Cortarse la coleta

El lenguaje taurino está presente en muchas de las expresiones coloquiales que utilizamos habitualmente. Lo curioso es que se desconoce que, muchas de estas palabras, tienen su origen en nuestra fiesta nacional. Son palabras o frases hechas empleadas de forma metafórica, que nos permiten transmitir con naturalidad un mensaje entendible por casi todo el mundo.

Además, lo taurino siempre ha inspirado a artistas como al pintor Picasso y a numerosos escritores. Así, la protagonista de La tesis de Nancy, —novela de Ramón J. Sender— resultaba simpática cuando contaba que un hombre dijo no torear si no le ponían diez mil beatas (pesetas) delante, y ella pensó que el torero quería atraer a mujeres piadosas a sus corridas porque debían darle reputación. O la emotiva elegía de Federico García Lorca a su amigo Ignacio Sánchez Mejía, que falleció tras la cogida de un toro en el coso de Manzanares.

La terminología taurina se utiliza en muchos ámbitos de la vida. En el mundo del amor, en las relaciones personales, en cómo afrontar los problemas de la vida cotidiana y, entre otros campos, en el de la política.

En los lances amorosos, los hombres ligan a volapié —acercándose a la mujer— o recibiendo —esperando que la mujer se acerque—. Y se utiliza un refrán muy taurino, aunque anacrónico para los tiempos que corren. Aquel que dice que para torear y casarse, hay que arrimarse

En las relaciones personales, si alguien nos da la vara, —la paliza en una conversación— hay que cambiar de tercio o dar una larga cambiada, —cambiando el tema del que se está tratando—; le echamos un capote o estamos al quite cuando queremos ayudar a alguien; hay quienes han toreado en muchas plazas, quienes son nuevos en esta plaza, o solamente maletillas, para indicar que se tiene experiencia, se es principiante o simplemente aprendiz de un oficio.

Cuando nos enfrentamos a los problemas de la vida, se dice coger el toro por los cuernos o lanzarse al ruedo, si se abordan los temas con ímpetu y decisión para resolverlos; si se hace con especial valentía decimos recibir a puerta gayola; y, si anunciamos la solución a un problema cuando este ya se ha resuelto lo hacemos a toro pasado.

Pero es en el mundo de la política, donde más juego ha dado el argot taurino, a juzgar por las crónicas parlamentarias que nos llegan de los políticos cuando hacen sus exposiciones públicas o en los debates que mantienen con sus oponentes. Los recursos expositivos son, en muchas ocasiones, florituras y, en otras, más sobrias, como lo son las faenas taurinas.

Nuestros políticos utilizan muchas muletillas, por las que luego son conocidos y, sobre todo, parodiados. Alguno entra al trapo, con cualquier señuelo que le pongan. Otros tienen mano izquierda, —que es la que se utiliza con la muleta—, a la hora de tratar asuntos delicados. Se reprocha la falta de vergüenza torera, para criticar a quien no asume sus responsabilidades. Y en general —como en el tendido de las plazas de toros—, hay división de opiniones sobre los temas tratados.

Hace años escuché por primera vez a un gran aficionado a la fiesta de los toros —el político valenciano Antoni Asunción— la expresión taurina, faena de aliño, cuando exigía a sus colaboradores una acción rápida, casi quirúrgica, para resolver una situación complicada. Esta expresión se refiere a una acción del espada, en la que no hay adorno ni interés artístico, con la que prepara al toro para la suerte suprema.

Pero hay una escenografía genuina de la fiesta cuando un maestro del toreo se retira. Tras su última faena se corta la coleta. Eso mismo ocurre también en la política. Y uno de los casos más llamativos es el final reciente del que fuera líder de Podemos, Pablo Iglesias. Él, no solo se cortó la coleta simbólicamente —cuando dejó la política activa—, sino que cercenó su voluminoso apéndice capilar poco después de retirarse.

Hoy, el exlíder del partido morado, da homilías a sus aficionados —además de en su canal de internet—, desde el púlpito universitario que le ha proporcionado su amigo, correligionario y emérito podemita como él, Juan Carlos Monedero. Ninguno interviene en la acción directa del partido —pero condicionan a quienes la dirigen—, pontificando sobre lo divino y lo humano, sobre lo bueno y lo malo, como guías espirituales de la formación que ellos fundaron.

Los toreros —después de retirarse—, a veces vuelven al toreo. Lo hacen por el gusanillo que llevan dentro o por una apremiante necesidad, que de todo hay. Así lo hicieron, El Cordobés, Curro Romero o Antoñete. En todos los casos se vuelven a enfrentar con los morlacos que les toca en suerte y se someten al escrutinio del exigente público aficionado a los toros. Pero estos políticos son distintos. Ni se implican en la gestión de partido ni se presentan a las elecciones. Se sienten cómodos viendo los toros desde la barrera, sin bajar al ruedo. 

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4 COMENTARIOS

  1. Pues mire Ud. A los que había que cortarle la coleta, es a Ud. mismo, y todos esos desalmados y sin conciencia que asisten en el siglo XXI, a disfrutar viendo como TORTURAN HASTA LA MUERTE, a los animales.
    Menos mal, que aunque despacio, ESPAÑA sigue avanzando y evolucionando, y somos cada vez más, los españoles, que luchamos por erradicar esa SALVAJADA ANCESTRAL.
    Y no soy «Podemita», como Ud, dice en sentido insultante, pero le doy las gracias a Dios, por los cambios que ha hecho en mi persona, y abrir los ojos a lo que Uds. tanto admiran, y muchos españoles DESPRECIAMOS POR SU CRUELDAD.

  2. Un mundillo de toreros, muertos de hambre sin estudios, que hacen gracias para la vista de unos pocos con una tela, utilizando para ello a un animal al que terminan torturandolo hasta la muerte con diversidad de utensilios punzantes y cortantes, no contento con ello una vez muerto el animal desangrándose en el albero se le amputa orejas y en ocasiones el rabo para mayor regocijo de los que pagan por ver semejante show sangriento. Cabe mayor crueldad e ignorancia en pleno siglo XXI?.
    Menos mal que la educación a nuestros hijos es la correcta y éstos shows acabarán como los cuadros de Picasso, solo en pintura colgados de una pared, y como las letras de García Lorca, solo en textos encuadernados. Ahora, el que quiera me puede «entrar al trapo».

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