José Agustín Blanco Redondo.- Alfredo Sánchez Rodríguez, escritor natural de Castellar de Santiago (Ciudad Real), es el autor del poemario “Tan Temprano” publicado por la editorial Mahalta en 2026 y prologado por el profesor de Literatura y también escritor Rafael Escobar Sánchez.
La obra comienza con unos versos que son una declaración y un compromiso amoroso titulado “Si lo desnudas”, versos que hacen de cancela diáfana, inaugural para la memoria.
La primera de las cuatro partes en que se estructura el poemario lleva como título “Andrés”. Encontramos, disueltos en imágenes de primavera y quizá de infancia, un umbral para el retorno, siempre transparente, siempre cálido, siempre dispuesto a recibir al hermano que se marchó: “…por si quieres venirte de regreso, / para guardarte un sitio entre nosotros”. Es la presencia de la ausencia. Es esa incertidumbre que el lirismo de Alfredo hace, tal vez, algo más soportable y que augura la necesaria eternidad de su recuerdo: “Qué memoria tendrá de ti / la luz que un día / ganaba tus pupilas y tus dones…”, “Y dónde irá tu corazón / empeñado en hacerse luna / y vigía de estrellas”. En consonancia con Alfredo Sánchez, Luis Cernuda escribió durante su exilio —la herida de la nostalgia— el poema “Tierra nativa” del que forman parte estos versos: “Tu sueño y tu recuerdo / ¿Quién lo olvida?”.
El destino es solo azar. Existencialismo. La certeza de que el nacimiento es ya muerte en camino —“Ni siquiera es la vida una trinchera / contra la muerte, / ocaso y certidumbre insoslayable”—, como ya lo auguraron aquellos versos deFrancisco de Quevedo: “Amo la vida, con saber es muerte”. La entereza de Alfredo se precipita en un derrubio de angustia, sin esperanza, sin consuelo, es solo un hombre el que escribe: “…somos tregua fugaz en el tiempo, / briznas que el viento zarandea”.
El poema “Aquel botón azul” expresa la ausencia sin olvido, los versos de una infancia —inocencia, curiosidad, inseguridad sanadora— que se mantiene estática en la memoria, como las alas del cernícalo sobre la langosta y el alacrán, allí, en los ejidos, los yermos y la tierra calma: “…con el tiempo / puedes acostumbrarte a la partida, / pero nunca a la ausencia…”. Esa infancia que es el solar de los sueños, del candor, de la limpia prosperidad del sentimiento: “Y yo, niño de cal, llanura y rastrojo, tan lejano del mar…”
Porque el autor, ahora, es como un árbol solitario frente a la pedriza, los barbechos y la tierra de sembradura. “Un hombre solo tras la vida / un hombre solo ante la muerte”. Y es la añoranza la que esquilma sus entrañas. Oscuridad. Agonía. Derrota, quizá, porque “Ya no queda nada, / solo la tierra esperándonos / y el tacto duro y frío de la piedra / protegiendo el ocaso”. La intimidad de un recuerdo inmarcesible: “…a la mesa sentado te tenemos / como siempre quisimos que así fuera, / completos en las risas y en los besos”.
La segunda parte de la obra se titula “Isabel”. Algunos poemas en segunda persona, versos enviados desde el cariño, desde ese temblor en la voz, desde la impotencia: “No conozco milagros / ni sé de pautas para resistir / solo el amor y el ansia de la supervivencia…”. Versos de tiempo y luz, de vida y sombras, de noche y falsas certidumbres. Versos de resistencia y esperanza, de superación y aplomo, de dolor, temores y pérdidas: “…pero volvimos. / Pudimos volver, / hay que hacer lo imposible / para poder volver”. El azar administra nuestra vida. Piedras en el camino, metáfora de aprendizaje, de permanencia, de confianza en la propia voluntad. Rosas en el camino, belleza deslumbrante, grata, efímera: “La rosa vuela, se aja y se marchita, / la piedra permanece”. Y la certeza amarga en la que habitamos: “…la crueldad de la verdad que somos / ¡¿Dónde está Dios cuando se necesita?!”.
“Fran” es el título de la tercera parte del poemario. El sentimiento de pérdida de su amigo, Alfredo lo arrostra interpelando a la vida, negando cualquier excusa por la que la muerte le hurtó la voz y la mirada, “las que inermes yacían en los brazos del sueño / confiadas en ser corazón y latido / y esplendor en la vida”. Para qué la esperanza. Para qué la promesa de la luz. Solo el desarraigo y la nostalgia, la derrota y el desamparo: “…solo viejos delirios, solo huecos / y puentes que no crucé”. Juan Carlos Mestre definió la nostalgia como “…un pájaro que enciende su rumor en la noche” y T. S. Eliot, al respecto a la ausencia de ilusiones y como prescripción para sobrevivir al imperio de lo efímero, escribió los versos: “Quédate inmóvil, dije a mi alma, / y espera sin esperanza”. Y los tenaces, melancólicos, humanos versos de Alfredo: “Solo la ausencia y solo / el silencio y el peso de los días”, “…y no quedará vestigio ni riqueza ni memoria / de nuestras atalayas / en cuanto el sol decline, / solo la tierra sola. / Este es el precio”.
“Tan Temprano” es la cuarta y última parte del poemario. Alfredo se encuentra a la deriva, perdido, reo quizá de una vida sin sueños, sin futuro, sin esperanza, solo achaques, cansancio y pusilanimidad: “Retiramos la mano, el misterio y la voz: / cobardes en la vida hasta el final”. Somos un eco en la noche, un parpadeo en la alborada, un suspiro al mediodía y un vesperal, fugaz tránsito por los cantones del crepúsculo. “Somos en realidad / lo que apenas se nombra, / lo que se desvanece si se piensa, / un azar consumado…”.
Somos la sumisión a la entropía, cuerpos que claudican ante el desorden y el deterioro del tiempo. Somos apenas un suceso súbito, estocástico, insignificante. Somos la derrota de la fuerza centrípeta ante los afanes de la inercia, aquí, ahora, en las curvas cerradas de la vida. Los versos de W. H. Auden: “Porque ya nada puede volver a ser como antes”. Y los versos de Alfredo, los últimos versos de este poemario excepcional: “Todo está allí / esperándome/ y solo yo, y solo / puedo llegar”.









