Postal de Navidad

Como cada año por estas fechas, se vuelven a celebrar las comidas o cenas de Navidad con compañeros, amigos y parientes. Estas fiestas son de devoción religiosa para algunos. Muchos, simplemente, las consideran como una escusa para juntarse con quienes se tiene afinidad o lazos familiares. Pero hay a quienes estos actos —por diversos y muy respetables motivos—, no les gusta y se sienten incómodos en estos días.

Se dice que en su origen esta era una fiesta pagana que celebraban las civilizaciones antiguas. Que después se hizo en honor del dios romano Saturno, coincidiendo con el solsticio de invierno. Pero luego se impuso como fecha de nacimiento del Dios cristiano, por lo que acabó transformándose en una festividad eminentemente religiosa en toda la Cristiandad.

En 1843, Charles Dickens publica la conocida novela, Canción de Navidad, en la que su protagonista es un hombre duro al que no le gustan estas fiestas, debido a las desgracias personales y al abandono que había sufrido en su infancia. Este personaje se dedica a conceder préstamos usurarios a gente humilde que a duras penas pueden devolverle el dinero que le deben. La bondad de Dickens lo redime y hace que, tras un sueño premonitorio, se convierta en una persona amable y generosa.

Otro escritor inglés, Ted Geisel —más conocido como Dr. Seuss—, publica en 1957 el libro infantil, ¡Cómo El Grinch robó la Navidad!, en el que se parodia la mercantilización de estas fiestas. El Grinch —el gruñón, en español—, es un consumista feroz y de un egoísmo desmedido que le hace alejarse del mundo y de los demás. Pasados los años este personaje se ha convertido en uno de los iconos de la Navidad.

Entre las estampas típicas de estas fechas, estaban las grandes nevadas y el intenso frío de otros tiempos, que soportaban con limitados recursos las gentes de nuestros pueblos. Los chiquillos de entonces, practicábamos todo tipo de juegos en la calle con los que, además de divertirnos, entrábamos en calor. Pero ese frío riguroso se combatía, sobre todo, con ropas de más abrigo, con unas gachas o con una contundente comida de puchero y alrededor de la lumbre. Allí, sentados en corro, en sillas de anea o en serijos, nos calentábamos con el calor del fuego que proporcionaban los ceporros y los sarmientos, mientras seguíamos jugando.

Las tarjetas de navidad fueron, durante muchos años, la forma más afectuosa de felicitar estas fiestas a amigos y familiares. Esas misivas ilustradas solían incluir una dedicatoria. Y cuando las firmaban los más pequeños, ellos se convertían en los protagonistas de la fiesta. Se elegían los grabados o los motivos pictóricos utilizados, incluso las fotos familiares que en los últimos años estuvieron de moda. Pero las nuevas formas de comunicación y las nuevas tecnologías, hicieron que se extinguiera su uso hace algún tiempo.   

Además de los recuerdos de las reuniones familiares a lo largo de los años —que no siempre acabaron como se esperaba—, hay anécdotas que se produjeron en estas fechas que las hicieron inolvidables.  

Siendo niño hice mi primer viaje a Madrid para pasar varios días en casa de unos familiares durante la Navidad. Fue inolvidable. Recuerdo haber visto el mercado de belenes en la Plaza Mayor, tomar el último tranvía que circuló en la capital y, sobre todo, la visita al popular Rastro madrileño. Estando allí —muy cerca de la Plaza de Cascorro—, me despisté y me quedé solo entre la muchedumbre que se aglomeraba en este populoso mercado de oportunidades. En ese momento me sentí angustiado como nunca y sin saber qué hacer. Pero poco tiempo después —aunque a mí se me hizo una eternidad—, me encontró la persona que me acompañaba. Él me había dejado solo —aunque me vigilaba de cerca—, porque vio a un carterista profesional que conocía y al que no quería saludar.

Pero la imagen más impactante que guardo de estas fiestas, es de hace poco tiempo. Uno de estos últimos años —antes de la devastadora pandemia—, estuve hasta última hora del día de Nochebuena en la residencia de mayores en la que estaba mi madre. La mayoría estaban acompañados por sus seres queridos o se iban con ellos para pasar en casa esa entrañable noche. Algunos tenían familia, pero no habían podido ir a verlos, por lo que se comunicaron con ellos por teléfono. Otros estaban solos, aunque se incorporaron a grupos de familias que acompañaban a otros residentes.

Pero uno de aquellos ancianos —que llevaba poco tiempo y no era muy mayor—, permanecía solo en un rincón. Su tristeza parecía infinita y en su mirada perdida se adivinaba la soledad y la sensación de abandono que sentía en ese día tan señalado. Me acerqué para acompañarlo. Y al verme, no pudo evitar emocionarse. Traté de animarlo y, poco a poco, se recompuso como pudo. A la salida de aquel centro, noté que me había contagiado su emoción.

Esta postal de Navidad la dedico a todos los que nos dejaron precipitadamente, en silencio y en soledad, sin ni siquiera poder despedirse de sus seres queridos.

¡Feliz Navidad!

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