos que hace apenas 100 años el riesgo de morir dando a luz era de 1 por cada 125 partos (sin entrar en las complicaciones y secuelas que el parto suponía en muchos casos). Gracias a la evolución de la medicina moderna y de la buena práctica clínica, la tasa de mortalidad materna se ha reducido drásticamente en los países desarrollados a lo largo del último siglo (un 44% según la Organización Mundial de la Salud), siendo actualmente de aproximadamente 1 muerte por cada algo más de 8300 partos. “Lo natural” hace 100 años era un riesgo considerable de muerte cada vez que se alumbraba un descendiente.

¿Por qué nos atrae entonces tanto “lo natural”? En mi opinión, el problema subyace en la intención de querer convertir una voluntad de búsqueda objetiva de una vida saludable en dogmas de fe. Tenemos fobia a cualquier alimento o producto que tenga una procedencia química. No tenemos en cuenta que la naturaleza es química y caemos en el error de pensar que “químico” es sinónimo de “artificial”. Olvidamos que son los agentes químicos los que protegen los cultivos de plagas y aceleran la producción (“lo natural” hace unas cuantas generaciones era que una plaga o una mala cosecha echara a perder la producción de un año haciendo que se diezmase la población). Asumimos que los químicos son nocivos para el ser humano obviando que una estricta legislación consiente sólo aquellos aptos para el consumo, lo que permite que los alimentos envasados puedan conservar sus propiedades y llegar así a alimentar a la población creciente de nuestro planeta. Además, existe un enfrentamiento con un fundamento poco sólido entre la agricultura tradicional (que utiliza fertilizantes químicos para aportar a las plantas nutrientes) y la agricultura natural u orgánica (que emplea abonos orgánicos únicamente). A fecha de hoy no se han reportado problemas de salud derivados del consumo de cultivos tratados con fitosanitarios de síntesis química. Por el contrario, sí que existen datos contrastados de sucesos de afecciones a la salud por el consumo de alimentos tratados con productos de origen orgánico, como el brote de E.Coli en Europa de mayo de 2011, que se cobró varias vidas. Independientemente de que los productos utilizados para el cuidado de los cultivos sean de síntesis química o de origen natural, es necesario un correcto seguimiento y análisis de las cosechas para asegurar su calidad. Se debe evaluar y justificar la necesidad real de aplicar productos fitosanitarios, de manera independiente a la forma de producción. Del mismo modo tendrá más influencia sobre el sabor el tiempo de maduración y de exposición solar que el tipo de agricultura llevado a cabo. La pérdida de sabor es el precio a pagar por el consumo de frutas y verduras fuera de temporada. “Lo natural” o “lo cierto” en este caso, es que el planeta no dispone de recursos suficientes para alimentar mediante técnicas que den lugar a alimentos ecológicos, eco o bio (que es lo mismo) a los 7400 millones de habitantes que poblamos la Tierra en este momento, y menos todavía a los 11200 millones que se prevé que la pueblen en 2100. Las pseudociencias oponen lo natural a todo lo químico, asumiendo que todo químico es una sustancia sintética elaborada por el hombre. La realidad es que estas sustancias químicas se encuentran en los productos presentes de forma libre en la naturaleza. Para darse cuenta de esto, tan solo hay que revisar, por ejemplo, la composición química de un plátano o de una manzana.

Sin darnos cuenta, hemos convertido los términos “natural” y “ecológico” en defensores de lo “artificial” y “no saludable” o “peligroso”. Y esto tiene un nombre: Falacia naturalista.

La falacia naturalista consiste en asumir que “lo natural” o encontrado en la naturaleza es lo que debe considerarse bueno moralmente. Pero… ¿acaso el veneno de una serpiente no es natural? ¿y el cianuro, una sustancia que a determinadas concentraciones resulta letal, y que está presente en la composición de algunos de frutos secos?

En contraposición surge la falacia moralista, que consiste en considerar bueno moralmente lo que se impone como realidad. Por ejemplo, como aceptamos moralmente que no debe haber diferencias entre hombres y mujeres a nivel de derechos sociales, una falacia moralista sería afirmar que tampoco existen diferencias entre sexos a nivel biológico.

¿Qué es lo bueno entonces? ¿Es malo “lo natural”? No estoy diciendo eso. Asumir que algo es simplemente bueno o malo es una visión bastante pobre y simplista de nuestra rica y maravillosa naturaleza. Y para aceptar algo como bueno o malo, es necesario disponer de argumentos razonados (no basados en creencias o tradiciones) y evidencias constatables que lo demuestren. Estos argumentos pueden obtenerse de la ciencia (que persigue la obtención de la verdad), pero la ciencia no nos dirá qué es bueno o qué es malo. Esa respuesta corresponde a la moral. Y la realidad es que la naturaleza no entiende de moral, no hay moral más allá de la mente del ser humano. Mezclar la moral con la ciencia es un problema clásico que viene dado de confundir la realidad con otra versión de la misma más ética o justa o con una versión que se ajuste mejor a nuestros deseos e intereses. En mi opinión, es necesario distinguir lo verdadero de lo falso antes de tratar de diferenciar lo bueno de lo malo.

Al igual que Jordi Luque, quiero dejar claro que no pretendo con mis palabras defender ni atacar ningún tipo de industria (alimentaria o farmacológica) ni de abogar a favor o en contra de los alimentos procesados. La evolución del ser humano a lo largo de miles de años lleva asociada un intento de ordenar la entropía y el caos que es la también cruel naturaleza. Sirva esta reflexión para evaluar si “lo natural” existe como tal o si es una etiqueta que pretende hacernos sentir un poco mejor con respecto al cambio que dicha evolución ha provocado en nuestra vida y en nuestra naturaleza.

José Ramón Muñoz Rodríguez forma parte de ADICIPEC (Asociación de Divulgación Científica y Pensamiento Crítico de Ciudad Real)

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