Derechos humanos y educación

Federico Mayor Zaragoza.- La educación es un proceso que permite a cada persona dirigir  con sentido su propia vida.   De ahí que educar sea siempre más que instruir, más que informar, más que la simple transmisión de técnicas y saberes.

Educar es cultivar la imaginación y la sensibilidad, despertar el fantástico potencial creador distintivo de la condición humana. Facilitar el desarrollo de lo que Goethe llamaba “la facultad primordial del hombre: la fantasía”. Y no sólo de los jóvenes y de los niños, sino que es un proceso que ha de estar permanentemente abierto a todos, a lo largo de toda la vida.

La educación plena y verdadera sólo será posible en un clima de libertad, de respeto de los derechos humanos, de participación cívica.

“Conócete a ti mismo”, era el precepto que Sócrates repetía a sus discípulos. En la medida en que cada ser humano tenga un “sí mismo”, una vida espiritual propia y diferenciada, podrá desarrollar gustos y criterios auténticos, será libre. Por eso la educación es la herramienta más poderosa de la democracia. La(s) sociedad(es) del siglo XXI no son estructuras locales, cerradas y estáticas, sino que configuran un sistema global, abierto y en continua evolución, movido por el ritmo trepidante que le impone el progreso de las comunicaciones y la aceleración de los intercambios de todo tipo y de las tendencias culturales y sociales. Estos cambios que han alterado los tejidos familiares, sociales y políticos de tal modo que el ciudadano del siglo XXI no tiene ya los mismos marcos de pertenencia: país, raza, religión, género… que conocieron las generaciones anteriores.

Educar es forjar el carácter y la mente de un ser humano y dotarlo de autonomía suficiente para que alcance a razonar y decidir con la mayor libertad. Es lo que a mí me gusta referir como “soberanía personal”.  Ni la libertad ni el desarrollo son posibles sin recursos humanos; no hay progreso, equidad o estabilidad institucional sin ciudadanos cualificados y responsables, sin hombres y mujeres dotados de esa “soberanía personal” que constituye la base de la libertad de los pueblos. Para la adquisición de la “soberanía personal”, de la independencia y libertad – que en esto consiste la educación – es indispensable despertar y desarrollar desde la infancia este inmenso potencial propio, en exclusividad, de los seres humanos.

La condición sine qua non para que el futuro llegue a ser luminosa realidad, es la educación permanente para todos. Porque la educación contribuye decisivamente a mejorar las condiciones de vida y a frenar el radicalismo y la violencia, que tienen en la miseria y la exclusión su mejor caldo de cultivo.

Al abordar cualquier reflexión sobre la educación, es necesario hacer un replanteamiento completo del concepto de cultura, íntimamente ligado al de educación. La mejor manera de defender la identidad cultural es la interacción con otras culturas. Hoy ya no es posible vivir aislados. Estamos expuestos a múltiples influencias de todo tipo. La intemperie es buena. Las ventanas y la mente abiertas, sabiendo que nadie tiene mérito por haber nacido en un lugar determinado, hombre o mujer, blanco o negro. Y, por tanto, no podemos vanagloriarnos de lo que no elegimos. El mérito estriba en lo que se hace, no en quien o cómo se nace.

El futuro de la especie humana depende en gran medida del éxito de la tarea de poner la educación al alcance de la gran mayoría. Decía Víctor Hugo que “el porvenir está en las manos del maestro de escuela”. Sólo dando a la educación la prioridad absoluta que merece, lograremos transmitir los valores universales que son el sustrato y el vínculo de la infinita diversidad cultural de la especie humana. La educación permanente para todos es, pues, el instrumento idóneo para reducir las asimetrías y las injusticias que, tanto en el ámbito internacional como en el intranacional, constituyen la raíz misma de los conflictos y la violencia.

El empeño de forjar una cultura de paz, en la cual el comportamiento cotidiano refleje los valores cívicos de tolerancia y amor al prójimo, pasa  por un incremento sustancial de los recursos destinados a la educación. Sólo así podremos transmitir los valores, orientar las actitudes y elaborar los dispositivos jurídicos capaces de sustituir con ventaja a los obsoletos andamiajes de la cultura bélica, que todavía se mantienen en pie, a veces por rutina, a veces por cobardía. El tránsito de una cultura de guerra a una cultura de paz implica un cambio radical de comportamientos y hábitos.

Que nadie espere la paz si no ayuda a corregir las causas de la guerra, si no contribuye, las manos y las voces unidas, a proclamar la radical igualdad y dignidad de todos los seres humanos, según establece el artículo 1º de la Declaración de Derechos Humanos. El mejor antídoto contra la guerra y la violencia, la educación.  Educación para no guardar silencio, para exigir una gobernanza  guiada por valores universales y no por las veleidades del mercado.  Por eso es esencial la educación para una ciudadanía “libre y responsable” que, como se establece en el primer párrafo del preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, “se libere del miedo”. La educación que libera, que confiere esta  “soberanía personal” que permite a cada persona dirigir con sentido su propia vida, que elabora sus propias respuestas y no actúa al dictado del inmenso poder mediático que hoy uniformiza y gregariza tantas conductas. 

De súbditos a ciudadanos plenos. Ciudadanos “educados”, es decir que actúan en virtud de sus propias reflexiones. “Libres y responsables”: así los define el artículo 1º de la Constitución de la UNESCO. Personas capaces de hacer pleno uso de las facultades creadoras distintivas de la especie humana, capaces de inventar su futuro, que nunca debe ser aceptado como irreversible. El fatalismo y el dogmatismo deben erradicarse para volar alto, sin adherencias ni lastres en las alas, en el espacio infinito del espíritu.

Ciudadanos implicados, comprometidos, que no se dejan amilanar, que saben superar el miedo que tantas voluntades atenaza.

Convencido de la importancia esencial de la educación en Derechos Humanos y Democracia, organicé, como Director General de la UNESCO, un Congreso mundial para abordar, con miles de docentes de todo el mundo, la mejor manera de llevarla a la práctica, beneficiándonos mutuamente de la experiencia adquirida por todos ellos. Se celebró en Montreal, Canadá, en marzo de 1993. El resultado fue un “Plan de Acción sobre educación en Derechos Humanos y democracia”, cuya lectura aconsejo a quienes siguen, por motivos partidistas o religiosos, preconizando otro tipo de educación cívica que carece, lógicamente, del rigor conceptual y práctico que caracteriza a este documento elaborado teniendo en cuenta las múltiples facetas que debe incluir. Tan bien le pareció a la Conferencia Universal de Derechos Humanos, que tuvo lugar en Viena en el curso del año de 1993, que la incorporó al texto final.

A veces, ante la magnitud de las necesidades y la precariedad de los medios, nos sentimos abrumados y nos invade la tentación de desistir. Tenemos entonces que recordar la voz serena de la Madre Teresa de Calcuta, que posee toda la fuerza de su portentoso ejemplo: “Sí: sois como una gota en el océano. Pero si esta gota no existiera, si esta gota se retirara, el océano la echaría de menos”.

Buena parte de los problemas y desafíos presentes proceden de carencias en la comunicación e interacción, fundamentos del proceso educativo, y hubieran podido evitarse o mitigarse si los ciudadanos tuvieran una visión global –  ciudadanos del mundo – y supieran argüir en favor de sus propias posiciones y puntos de vista. La facultad distintiva de la especie humana es la creatividad, es la desmesura biológica que representa reflexionar, inventar, imaginar, anticiparse, innovar.

La educación es un medio poderosísimo para el descubrimiento y consolidación de nuestra identidad, de nuestra diversidad infinita pero también de nuestro destino común, para afianzar los fundamentos del espíritu, en momentos en que las brújulas intelectuales y morales son más apremiantes que nunca.

Lo que hoy vivimos –y viviremos sin duda en mayor grado en el futuro- es la búsqueda angustiada de razones para vivir y no sólo de medios para vivir. Y esta búsqueda necesita la sinergia de la emergencia de una nueva cultura “que vaya más allá de reformas institucionales de la democracia para llegar a encontrar, en el corazón de los ciudadanos, los valores susceptibles de enraizarla definitivamente”.

Durante siglos, hemos estado sometidos a un poder absoluto masculino. Hemos sido espectadores impasibles, no actores; receptores de información con frecuencia sesgada, y no emisores; testigos temerosos de intervenir. Silenciados, silenciosos.

Llenemos de educación en valores tantos espacios ocupados hoy por los indeseables huéspedes de la confusión, la violencia, el sometimiento, la indiferencia; la educación como luminoso e iluminado camino hacia la paz, la emancipación de los seres humanos, el desprendimiento y la solidaridad.

Sólo a través  de la educación, la ciencia y la cultura, se pueden  originar conductas, actitudes y hábitos de conciliación, diálogo y tolerancia. Para construir cada día, ladrillo a ladrillo, la paz.

Si quieres la paz, ayuda a construirla cada día.  La paz como comportamiento cotidiano. 

Don Federico Muñoz Zaragoza, Presidente de la Fundación Cultura de Paz, y reconocido por su trayectoria de dedicación a la Educación para la Paz, en diversos ámbitos de proyección nacional e internacional, ha escrito para ADIDE CLM este artículo que compartimos con motivo de la celebración del Día Internacional de los Derechos Humanos

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