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Una cárcel muy casera

- 23 abril, 2016 – 10:003 Comentarios
Fermín Gassol Peco.- Hace tiempo leí en un diario esta noticia tan curiosa: Un hombre de mediana edad se presentó en la recepción de un hotel y pidió una habitación para quedarse en él una temporada. El recepcionista viendo que el nuevo cliente deseaba permanecer un tiempo prolongado en el establecimiento, quiso acogerlo de manera muy cordial, se diría que familiar y le comentó de manera festiva: mire señor, le aseguro que en este hotel va a estar usted como en su casa. Dicho… y hecho… al cliente “nonato” todavía lo están buscando. opinion Y es que el recepcionista no podía imaginar que el recién llegado fuera un prófugo del “confort hogareño”. Evidente por otra parte que ignorara tan remota posibilidad, quedando quizá arrepentido por haberse comportado de una manera tan ufana, pero ya sabemos que en las actividades cotidianas pueden llegar a darse también hechos tan inverosímiles como los intentos de pactar entre unos partidos que nada tienen que ver. El empleado en cuestión no hizo más que cumplir con su deber de recibir entre sonrisas a quien entró por la puerta, que los recepcionistas son algo así como modelos de marketing a puerta gayola. Al fin y al cabo para eso les pagan. Por otro lado el recepcionista en cuestión utilizó una frase muy común pues lo normal es que para referirnos al hecho de estar a gusto en un lugar aludamos a encontrarnos como en casa; cómodos, relajados y recogidos. Sin embargo en ese caso también encontramos la excepción, nuestro hombre del hotel la sufrió, pero no se trató de un hecho aislado; les sigo contando. Cierto ciudadano de un país situado al otro lado del charco tenía la fea costumbre y la extraña manía de realizar con bastante frecuencia vertidos tóxicos de poca monta. La policía harta de llamarle la atención lo detuvo y el juez le impuso como pena un breve arresto domiciliario. Sin embargo el tozudo en cuestión una vez cumplida la sanción reincidió en lo que solía; como la cosa no fuera asunto que mereciera mayor castigo el juez nuevamente le volvió a imponer otro arresto domiciliario más prolongado. Pero el hombre, erre que erre, una vez libre, volvió a cometer la fechoría otra vez más. La policía, extrañada le preguntó por un comportamiento que podría llevarle a prisión; y el pobre hombre confesó la razón: pues por eso reincido, dijo encogiendo los hombros y meneando la cabeza, para que me lleven a la cárcel, porque ya no aguanto más en mi casa. No sabemos en qué cantidad estaría la tasa de vertidos a derramar para ser merecedor de ir al trullo, pero nuestro hombre la iba subiendo sabedor de que algún día daría con ella y encontrar así tan ansiada “liberación”. Un caso que responde a una aparente falta de lógica. Pero la experiencia nos dice sin embargo que todo comportamiento, por ilógico que parezca, tiene un porqué. El que nos ocupa lo encontramos en su cónyuge, una señora demasiado “acaparadora” o quizá demasiado astuta que deseaba mantener a su marido algo alejado una temporada y no sabemos tampoco con qué fines. Ignoramos, pues, quién tuvo la idea de realizar el primer vertido, si la esposa con el fin de que el marido delinquiera y así quitárselo de encima, o el marido que con estos actos buscaba estancia en un hotel tan particular. En cualquier caso ambos se equivocaron porque mira tú por dónde al ir por lana salieron trasquilados… y con el marido enclaustrado en casa. Y es que la compañera de “celda doméstica” según cuenta el relato, no hacía más que reprocharle la falta de actividad a la hora de hacer recados por eso de que el “hombre en la cocina es para la mujer calentura continua”; pero si pocos eran los “mandaos”que antes hacía, menos ahora al encontrarse en arresto domiciliario. Todo un caso de modelo de convivencia mixta “casero carcelaria”. Y el hombre mientras tanto, deseando salir de su casa para ir a la cárcel a ganar la libertad.
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3 Comentarios »

  • Angel Manuel dice:

    El otro dia conoci en el trabajo a una joven abogada que está especialida en la defensa de hombres maltratados.

    Ella dice que no para, y me lo creo. Repartió algunas tarjetas en mi trabajo. Las aceptamos con curiosa e interesada acogida, jejeje.

    La realidad, como Dios, lo hace todo nuevo.

  • Á. R. dice:

    En Colombia existe una canción que habla de la «Ley de la ballena: / lo angosto pa uno / y lo ancho pa ella»

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