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Consumidores totales

- 25 noviembre, 2016 – 12:057 Comentarios
conlosojosbienabiertosNo es casual que en este último viernes de noviembre coincidan dos iniciativas complementarias que se autoestimulan mutuamente y que en el fondo forman parte de la misma dinámica consumista. Black Friday y la Gran recogida del Banco de alimentos. Consumo de mercancías y consumo de solidaridad. El segundo apacigua el cargo inconsciente que supone saber que en el fondo uno se va a gastar lo poco que le queda a fin de mes en cosas que, bien mirado, no necesita. Ninguno de los dos consumos resuelve un problema, pero contribuye a dar la sensación de que sí lo hace. Es curioso que en el Código de buenas prácticas de los Bancos de alimentos figura como primer punto que “Los Bancos de alimentos son apolíticos y aconfesionales”. Principio que podría enmarcarse en la puerta de entrada de cualquiera de los establecimientos adscritos al Black Friday. Ni el Banco de alimentos ni las grandes corporaciones multinacionales hacen política ni se adscriben a una confesión concreta. Esté usted tranquilo, inocente ciudadano de a pie. El dinero que se gasta en prendas o en productos no perecederos sólo tiene como destino pagar sueldos dignos, estimular la economía, garantizar empleos estables y permanentes, impulsar el dinamismo urbano, dar de comer a quien no tiene alimento.., y todo esto nada tiene que ver con la política, ni con una confesión ideológica determinada. Es pura asepsia. No se trastorne usted pensado que con su dádiva o con su tarjeta de crédito está haciendo política, eso que suena tan mal en estos tiempos y que corresponde exclusivamente a los profesionales del ramo. Es curioso que en los eslóganes del Banco de alimentos siempre figuren las cifras ampulosas que finalmente no sabemos en qué se traducen realmente. “El objetivo de este año es superar los 30.000 kilos del año pasado”…, “para ello necesitamos 15.000 voluntarios”, “repartidos en más 100 establecimientos”… Sin embargo, nada sabemos de a cuánta gente se ayuda, ni, sobre todo, cuánta ya no necesita ayuda porque ha superado su estancamiento. Se echa en falta un objetivo del tipo “Este años acabaremos con la inanición definitiva de 40.000 personas”. Pero es que, claro, éste sería un objetivo político. El objetivo del Banco de alimentos no es, como sería natural, ir disminuyendo su proyección hasta desaparecer (signo de que ya no es necesaria su tarea). Su objetivo es crecer, ir cada vez a más. Más kilos, más voluntarios, más establecimientos adscritos. Es normal cuando no hay objetivo político. Es decir, cuando su objetivo no es resolver problemas sociales como parece que debe ser la función de la política. Reconocerse una función política sería reconocer que existe un problema generado por quienes toman decisiones políticas y eso es exponerse demasiado. Eso es enfrentarse en un contexto que debe ser estrictamente amable y candoroso. La estrategia no pasa por convocar a 15.000 personas para rechazar las políticas que generan miseria e ir contra la raíz del problema, sino emplear a esas personas en lavarle la cara al tallo y a las hojas. Limpiar, no sanear. Si los Bancos de alimentos creen ingenuamente que no hacen política, la política oficial sí que la hace utilizando este tipo de iniciativas. No en vano, en el ámbito local, su máximo responsable no sólo cerraba “simbólicamente” la lista del grupo popular al Ayuntamiento de Ciudad Real en las últimas elecciones municipales, sino que tiempo atrás fue reconocido con la distinción de Ciudadano Ejemplar. Porque no hay nada más ejemplar que un ciudadano que se adscribe a colectivos que abiertamente declaran que no hacen política. Eso está bien. Es curioso que las más beneficiadas de este bucle consumista-solidario sean las grandes empresas y superficies. Por un lado rebajan sus precios para que los ciudadanos consuman más. Por otro, con el ahorro pueden comprar en el mismo establecimiento un paquete de fideos para depositarlo a la salida. Además, las mismas empresas hacen donaciones de productos cuyas cuantías económicas podrán luego desgravarse en el impuesto de sociedades. Para conseguir este beneficio extra cuentan además con la mano de obra desinteresada y altruista de miles de jóvenes y mayores que trabajan durante horas como voluntarios en los accesos de sus establecimientos. Un negocio redondo. Los más cándidos dirán que esta reflexión crítica es injusta, porque en el fondo se consigue un fin justo. Dar de comer a quien no lo tiene. Y, efectivamente, resulta difícil hacer ver que el fin último no debe ser ése. Sino movilizarse para resolver los problemas de raíz y de manera colectiva y directa. Sin intereses intermedios. La sociedad inteligente es la que elimina sus problemas no la que los maquilla. Por otro lado, frente al sistema jerárquico y asistencial del Banco de alimentos, sería posible configurar otro tipo de iniciativas dirigidas a que las personas con carencias sean quienes organicen sus propias acciones. Mediante redes horizontales de barrio en las que la comunidad de vecinos ayuda directamente a los más necesitados en base a las demandas reales que ellos mismos determinen. Pasar hambre o no tener para comprar comida no significa que quien la necesita tenga que basar su dieta en arroz, fideos, macarrones y latillas. Esos productos perecederos que se reclaman. También querrán, como los demás, comer carne, pescado, verdura, fruta.. Y quizás sería posible, en mejores condiciones, con un sistema de redes de proximidad. No sólo en el sentido de que sean los vecinos quienes por zonas, se ocupen de analizar y resolver sus problemas y necesidades con el apoyo público, sino en el de que esos productos frescos provengan de productores locales y tiendas de barrio. Y no sólo se trata de organizarse para compartir alimentos, sino para hacer que la gente necesitada se sienta útil y reconocida en su sociedad más inmediata. Se puede ser generoso de muchas maneras, aunque en el fondo lo que llamamos generosidad no sea más que justicia. Hay muchas formas de vincular el consumo responsable y la fraternidad vecinal sin necesidad de caer en el estéril y frustrante mundo del consumismo solidario y de la solidaridad consumista. Pero claro, para ello hace falta un posicionamiento político y confesional e ideológico que nos devuélvame nuestra condición de personas y ciudadanos, y no de simples marionetas movidas por el resorte del dinero y de la lástima. P.D. Para los que siguen queriéndolo todo sin renunciar a nada.., hoy, además, es el Día Mundial sin compras. Alberto Muñoz Con los ojos bien abiertos
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