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Manuel de Falla: La esencia popular andaluza elevada a la excelencia

- 14 abril, 2013 – 23:406 Comentarios
José Ignacio González Mozos.- La palabra que mejor podría definir la situación de la música española a lo largo  del siglo XIX es “desconexión”, por un lado con la sociedad de la época, al menos comparada con la gran actividad de la de otros países europeos, y por otra parte con los intelectuales, para quienes en el mejor de los casos el término cultura equivalía a literatura, filosofía, pensamiento o arte, entendido desde el punto de vista de las artes plásticas. joseignacio1.jpgAsí podemos entender que la actividad sinfónica en España fuera prácticamente inexistente, debido a la ausencia de orquestas estables, hasta la creación de la sociedad de conciertos de Madrid en el año 1866 por Francisco Asenjo Barbieri que contribuiría a dar a conocer el repertorio sinfónico europeo y el wagnerianismo reinante en Europa a finales del XIX, pudiendo hacernos una idea del desfase que existía en nuestro país cuando conocemos el hecho de que se dieron a  conocer  las sinfonías de Beethoven en una fecha tan tardía como fue 1884 y no siempre con éxito entre el público. La música de cámara tampoco era una excepción, fundando en 1863 la sociedad de cuartetos el gran violinista Jesús de Monesterio junto al pianista Juan María Guelbenzu, ya que hasta entonces se practicaba en casas particulares o en reducidos círculos de entusiastas no siempre bien informados. La única actividad musical que tuvo cierto éxito entre la sociedad española del XIX fue el teatro lírico ya que es la ópera italiana el género que dominó de forma aplastante el panorama musical, seguida de la Zarzuela, género menos ambicioso pero que contaba con un público fiel de mediana burguesía. Sin embargo a finales del siglo XIX incluso el género operístico comenzará a declinar hecho que puede intuirse con el progresivo deterioro del Teatro Real de Madrid, fundado hacia 1850 por la reina Isabel II y que en 1867 sufre un grave incendio que conlleva el paulatino abandono del edificio lo que motiva su cierre en 1925, hecho que deja al teatro del Liceo de Barcelona como único representante estable del teatro lírico en España. No es de extrañar, por tanto, la larga penitencia que tuvo que pasar Manuel de Falla a principios del siglo XX para estrenar su ópera “La vida breve”, cosa que finalmente tuvo que hacer en Francia, en la ciudad de Niza, debido a las dificultades que encontró en nuestro país y todo esto a pesar del Regeneracionismo musical de finales del siglo XIX y principios del XX y que señalamos anteriormente con la creación de la sociedad de conciertos y la de cuartetos, que hicieron posible por un lado conocer el repertorio europeo, dar a conocer autores españoles y fundar las primeras orquestas realmente estables en España como la orquesta sinfónica de Madrid en 1904 bajo la dirección de Enrique Fernández Arbós, la orquesta filarmónica de Madrid en 1915, la orquesta sinfónica de Barcelona en 1910 , agrupaciones corales como el Orfeó Catalá o cuartetos como el cuarteto español. También dentro de esta corriente Regeneracionista, de cierto paralelismo con las ideas políticas de Joaquin Costa, está la figura de Felipe Pedrell quien puso la primera piedra del nacionalismo musical, revalorizando el interés por la tradición de nuestra música hecho que puede observarse en el “alhambrismo” de Albeniz y Granados y en el interés por el Cante Jondo de Manuel de Falla que incluso llegó a convocar junto con su amigo García Lorca, el primer festival de Cante Jondo de Granada en 1922. Manuel de Falla y Mateu nace en Cádiz el 23 de Noviembre de 1876 demostrando desde niño gran inquietud por la música, talento que orienta hacia el piano realizando frecuentes viajes a Madrid a finales del siglo XIX para estudiar con José Tragó, obteniendo el primer premio de piano del conservatorio de Madrid en 1899. Por aquella época Cádiz era una ciudad con una actividad musical relativamente buena en la que se representaban habitualmente óperas y zarzuelas así como reuniones en las que se disfrutaba del repertorio de música de cámara de los principales autores europeos del romanticismo. Es en estas reuniones dónde conoce a la familia Viniegra que serán de alguna manera los descubridores del talento del joven Falla y sus primeros protectores por lo que no es de extrañar que una de las primeras obras de Manuel de Falla como compositor, fuera una melodía para violoncello y piano dedicada a Juan Viniegra que puede considerarse su opus 1. En el año 1900 Falla se traslada a Madrid para intentar desarrollar su carrera musical, no viendo otro camino que el de la zarzuela de las que compone cinco entre 1900 y 1903, colaborando con Amadeo Vives y entre las que cabe destacar “la casa de tócame Roque”. Compone por otra parte, en esta primera etapa, piezas pianísticas como Vals capricho, serenata nocturna o capricho, en la que se evidencian influencias de un andalucismo convencional. Sin embargo lo más importante de esta etapa madrileña es el encuentro con Felipe Pedrell que le descubre el nacionalismo popular e historicista de nuestro país. Es entonces cuando Falla compone su primera obra realmente importante, la ópera “La vida breve” sobre texto de Carlos Fernández Shaw, drama lírico verista en el que Falla eleva el andalucismo a categoría universal y  obra con la que gana el primer premio del concurso de óperas españolas convocado por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1905, aunque debido al desinterés reinante por la producción operística de autores españoles, Falla se ve obligado a estrenarla años después en Niza y posteriormente en París. Por tanto a partir de 1907 encontramos a Manuel de Falla en París dónde se gana la vida como pianista y director de una compañía de mimo, conociendo y entablando amistad con Debussy, Ravel, Dukas, Viñes o Albeniz a quien dedica sus “cuatro piezas españolas”. Es en esta etapa parisina cuando Falla comienza su tendencia a la economía de medios y austeridad a favor de una mayor expresión componiendo obras como “siete canciones populares españolas”, obra en la que toma material de cancioneros populares españoles, imprimiéndoles una variada y rica armonización, y “Noches en los jardines de España”, en la que intenta aproximarse al impresionismo de Debussy con una gran finura  de medios creando así estos tres nocturnos para piano y orquesta y que fueron dedicados a Ricardo Viñes. Falla regresa a Madrid con motivo del estallido de la primera guerra mundial, componiendo los ballets “el amor brujo” y “el sombrero de tres picos” en el que colaboró con Picasso en la realización de los decorados y el vestuario, acercándose al mundo de los gitanos y el cante jondo en el primero y más claramente a elementos populares en el segundo. Su última obra en compuesta en Madrid es la “Fantasía Baetica” encargo de Arthur Rubinstein y supone la obra cumbre para piano de Falla en la que intenta volver a la esencia de la Andalucía más ancestral. Debido a sus problemas de salud decide establecerse en Granada instalándose en la Antequeruela Alta, lo que es hoy su casa museo, de dónde no sale prácticamente hasta su marcha de España. El estilo de Falla se torna ahora hacia el Neoclasicismo de Stravinsky destacando obras como “El retablo de Maese Pedro” ópera de cámara encargada por la princesa de Polignac, sobre un episodio del Quijote y en la que utiliza gran economía de medios, como una orquesta reducida de la que extrae recursos impensables y abundante material popular de la música española de carácter histórico, y el “concierto para clavicémbalo y cinco instrumentos” por encargo de Wanda Landowska y que desconcertó a alguno de los que no olvidaban al Falla del sombrero de tres picos. Otras obras de sus últimos años en España fueron “Soneto a Cordoba”, “Balada de Mallorca”, “Fanfarria sobre el nombre de Arbós” y otros homenajes. Falla pasó la guerra civil en Granada, dónde morirá fusilado su amigo Federico García Lorca a pesar de las gestiones que, entre otros, hizo para evitar. Finalizada la guerra, aceptará la invitación de la Institución Cultural Española para trasladarse a Buenos Aires a dirigir unos conciertos, retirándose en 1941 a la localidad de Alta Gracia en el departamento de Córdoba, en Argentina, donde morirá el 14 de Noviembre de 1946, siendo su cadáver repatriado inmediatamente e inhumado en la catedral de Cádiz. La última obra a la que a pesar de dedicar bastantes años de su vida deja inacabada, es la cantata escénica Atlántida que fue finalizada por Ernesto Halffter quien pudo estrenar una primera versión en 1961. En definitiva podemos decir que Manuel de Falla ha sido el compositor español más importante del siglo XX quien supo tomar la esencia popular de la música andaluza y elevarla a los altares reservados hasta entonces a las élites musicales europeas. Fue un hombre que a pesar de participar de la generación del 98 y del 14,  encontró en la del 27 el reconocimiento que merecía, unido esto a la expansión internacional de su música, hace posible que sea el compositor español más conocido y aplaudido dentro y fuera de nuestras fronteras. Vamos a escuchar esta maravillosa Nana, perteneciente a las “Siete canciones populares españolas” en la que Falla utiliza material popular de la música andaluza, entre el que cabe destacar un recurso tan flamenco como es el uso del modo Frigio mayorizado (con un sol sostenido en el ascenso melódico) y  por el tetracordo frigio (con el sol natural en el descenso melódico) que imprimen a esta deliciosa obra, compuesta en su etapa parisina, ese inconfundible carácter español.
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