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Cuando nada te es ajeno

- 10 noviembre, 2017 – 08:537 Comentarios

MarcelinoQuien esto escribe no es ni un filósofo ni un científico, aunque sienta fascinación por ambos saberes. Sólo alguien que hizo suyo el adagio latino “nada de lo humano me es ajeno” y se lo tomó bastante en serio, dentro de lo que pudo.

Alguien que ha pasado parte de su vida relacionándose con sus semejantes tratando de comprenderlos. Y lo que haya aprendido ha sido fruto de haberlo vivido por él mismo o recibido de personas con las que se asociara en la aventura del conocimiento.

Este hombre ha tenido la suerte de que la vida lo llevara, a veces de malas formas, a conocer aspectos de importante complejidad. Ha conocido a gente sabia, a ignorantes, pusilánimes, buscavidas, gente habilidosa y, literalmente, a algún que otro criminal disfrazado de menciones honoríficas o embarrado en las cuadrículas perfectas de las villas-miseria bonaerenses; como la que vio nacer y crecer a Maradona mientras jugaba a la pelota golpeando una tuerca, cuando no un tornillo, sabe dios cuántas veces con su zurda divina.

Los pistoleros de la villa nunca lo importunaron. Él lo achaca a alguna protección benefactora o, quizá, a que en la camioneta con la que sorteaba los enormes socavones de las calles de tierra embarrada, iban cuentos infantiles para los niños de las villas –chabolas-. Libros comprados religiosamente por sus padres. Querían que sus hijos leyeran y aquellos libros estimulaban la lectura. La alegría de los padres sólo era comparable a la de sus hijos al recibir el cuento envuelto en papel de regalo. Era Navidad. Las familias lo invitaban a sus hogares y el hombre compartió algún licor en estancias con piso de tierra, una mesa al fondo y los camastros junto a las paredes laterales. Las bombillas robaban la luz de donde podían. La gente lo despedía como si hubiera recibido un tesoro. Al salir de la villa-miseria, los pistoleros lanzaban cohetes al aire para agradecer la visita.

Esta persona ha conocido a algún que otro hombre de estado, algún que otro embajador. Gente de orden y de desorden. A filósofos, artistas y poetas. A charlatanes. Estos lo que más. Y aprendió que la palabra de un hombre de bien, aristócrata o campesino, sabedor de lo que habla, no tiene precio.

Debatió con guerrilleros guatemaltecos en el departamento de Izábal del bello país centroaméricano. Se unió a la concentración silenciosa y de protesta de los habitantes de una aldea, frente a una cárcel hecha de ladrillos huecos a la vista, por la tortura a uno de los suyos. Los golpes  sonaban como ejecutados con correas de cuero. Los impactos y los quejidos se oían perfectamente en el exterior. La aldea estaba cerca de la ciudad ribereña de Livingston, llamada así en honor a un legislador estadounidense, en un intento de las autoridades de Guatemala del XIX  por difuminar su antigua actividad como puerto negrero usado por los ingleses.

En semejante viaje, convenció a un niño de 10 años que tuvo de guía –secretario según palabras del pequeño-, que si quería hacer feliz a aquella niña de su poblado que le gustaba debería olvidar su intención de sumarse a la guerrilla, de lo contrario no viviría para contarlo. Al final del periplo, el niño le dijo que había decidido hacerse maestro. El hombre lo celebró con los ojos aguados.

Pasaron muchas cosas. Demasiadas para encajarlas de golpe en dos o tres hojas de papel.

Al cabo de un tiempo, fiel a la inquietud irredenta del “nada de lo humano me es ajeno”, decidió asistir a las reuniones y asambleas –abiertas a cualquier persona- de un nuevo partido político español. En alguna oportunidad aceptó gustoso la invitación para dar ponencias sobre asuntos concretos y lo hizo en un par de ellas, una sobre la crisis financiera y otra sobre la educación.

Durante un período participó en las reuniones con regularidad. Nunca se postuló para ningún cargo, ni electo ni de otra especie. Nunca se afilió o inscribió a dicho partido. A partir de un momento, cuando entendió definitivamente la incompatibilidad entre lo que tal partido representaba y sus propias convicciones, decidió no regresar a las reuniones y asambleas.

Y hasta hoy, que continúa relacionándose con sus semejantes, sin excepción de ideas o credo, tratando de comprenderlos y, de paso, que lo comprendan a él.

Sin tapujos
Marcelino Lastra Muñiz
mlastramuniz@hotmail.com

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