Larga espera

“Todo lo puede esperar el hombre mientras vive”

SÉNECA

A veces no tenemos más remedio que depositar en personas ajenas y muchas veces, absolutamente desconocidas, el más preciado bien que poseemos los seres humanos. Nuestra vida. Aunque esa puesta a disposición, solo busque el tratamiento que requiere nuestra salud, tanto física como mental.

Estos días, debido a la intervención quirúrgica de un ser querido, he tenido que acudir al centro hospitalario en el que ha sido intervenido. Pero desde la pandemia, no había vuelto a un hospital. Lo importante para los pacientes y sus familias, siguen siendo las pacientes esperas que se producen antes, durante y después de estas intervenciones.

Espera por conocer la patología que nos afecta cuando tenemos deteriorada nuestra salud, la de algún familiar o la de personas allegadas a nosotros. Ese diagnóstico a veces se prolonga en el tiempo debido a las listas de espera que hace que se retrase la valoración completa del paciente. Y cuando son varias las pruebas y estas se realizan en diferentes centros, se suelen retrasar aún más.

Espera por tener una cita quirúrgica cuando esta es la única solución para abordar el problema de salud que se padece. En ocasiones, desde que se determina la intervención que se ha de realizar para tratar este problema, hasta que se convoca para la intervención, transcurre un tiempo que a los afectados se les hace eterno. Los cambios suelen ser frecuentes, a veces del día de la operación, otras del cirujano que interviene y hasta del hospital en el que se va a realizar.

Espera el día de la intervención porque la cita suele ser una referencia que pocas veces se cumple debido a las múltiples incidencias que se producen en los quirófanos. O porque el preoperatorio no se ha completado o las condiciones en las que se ha de practicar la cirugía, tampoco se han cumplido. La intervención, que se tenía programada para treinta minutos, se prolonga más de una hora o más, en algún caso.

Espera, porque después de la operación, el cirujano informa a los allegados, mientras la persona intervenida se encuentra en reanimación. Y, muchas veces, el tiempo de esa recuperación se extiende más allá de todo lo razonable, alimentando la sospecha de que se haya producido algún efecto no deseado en la intervención.

Espera, cuando el paciente debe permanecer ingresado en el hospital durante varios días, semanas o incluso meses. Y esa estancia se prologa mucho más de lo esperado por las necesidades de rehabilitación que requiere su intervención para poder salir de aquel centro, en las mejores condiciones posibles, aunque con las inevitables secuelas que haya ocasionado la operación.

En el Hospital de Santa Cristina, en Madrid, se produjo la intervención quirúrgica que esperábamos. Aunque estaba programada una duración de apenas media hora, el tiempo que permaneció allí —desde que la subieron al quirófano hasta que la bajaron a la zona de ingresos—, fue de casi ocho horas. Tiempo que permanecimos en una sala de espera.

Aquel hospital estuvo en el foco mediático por la sospecha de robo de niños, desde los primeros años setenta hasta mediados de los ochenta. La principal imputada era la hermana de la Caridad, Sor María Gómez Valbuena, que se negó a declarar cuando era investigada. Y aquellos hechos quedaron sin esclarecer cuando, en 2013, falleció y con ella desaparecieron las posibles pruebas y los secretos, que la monja fallecida, se llevó a la tumba.

Este hospital fue Escuela de Matronas y, en otros tiempos, gozó del prestigio de toda la profesión. Como recuerdos de aquella época, el centro mantiene en esa sala de espera, una especie de museo en el que, protegidos con vitrinas, se muestran todo tipo de equipos y utensilios utilizados en los partos de los años sesenta. Destacan los famosos y no menos peligrosos, fórceps, que tan malos recuerdos traen a muchas madres.

Esta exposición incluye fotografías de las autoridades de la época en actos públicos, paneles de anatomía de los embarazos y libros de registro de las matronas que allí obtuvieron su acreditación profesional. Algunos de estos libros permanecen abiertos mostrando las referencias personales y fotos de matronas, pero alguna de ellas tiene el nombre borrado, seguramente para proteger su identidad dado el estigma que tuvo este hospital. 

Pero lo que me llamó la atención fue un mural, ubicado en aquella sala, en el que se recogía una selección de microrrelatos de un certamen que había organizado el centro. Sus autores eran personal del centro, pacientes que estuvieron allí ingresados y familiares que perdieron a sus seres queridos.  

La emoción convertida en estos breves, pero vibrantes relatos, me hizo recordar aquel hospital en el que, no hace tanto tiempo, acompañé a otros enfermos, a sus familiares y al personal que nos atendía.

Recordé la larga espera, la que da paso al último viaje de un ser querido. Pese al tiempo transcurrido, sigue doliendo cada día, aunque parezca que lo sentimos menos al haberse cronificado.

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