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Prótesis y ortopedia

- 22 mayo, 2020 – 13:066 Comentarios

La prótesis es una extensión artificial que reemplaza o provee alguna parte del cuerpo en el que falta, por diversas razones, un miembro o un órgano.

Una prótesis ortopédica es, por tanto, la que reemplaza a un miembro del cuerpo, perdido o defectuoso, y cumpliendo por ello casi la misma función que el miembro natural originario, ya sea una pierna, un brazo, un pie, una mano, o bien uno o varios dedos.

Hay hoy–con los progresos médicos– multitud de prótesis imaginables e inimaginables.

Piénsese en todos los suplementos que aparecen bajo la rúbrica de la cirugía estética: suplementos de senos, incrementos capilares, alargamientosviriles, encogimientos seniles, endurecimientos de todo lo reblandecido y ablandamiento de todo lo endurecido.

Mientras que la ortopedia es el tratamiento médico más severo, para prevenir o corregir de forma mecánica o quirúrgica las deformaciones o desviaciones de los huesos y de las articulaciones del cuerpo.

Aunque también haya un importante cupo de ortopedias, visibles en las antiguas tiendas así llamadas, que representan casi un bricolage o un bric-a-brac de los cuerpos alterados.

Hay autores que han establecido cierta idea evolutiva del hombre y de la técnica a su servicio, como prolongaciones de sus sentidos y de sus extremidades.

Las gafas, los prismáticos y los anteojos como prolongación y mejora del sentido de la vista y de los ojos mismos: Prótesis visuales.

Las armas blancas primero, y luego las de fuego, como prolongación de las manos y de las garras mortíferas:Prótesis de extremidades superiores.

De igual forma que ciertos medios de locomoción han sido desde su orígenes suplementos y mejoras de las extremidades inferiores y sus capacidades motrices:Prótesis de extremidades inferiores.

Y por ello, de todo se ha hablado como prótesis finales y finalistas, para la consecución de ciertos fines y actividades.

Haciendo buena la idea del ciborg, como androide o como humano mejorado por la técnica y sus implantes.

El refinamiento de la técnica y de sus diversos dispositivos, riza el rizo, con la prolongación y ampliación de los artefactos de memoria que comportan todos los dispositivos digitales, de imagen y de texto, con capacidades de albergar varias vidas en un minúsculo soporte.

Por lo que puede decirse que vivimos en un mundo cuasi protésico, cosa distinta de un mundo prometeico.

Aunque, para algunos, el Prometeo liberador del fuego y donante de éste a los humanos, no deje de comportar una suerte de redención del género humano.

Como la que verifican algunas prótesis técnicas al prolongar capacidades disminuidas o inexistentes antes.

Un mundo en el que, cada vez más, contamos con suplementos –no sólo vitamínicos, farmacológicos y nutritivos– que prolongan o lo pretenden, nuestras experiencias y nuestras presencias.

Y que por ello nos blindamos y mejoramos con prótesis a diario, como forma de mejora de la existencia cotidiana.

Frente a todo ello, en estos días de asunción penalizada de la distancia social, han aparecido–aunque ya existieran los artilugios sabidos, aunque usados con otros fines no idénticos– los actuales usos anti protésicos.

Usos anti protésicos, que como los condones son al uso anticonceptivo: una funda que limita la función e impide la fecundación.

Usos anti protésicos que, en lugar de prolongar, recortan las movilidades y restringen las capacidades.

Y nos recluyen dentro del cuerpo.

Y puede, que las realidades y los usosanti protésicos actuales, se inscriban en esa realidad deslizante y menguante del cuerpo interior.

Cuerpo interior como el exilio interior, que se contrapone a otros exilios.

Los guantes que nos recortan de hecho la sensibilidad y el contacto, y camuflan las manos al perder la digitalidad de huellas y registros dactilares, nos hacen más universales –no hay huellas dactilares– al tiempo que nos limitan.

Las mascarillas, tapaboca o barbijos, que nos recortan no sólo la identidad facial –el visage mismo, sino la identidad misma al ir embozados y camuflados como los antiguos bandidos y camuflados–, también nos recortan los usos respiratorios y la locución.

En el límite, “la mascarilla choca con la cultura occidental” cuenta Berna González Harbour en El País del 21 de mayo.

En la medida, advierte, que en “La cultura occidental se ha focalizado en el individuo, y el rostro es la base ideológica de la identidad individual”.

Lo contrario es el principio de la ocultación: ya flagelantes penitenciales, ya burkas musulmanes o ya KuKluxKlan esclavista.

También en el plano personal anti protésico, el personal expuesto al contagio y blindado con la apariencia de hermeticidad en el vestuario sanitario.

Vestuario sanitario anti-contagio que prolonga la indumentaria de los soldados de las guerras biológicas y bacterianas, como modalidad del últimoy perfeccionado escalón bélico.

Así, los diferentes dispositivos de los equipos de protección individual (EPI) que no dejan de ser trajes raros de camuflaje sanitario, proponen otra inversión del cuerpo y de lo corporal.

En la medida en que los cuerpos en las guerras –que de hecho son pura protésis mejorada– ya sólo expresan una contabilidad y nunca una prolongación protésica.

José Rivero
Divagario

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