Tras las vacaciones

Tan útiles como saludables, las vacaciones son necesarias para desconectar —aunque sea parcialmente—, de la rutina cotidiana. Pero cada uno lo ha hecho a su manera. Unos, yéndose a la playa; otros, quedándose en las ciudades, diversificando sus actividades culturales o de entretenimiento; algunos se han trasladado a los pueblos con los que tienen algún tipo de vinculación; muchos se han tomado unos días para hacer turismo en nuestras ciudades o en el extranjero; y en general, se han decidido entre el turismo de naturaleza y el cultural o el de mero descanso.

Pero las vacaciones de este año han tenido dos ingredientes añadidos. Por una parte, la dificultad para formar gobierno que nos dejó el resultado electoral del 23 de julio. Y, por otra, los acontecimientos imprevisibles, protagonizados por quienes forman parte del famoseo, con sus incalificables actos. Como Daniel Sancho, presunto asesino de su pareja en Tailandia, o el acoso de Luis Rubiales a una jugadora de la selección española de futbol, con beso furtivo incluido, en Australia.

En cuanto a la gobernabilidad, las cartas están echadas. El señor Feijó, trata de utilizar su insuficiente victoria electoral para ser proclamado presidente del gobierno, con muy pocas, cuando no nulas, posibilidades de éxito. Mientras tanto, el señor Sánchez, trata de pactar con todos los partidos políticos, nacionalistas o separatistas, cediendo, hasta donde haga falta, con tal de seguir gobernando. Y lo hace con una falsa bandera de fuerzas progresistas, porque está negociando, entre otros, con partidos radicalmente conservadores, como lo son el PNV o Junts per Catalunya.

Pero independientemente del resultado final que nos depare esta endemoniada situación política actual, debemos reconocer que nuestro vigente sistema político tiene carencias importantes. Ya que concede un poder desproporcionado al 7% de los diputados pertenecientes a estas formaciones políticas, separatistas y nacionalistas, frente al 93% de los partidos de ámbito estatal. Por ello, es necesario corregir, cuanto antes, esta situación para evitar que las desigualdades entre territorios, no se vean agravadas todavía más, perjudicando a las comunidades autónomas menos favorecidas, como ha ocurrido en los últimos años.

En cuanto al presunto asesinato de Daniel Sancho a su pareja, el cirujano plástico colombiano, Edwin Arrieta, en Tailandia, ha sido utilizado para rellenar espacio informativo en estos días en los que no ha habido noticias más importantes que reseñar. No se trata de frivolizar con un hecho tan grave como este, no; se trata de dejar constancia de un presunto crimen cometido por un famoso de tercera generación, que se ha inflado, artificiosamente, en algunos medios de comunicación.

Lo de Luis Rubiales, es otra cosa. Se trata de un personaje más que conocido por sus presuntas irregularidades en la gestión de la Real Federación Española de Futbol, desde que asumió su presidencia en 2018. Pero por estas acusaciones no ha habido el suficiente interés para que sus actos se hayan investigado administrativamente o se haya iniciado algún procedimiento judicial para depurar sus posibles responsabilidades. Sin embargo, un hecho condenable, pero extraño, —el del famoso beso no consentido a Jenni Hermoso—, ha provocado un aluvión de informaciones desacreditando a un personaje al que se le tenían ganas, lo que le ha llevado a ser suspendido en sus funciones, provisionalmente, por la FIFA.  

Pero, en modo alguno, son justificables ni los actos del hijo y nieto de actores famosos, ni la del presidente de la RFEF, hijo de un cargo socialista imputado por el caso de los ERE en Andalucía. Simplemente, se han magnificado los hechos de uno y otro de forma interesada por parte de determinados medios de comunicación y de alguna política que parece querer ejercer una cruzada moralista, convirtiéndose en una especie de Torquemada del siglo XXI.

Tras las vacaciones solemos hacer planes y propósitos de enmienda. Decidimos iniciar el curso de inglés, que nunca concluiremos; la asistencia al gimnasio, que solemos abandonar a las pocas semanas; un plan para adelgazar, que para navidades habremos olvidado; o para dejar de fumar o de beber alcohol; entre otros muchos objetivos, tan bienintencionados como, en la práctica, poco alcanzables.

Sin embargo, me atrevería a sugerir algo que nos vendría bien a todos los españoles en esta nueva etapa o periodo posvacacional. Me estoy refiriendo a que los ciudadanos, de a pie, —ante la imposibilidad de que lo hagan nuestros políticos—, seamos capaces de desideologizar la sociedad actual con actitudes más prácticas en nuestras relaciones personales. No tratar de imponer o confrontar con amigos, familiares o conocidos con aquello que nos separa por las ideas que cada uno tenga porque, entre otras cosas, suelen ser más importantes los sentimientos que nos unen.

Se atribuye a Otto von Bismarck —primer ministro prusiano del siglo XIX—, la frase, “estoy firmemente convencido de que España es el país más fuerte del mundo. Lleva siglos queriendo destruirse a sí mismo y todavía no lo ha conseguido”. Si entendemos que hemos fracasado tantas veces en este empeño, a lo mejor dejamos de intentarlo. ¡Ojalá!.

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