Ramón Castro Pérez.- El poder es, originariamente, consecuencia. Más tarde, causa de sí mismo («el objeto del poder es el poder». 1984. Orwell). Las democracias han articulado mecanismos para supervisarlo, si bien esto no es más que un eufemismo, pues el poder, como el agua, siempre encuentra una vía por la que escapar de aquello que pretende coartarlo. Porque el poder es, en todo momento, político y no económico, aunque quienes lo ejercen o aspiran a hacerse con él requieran de sustento financiero (e intenten ocultarlo desviando la atención hacia los intereses empresariales). La Economía, como ciencia, está al servicio del bien común (Tirole), si bien es el medio, no exclusivo, que emplea la política, condenada, de facto, a servirse a sí misma, imponiendo a la colectividad una única idea: la pluralidad es aquello que nos permite seguir siendo la única opción, frente a las restantes que sólo ansían arrebatarnos el poder para imponer su oscura agenda. En este sentido, el término «pluralidad» ha ocupado el lugar de la acepción «democracia». Se ha conseguido que comulguemos con una simpleza, que imponer la primera es garantizar la segunda. Basta el paso siguiente, demonizar al resto de opciones, para describir una democracia moderna, atravesada por pasadizos a través de los cuales aparecer y desaparecer en lo que se lleva una palmada al aire. Catacumbas secretas por las que continuar manteniendo el poder sin que el ciudadano acierte a saber en qué ha mejorado realmente su vida, si no es porque los otros no están.










