Máximo Florín Beltrán.- “Ojalá pudiésemos crear ese ambiente tan amable, tan de sentirte como en casa y con tanta energía para cambiar el mundo en muchos más lugares”, comenta una alumna.
Detrás de las acampadas hay también muchas horas de trabajo voluntario que tienen que compaginar con sus estudios y/o el trabajo por el que les pagan.
Es verdad que ese ambiente favorece resolver los problemas propios de toda comunidad de personas, pero no los impide.
Otro logro de ese ambiente es que las acampadas por la vivienda están triunfando en muchos ámbitos, desde cambiar radicalmente las prioridades de la agenda política y mediática y alguna sentencia judicial, a sus repercusiones internacionales y sindicales.
Por destacar un éxito de ese ambiente, entre muchos otros, aunque agridulce, este sería la acogida de muchas personas en situación de sinhogarismo, que encuentran refugio, comida, descanso e integración en un colectivo social, en el mismo centro de la ciudad y del país donde antes eran perseguidos, pasaban hambre, maldormían y sufrían marginación. La mala noticia es que las acampadas son actividades reivindicativas, no recursos asistenciales, y las administraciones no cumplen sus obligaciones al respecto, como las acampadas han demostrado.
Pero hay algo incontestable en el deseo de esa estudiante: escalar ese ambiente de esta actividad reivindicativa a la vida real es posible, y solo basta con proponérselo.
Si unos pocos cientos de personas han transformado en 2 días el desierto de la Puerta del Sol en un lugar donde pueden vivir durante un mes, con comisiones que se encargan del servicio de comidas, de la ordenación urbana, de la mediación social, de la limpieza, etc., ¿qué no podrán conseguir miles de jóvenes en nuestra sociedad por toda España?









