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Leyendo leyendas

- 30 abril, 2014 – 12:272 Comentarios

Leyendo un programa de una Romería afamada, de una de las muchas Romerías que se celebran en los rincones variados de nuestra geografía plural, tuve la sensación de un ‘deja-vu’ primero, y luego de un sobresalto fenomenal. Tuve la constatación de seguir anclado en un tiempo lejanísimo, distante y muy vacío. Un tiempo tan lejano como quiera y pueda imaginar el lector incrédulo: ¿los sesenta? O ¿los cincuenta? ¡Vaya usted a saber!

José RiveroTodo el complejo escrito y todo el conjunto de los actos organizados en la celebrada programación, tanto laicos como religiosos, se movían en un raro anacronismo, de oro y de plomo, de difícil encaje con la actualidad en la que se supone que nos ubicamos presurosos y descreídos. O eso dicen, los propagandistas.

virgen-de-los-santosHace años leyendo la prensa provincial pasada, percibía ese pasado polvoriento y perfumado de tinta rancia, de una forma nítida y terrible, a través de la lectura de los denominados Programas de Festejos y de las Celebraciones Festivas; como si todo el pasado fuera capaz de articular su relato desde las espaldas del tiempo perdido en fiestas, recreos y chanzas. Para mí, la lectura del pasado y sus sombras tumbadas, se superponían, como una piel precisa y ajustada, con esos actos, programas, pregones, jolgorios y holganzas. El acelerón histórico de la salida del Franquismo y la consecuente modernización del cuerpo social, me llevó a pensar que todas esas formas tribales de ocio celebrativo y de celebraciones ociosas y blandas, pasarían a engrosar el saldo neto del olvido; pasarían a apagarse como lo hacen las llamas agotadas y carentes de brasa.

Han pasado algunos años de aquellas imágenes titubeantes, y tengo la sensación que todo sigue igual, a la manera de Lampedusa. Todo ha cambiado, pero todo sigue siendo igual. Han cambiando algunas cosas superficiales, algunas más profundas mutan entre líneas mudas; pero los desfiles procesionales, los devocionarios de ermita, las viejas romerías, las corridas añejas, las cucañas de vértigo y el juego del pelele apaleado, nos tatúan la piel con un brillo invisible y con renglones muy torcidos nos hablan del ayer. Nos tatúan el alma con el insistente estribillo de tiempo estéril. O del tiempo inmóvil.

Periferia sentimental
José Rivero

 

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