Directorio Planetario (Ni mitos ni pitos)

Manuel ValeroBajo el chusco episodio regio se escucha de nuevo el runrún de retomar el padre y muy señor mío de todos los debates: Monarquía o República.

Una cuestión que, llegado el caso, habrá que zanjar por medio de la pacífica urna. Y ni así, porque luego habrá que debatir qué tipo de República: centralista, federal, presidencialista, confederal… para atraer a los nacionalistas con la puerta abierta para cuando sus nacionalidades gusten … Y luego, si el presidente se elige por sufragio universal cada cuatro, cinco o seis años o lo elige indirectamente el Parlamento… Y luego, en función de lo anterior si el presidente tiene mucho mando o es una figura decorativa. Más barata no sale una República porque al presidente hay que alojarlo como Dios- o llámalo X- manda, y cada cuatro, o cinco o seis años hay que celebrar elecciones. (Esto es lo demos porque como la democracia es el mejor sistema no importa que sea el más caro). Y luego, la cohabitación entre un presidente popular, por ejemplo, y un primer ministro socialista… o viceversa. O sea, todo muy fácil para un carácter, el nuestro,  que como todo el mundo sabe, no es nada sectario, ni de trinchera, ni nada de eso y estamos muy educados en una cultura política en la que los partidos suelen mostrar con frecuencia su grandeza, aunando fuerzas por el bien general, porque, como todo el mundo sabe igualmente, ya hemos superado la maldita cainada del 36.

El superávit democrático de un presidente sobre un monarca dinástico está fuera de toda duda, pero no es la garantía de todos los parabienes. Ni siquiera el debate está en la calle ni la gente sueña con acostarse una noche juancarlista y levantarse al día siguiente republicana. Hay una evocación nostálgica del trágico final de la II República y una abstracción sentimental que impele a la recuperación melancólica de la oportunidad perdida. Con la perspectiva del tiempo se ha comprobado que la reivindicación de la República es un asidero identitario para la izquierda, pero como todo el mundo sabe, también, la República no es de derechas ni de izquierdas salvo las repúblicas populares que son completamente de izquierdas, las bananeras que pueden ser ambidiestras o las islámicas que no hay por donde cogerlas. Luego está la república argentina que todavía no se ha levantado del diván del psicoanalista y de vez en cuando vuelve a resucitar el peronismo en estado Evita, que es el otro anacronismo continental junto al castrismo fraterno de los hermanos Castro. Y… et voilá la Gran República Francesa admirada y querida por Azaña que profesaba una admiración sin límites por los franceses y su republicanismo puro. Con éstas conviven Monarquías tales como la británica (mater et magister) la holandesa, la sueca o la noruega, países, como todo el mundo sabe, muy atrasados tanto en lo cultural y lo económico como en lo tocante a los derechos civiles. Y de Japón ni hablamos porque saldríamos escaldados: un país que armoniza lo más futurible con la reliquia ancestral de sí mismo y que convecina a ciudadanos ejemplares, resulta que es un Imperio.

Aquí, al poco de la aborrecible guerra civil, la lucha fue entre quienes defendían  a muerte un sistema autoritario y militar, protofascista, y quienes lo hacían por un sistema comunista, popular a las órdenes de la URSS. La guerra civil fue la lucha entre dos monstruos, pero el que perdió ganó el favor del  mito y la aureola del vencido bajo la bota militar. (Aprovecho para invitarles a leer mi novela Entre las balas, donde me extiendo en ello. Hay que vender))

Lo dijo el propio Santiago Carrillo en la Transición: Ahora no toca elegir entre Monarquía y República sino entre dictadura o democracia.

La I República acabó con una surrealista guerra cantonal después del guirigay nacional en el que se convirtió este atormentado país en el que aparecieron personajes de opereta que llegaron a declarar la guerra a Madrid desde su pueblo, y la II República ni les cuento…

Así que como dicen los sabios no conviene olvidar los errores para no volver a cometerlos. Sería muy conveniente llegado el caso acometer la cuestión con formación, información, reflexión, sin mitos ni pitos, sin la tediosa y cansina cantinela de abordar el dilema desde el pasado, ni desde la inútil extemporaneidad de derechas versus izquierdas, sino desde la certeza de un reloj en hora con la Historia y el futuro. Puestos a imaginar no creo que si algún siglo de éstos adviene el Gobierno Mundial, el debate sea entre República Universal o Monarquía Global, sino que más bien será una suerte de gobernanza tipo Directorio Planetario que tiene cierto regusto a ciencia-ficción.

Los hombres lo que no tenemos es remedio, lo cual no constituye un pesimismo insoportable con el que convivir sino que una vez metabolizado te dota de un sereno nihilismo que te da la oportunidad de explorar otras vías menos terrenales. Como dijo el filósofo: Creo en la Humanidad, pero no creo en los hombres.

A estas alturas, sentimentalismo en sepia el mínimo. Ya no emociona.

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