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La enredadera de los anónimos

- 25 junio, 2013 – 11:332 Comentarios
Manuel Valero.- La red es como la vida misma: está llena de cretinos. Y como la vida misma, de tipos normales que se afanan cada día en lo que toca sin meterse en exceso con el prójimo. La vida, como la red, es más intrahistórica que anónima, porque el anonimato, que es esa perversión que Manuel Valeroconsiste en hacer daño de manera premeditada y oculta sin que el dañado sepa quien se lo ha hecho, es tan antiguo como el oficio más antiguo del mundo, que no es el de puta sino el de envidioso/diosa, según la Biblia, of course, aunque puedan venir bien otros manuales de antropología comparada, para concluir en lo mismo. En realidad, la historia de la humanidad ha consistido en unos cuantos hechos excepcionales y determinantes, que han protagonizado un puñado de seres humanos a la altura de esos hechos, a quienes han seguido millones de congéneres. La eliminación sistemática del enemigo ha sido una constante desde que el hombre se puso de pie con un colmillo de mamut en la diestra frente a la charca de agua que había hecho suya por la fuerza de la sed, o sea, por la fuerza de la fuerza, que fue como surgió la familia-clan, la propiedad público-privada y el amor-desamor,que es el titulo desvirtuado por un servidor de una canción de Silvio Rodríguez. Todos los pensadores, no lo digo yo, sostienen que el amasijo incontable de personas puede considerarse masa, pueblo, sociedad o ciudadanía... en función de la connotación político-revolucionaria y el arco semántico que en este caso va desde un concepto energético precursor del anarquismo (Bakunin decía que la Naturaleza desatada sólo es comparable en la tierra con las masas iracundas desatadas, por supuesto) hasta una avanzadilla en la civilización de los hombres, homologados en las leyes, en la cultura, en el bien común y en la felicidad colectiva que es la felicidad de las calles, es decir, la paz urbana. Pero hay un tipo de conglomerado o aglomerado humano, que para este caso es lo mismo, que se llama populacho. Ha existido siempre y existe hoy mimetizado en el paisaje común y bien enredado entre las redes. Cuando apareció la imprenta se vulgarizó -popularizó- la Cultura, pero también la aparición de pasquines y libelos difamatorios, cuando el servicio de correos se socializó se abrieron nuevas sendas a la carta anónima e intimidatoria, cuando se familiarizó el teléfono apareció el amenazador, el acosador o el bromista sexual de turno al otro lado del hilo, y cuando la red internética nos enganchó a todos como Neos en potencia, y/o virus malismos con más potencia aún elevó exponencialmente la capacidad anónima de la vejación, el insulto y la amenaza. Ni siquiera una crítica civilizada aunque dura contra lo que sea o quien sea se alza con el mérito de la gallardía si detrás hay un no rostro, un mote o una identidad falsa. Y así, como la vida misma, la red, la gran democracia virtual, (al fin y al cabo, paradójicamente la elección democrática real exige el anonimato colectivo) deviene en un batiburrillo en el que muy pocos ponen el careto para que se lo afilen y muchos dan rienda suelta a la antología del insulto democrático de la gente anónima. O sea nadie. Porque eso es lo peor de ser anónimo. Que se es Nadie. Conste que el anonimato es una opción, pero yo no me fiaría de nadie cuyo rostro no esté detrás de su palabra o su obra. Es más, les confieso, que en alguna ocasión, yo también he participado con comentarios anónimos, de lo cual me hago un propósito de enmienda. Cada cual es muy libre de hacer o decir lo que quiera y de la manera que quiera y a quien quiera o no quiera, pero quien crea en el anonimo perfecto se equivoca, pues nunca como hoy, hasta la intimidad está encerrada en paredes de cristal. Hay tecnología para ello. A un servidor los anónimos le caen muy gordos aunque sean muy finos, tanto, que hasta la careta del anonimus-poder, con esa sonrisilla de diablo travieso y ese bigote de espadachín de Richelieu, que oculta el rostro de una persona normal con su propia identidad, me parece tan temible como la de un banquero.
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2 Comentarios »

  • Fermin G. dice:

    Moneda ésta D. Manuel,demasiado generalizada en las redes de Internet. Una versión posmoderna de los carnavales en los que se aprovechaba la cara tapada….para decir o hacer «al estilo cobarde»…lo que a cara descubierta ni de lejos. El instinto básico sigue vivo…

  • José Manuel Campillo dice:

    Estimado Manuel:
    Hay dos cosas que me gustan de ti: la primera, y más importante, es que no te desagrado; la segunda, es que eres mesurado y profundo. Dos adjetivos que no suelen ir de la mano. Es tan raro como intentar unir las palabras “anónimo” y “valiente”.
    Posdata: Por suerte, hay un nombre y un apellido determinado al que poder dirigirme en busca de un buen artículo. El nombre es Manuel, y el apellido, Valero.
    Un saludo.

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