La vigencia de las palabras

La rebelión de los gorrionesImágenes tan llenas de vida y de belleza, como las que acaban de llegar a las pantallas de sus televisores, difícilmente hubieran podido ser obtenidas lejos de una marisma, de una laguna somera, de lo que ahora se dado en llamar una zona húmeda. Y lo asombroso es que estos paraísos naturales, que se cuidan en el mundo entero como auténticos tesoros, hace pocos años eran considerados como zonas que no servían para nada. Es más, como parajes peligrosos, malsanos, que había que transformar a toda costa en tierras aprovechables para la agricultura. A tenor de estos postulados, se llevó a cabo en el mundo entero una campaña catastrófica: se desecaron hectáreas y hectáreas de lagunas, de marismas, de tierras pantanosas. En España no nos libramos de esta tendencia.

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Tengo sobre mi mesa de trabajo un mapa tachonado de círculos rojos y de círculos blancos. Los círculos rojos expresan y ubican las lagunas que existieron pero fueron inexorablemente desecadas. Los círculos blancos, aquellas zonas húmedas que, de una manera o de otra, se encuentran bajo algún peligro. En peligro de desecación o de contaminación grave se encuentran la de Villafáfila en Zamora, la de Baldaio y Marismas Gallegas en Galicia, el Delta del Ebro en Tarragona, la Albufera de Valencia en Valencia, las propias Tablas de Daimiel, o al menos sus alrededores, otras zonas pantanosas del Guadiana y sus afluentes en Ciudad Real.

 

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Señores, el problema de la conservación de nuestras zonas húmedas es inminente y grave. A todos nos consta que los organismos que tienen la obligación de ocuparse de la conservación de nuestros enclaves ecológicos están haciendo todo cuanto está en sus manos para paralizar los proyectos de desecación. Pensamos nosotros que también tienen mucha fuerza en estos proyectos el hombre de la calle, el ciudadano, y estamos convencidos de que las imágenes que hemos obtenido en las Tablas de Daimiel, que hace muy poco tiempo estuvieron en trance de desaparecer para siempre, serán el mejor de sus argumentos para que no permita que las últimas y escasas zonas húmedas que nos quedan en la península ibérica tengan el mismo triste, dramático e inútil fin que tuvieron las lagunas desecadas que acabo de leerles.

Han pasado treinta años y las palabras de Félix Rodríguez de la Fuente, en aquel mítico capítulo sobre las Tablas de Daimiel de la serie El Hombre y la Tierra, no sólo no han caducado, sino que resuenan con tanta frescura como si no hubiera pasado el tiempo. O como si no se hubiera hecho prácticamente nada en todo este tiempo.

Tres infructuosas décadas que podemos repasar con espanto y ahora con cierto alivio desde la atalaya del milagro meteorológico de las pasadas estaciones. Lamentablemente no podemos controlar aún el agua que viene de arriba, pero sí administrar el agua sobre y bajo tierra. Y esa gestión ha sido tan desastrosa que si no se hubiera roto el cielo ya habríamos enterrado Las Tablas porque en septiembre le dimos la extremaunción. El Parque Nacional estaba tan seco que se extraía agua de pozos para encharcar la zona visitable y la turba en combustión consumía el castigado humedal en un incendio inexorable, silencioso, y también muy familiar, que se extendía como un cáncer por el perímetro de Las Tablas. Una situación que, salvo antinatural entente climática, volverá más pronto que tarde y a la que debemos sumar la cada vez más preocupante contaminación del entorno.

Desgraciadamente no podremos contar con la clase política clientelar hasta que las especies palmípedas tengan derecho al sufragio universal. Sin tener en cuenta, claro, que algún ganso que otro sí que puede votar e incluso anidar en los escaños. Toda esperanza queda, y bien lo sabía Félix Rodríguez de la fuente, en manos del «hombre de la calle, el ciudadano»… pues ya podemos ir espabilando.

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