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Motus. Parte II

- 17 febrero, 2019 – 08:452 Comentarios

Se dirigió a la biblioteca mientras contemplaba cómo engalanaban las calles. Las tropas de seguridad levantaban alcantarillas, cerraban portales, pedían identificaciones a los transeúntes y daban normas de comportamiento a los que ya empezaban a agolparse en las vallas de protección.

Era obligatorio para los habitantes del imperio acudir a ver y elogiar al emperador cuando este visitaba una ciudad o pueblo. La pena de cárcel por no acudir a estos actos iba desde tres a cinco años, según le apeteciese al juez de turno, cuya sentencia era firme, sin posibilidad de recurso. Y, por supuesto, solo estaban permitidos los vítores y loas al excelso emperador.

Pero Gubros observó que los movimientos de los guardias eran diferentes a otras ocasiones. Incluso la gente que ya se había acomodado detrás de las vallas contemplaba el trabajo de los operarios de manera distinta, en sus ojos brillaba una mezcla de tensión y zozobra. Las miradas se cruzaban solo un instante y aparecían sonrisas imperceptibles en sus rostros. Gubros comenzó a ponerse nervioso. Cuando llegó a la puerta de la biblioteca, vio que no había bolsa roja. Después de tantos años, todos los días, sin fallar, nevase, lloviese o hiciera un sol abrasador, la bolsa no había faltado de ese rincón. Y hoy, extrañamente, no estaba.

Las puertas ya estaban abiertas, así que pensó que la directora había llegado antes y la había recogido. Gubros comenzó a planear una excusa cuando esta le inquiriese sobre la bolsa carmesí, aunque no sabía qué decir, porque él se había limitado a seguir las órdenes de su abuelo: «Gubros, solo tienes que guardarla en la pequeña cueva que hay detrás de la puerta escondida. No la abras, no mires lo que hay dentro. Solo guárdala». Y así lo había hecho. Muchas veces, demasiadas, había pensado saltarse la norma y abrirla para ver qué había dentro. Si era algo ilegal, estaba en su derecho de saberlo porque el que se jugaba la pena de cárcel era él, no su abuelo. Pero, al final, o por miedo o por respeto al hombre que lo había cuidado desde que sus padres desaparecieron, nunca se atrevió a resolver el misterio.
Caminaba por el pasillo central, cuando, de pronto, la directora apareció desde detrás de la estatua del emperador. Gubros se puso nervioso. ¿Acaso había descubierto lo de las bolsas? Él siempre había sido precavido, vigilaba en su trayecto de la puerta al escondrijo que no hubiera nadie que pudiera verlo, pero, claro, tal vez los últimos meses había bajado la guardia. Ella se sorprendió al encontrarlo:

—¡Gubros! ¿Qué haces aquí? —preguntó nerviosa. Sujetaba fuertemente entre sus brazos el maletín, muy abultado.
—Mi turno, como siempre. —Gubros la observaba mientras en su cabeza bullían mil ideas extrañas.
—No, no. Hoy no se abre. Os mandamos un comunicado interno. Con la visita del emperador, hoy estará cerrada al público. Hay programada una visita personal del emperador. —Miraba inquieta hacia ambos lados, sin soltar su maletín. —¿Es que no lees los comunicados?
«Un ataque gratuito. Sabes perfectamente que solo tengo una silla como herramienta de trabajo», pensó contestarle. Pero la veía tan azorada que creyó que era inútil turbarla más.
—Entonces, ¿me voy a la plaza a alabar las virtudes de nuestro magno emperador? —intentó que no sonara a burla, aunque no lo consiguió.
—Sí, claro. —La directora comenzó a andar hacia la puerta—. Pero tampoco hay que exagerar, Gubros, con algún aplauso flojo es suficiente. —Le guiñó un ojo. 

Gubros se dirigió entonces a la plaza. Ya estaba abarrotada de gente y las calles aledañas comenzaban a llenarse. Echó un vistazo por si veía a alguien conocido. La estampa que se le ofrecía era bastante siniestra. Todos los allí presentes iban uniformados. Las mujeres, todas rubias, el mismo tinte de la misma marca que pertenecía también a la familia imperial, con una coleta estirada, peinada perfectamente. Los hombres, el pelo corto. No se permitían barbas, bigotes ni elementos extraños en la cara. El emperador, años atrás, también había prohibido los tatuajes o los piercings. Dio un tiempo de tres meses para eliminar los que tuviesen alguno en las clínicas que pertenecían a su familia por un precio especial. «El cuerpo no debe profanarse con absurdos dibujos o inútiles agujeros». 

Divisó a su abuelo al otro lado. Sonreía como nunca. Miraba hacia el cielo, que se había vuelto azul con ayuda del sol invernal. Parecía que disfrutaba de esos pequeños rayos de luz. «Como si pudiera sentirlos», pensó Gubros. Intentó moverse entre la gente para llegar a su lado, pero era complicado. Apenas había hueco entre las personas y las trompetas de la Guardia Imperial ya anunciaban la inminente llegada del emperador. Tuvo que pararse a escasos metros de donde estaba su abuelo. El gentío le impedía avanzar.

El emperador apareció bajo el arco que coronaba la plaza. Vestía el uniforme imperial, el mismo que el de sus súbditos, aunque llevaba prendidas en las solapas de la chaqueta medallas e insignias, otorgadas por él mismo para él mismo. El sol se reflejaba en los emblemas dorados. La directora iba detrás de él.

Se hizo el silencio. Absoluto. El emperador subió a la tarima imperial, colocada en el centro. Gubros vio que la directora inclinaba la cabeza ligeramente. «Una especie de señal, pero ¿a quién?». De repente, un grupo de unos cincuenta niños que estaban en las primeras filas sacaron de sus bolsas unos libros y empezaron a recitar, con voz alta y muy clara, unos versos: «En mi cara redondita…». Gubros sonrió, reconoció a Gloria Fuertes, que su abuelo le recitaba cuando era pequeño y se ponía pesado. Le recorría con sus manos la cara mientras decía los versos. El emperador abrió los ojos, sorprendido por la pequeña afrenta que los chavales le estaban haciendo. Miró enfadado a la directora, pero esta no se inmutó.

«¿De dónde habéis sacado los libros?», les preguntó con voz atronadora el emperador. Pero los niños, con sus ejemplares temblando en las manos, seguían leyendo, sin mirarlo. La directora volvió a asentir, dirigiéndose a un grupo de jóvenes, en el otro lado de la plaza, que comenzaron a leer en voz alta viejos ejemplares amarillentos: «¡Oh, capitán, mi capitán! Terminó nuestro espantoso viaje». «Walt Whitman», acertó Gubros. El emperador, desconcertado, miraba a sus guardias, que, inmóviles, se mantenían de pie en sus posiciones. La directora bajó del estrado y comenzó a sacar libros de su abultado maletín. Los repartió entre la gente, que empezó a hacer corrillos: recitaban a Machado, a Shakespeare, a Goethe y a Moliére. La voz del emperador se oía por encima: «Guardias, actuad. Es una orden». Se dirigía expresamente al capitán. Y este, adelantándose un paso por delante de sus tropas, se enfrentó al emperador. Metió su mano derecha en el interior de su chaqueta. El emperador, asustado, pensó que iba a ser atacado. El guardia sacó un libro: «¡Qué no hizo y sufrió aquel fuerte varón en el caballo de pulimentada madera, cuyo interior ocupábamos los mejores argivos para llevar a los troyanos la carnicería y la muerte!». La Odisea de Homero. El caballo de Troya. El pasaje preferido de su abuelo. Así que era eso.

Gubros miró a su abuelo. Reía a carcajadas y miraba hacia dónde estaba el emperador, enrojecido de furia y rabia. La plaza era una algarabía, los corrillos se formaron según gustos: poesía, teatro, monólogos, retazos de novelas de aventuras, de amor, de misterio, de historia antigua… Gubros no daba crédito. Los libros se sacaban de unas bolsas rojas, de aquellas que él había guardado disciplinadamente cada día en la biblioteca. Las mujeres repartían papeles impresos con poemas de Plath, Woolf, Ajmátova, Storni… Unos niños representaban El principito de Saint-Exupéry: «Lo esencial es invisible a los ojos». 

El emperador, abatido, se derrumbó sobre el trono. «Derrotado, derrotado. No han hecho falta tanques, guerras ni estrategias —pensaba, apoyando el rostro sobre la mano derecha—, ni siquiera conspiraciones ni facciones rebeldes. Solo libros y… —mientras contemplaba a toda esa gente leyendo— valor». 

Se levantó y bajó despacio de la tarima. Octavillas con versos volaban sobre su cabeza. Las espantaba de su cara. Cabizbajo, emprendió el camino a la biblioteca. Apenas se abría paso entre las gentes, que, alborotadas, iban de corrillo en corrillo, riendo y disfrutando de su pequeña rebelión.
Cuando llegó a la biblioteca, se sentó en la silla que habitualmente ocupaba Gubros. No sabía cómo podía parar lo que él consideraba un ultraje. «Quizás una condena a muerte, ejemplar, para asustarlos. O trabajos forzados, sin remunerar. Los mantendré ocupados de tal manera que, cuando lleguen a sus casas o a los chamizos que les ponga, no tengan ganas de perder el tiempo con fantasía ni ficción».

La puerta chirrió y un hombre, de pelo cano y mirada perdida, se dirigió hacia él.

—Déjalo. Déjalo ya. —El abuelo de Gubros llegó a su lado—. Es verdad que has podido oprimirnos, escudándote en la paz social. Es verdad que conseguiste que no hubiera maldad, que todos estuviéramos ocupados trabajando o estudiando, que pudiéramos tener una vida tranquila, aunque fuera mísera. Pensaste que prohibiéndonos los libros, la música, la libertad de pensamiento podrías llegar a un estado garante de seguridad y paz social, pero te equivocaste. Nosotros, tu gente, tu pueblo como tú nos llamas, necesitábamos pensar, equivocarnos, saber que existe el mal y el bien y decidir con cuál nos quedamos, enamorarnos y que nos rompieran el corazón, odiar, deseos de transgredir de vez en cuando, llevarte la contraria o apoyarte, pero desde la libertad. Tú creías que, robándola, conseguirías el mundo perfecto, la sociedad justa e igualitaria. Pero estabas equivocado. Tu pueblo no estaba contento porque no vivía. Somos unas piezas que has conseguido engranar en tu absurda maquinaria a la fuerza. Pero no pensaste en que todo lo que se fuerza al final acaba saltando y puede provocar un caos. Unos pocos nos sacrificamos, cierto. Me arrebataste los ojos y ni siquiera pensaste que daba igual, porque me quedaban las palabras que otros me podían decir. Y, en silencio, poco a poco, fuimos construyendo nuestro particular caballo de Troya. ¡Qué fácil fue meter en tus tropas a nuestros hijos, nuestros nietos, consumidos de odio y venganza hacia aquel que había dañado a sus familias! ¡Qué fácil fue que creyeras que todos te venerábamos! Si hubieses recordado el cuento del traje nuevo del emperador, habrías podido ver las señales, esas que te hubiesen dicho que algo no iba bien cuando todo el mundo que te veía desnudo no te decía nada. Pero era mejor y más fácil creer que tu lucha estaba avanzando, que habías conseguido ganar la guerra, que ya tenías tu imperio y nadie se atrevería a desmoronarlo. Y, entonces, en esa grandilocuencia que tenéis todos los vanidosos, si hubieses leído las biografías de los grandes conquistadores o de los emperadores romanos te habrías dado cuenta de que todos caen, porque nada es para siempre. Que las rebeliones empiezan desde dentro. Y, aunque nosotros no tuviésemos armas, teníamos los libros.
El emperador lo contemplaba, callado. El viejo había sido de los condenados ejemplarizantes. Su estrategia había sido callar a los líderes para apagar cualquier intento de rebelión. Ahora se daba cuenta de que estaba equivocado. El anciano seguía hablando:

—Esos libros que quemaste, esas piras literarias, no nos echaron atrás. La memoria no la podías borrar. Y fuimos poco a poco, con imprentas clandestinas, editando nuevos ejemplares, traduciendo lo que conseguíamos pasar del extranjero y volvimos a tener un buen corpus de nuevo. Y tú, sin saber que el enemigo lo tenías en casa. Porque olvidaste lo que te contaron tus abuelos, porque ignoraste la historia de los grandes reyes, porque desconocías la trayectoria de los héroes griegos. Caíste en la trampa, en tu Troya particular.

Leyendo al abuelo, Albert Anker

Una voz, detrás del anciano, rompió el discurso de este:
—Abuelo, tenemos que irnos. —Gubros miraba aún con miedo al emperador.
—Ya voy, querido, ya voy. Déjame que me despida. —El anciano sonrió—. Ahora querrás defender tu imperio con armas, castigos, venganzas. Lee primero, emperador; lee y confía en lo que otros han hecho antes y cómo perdieron batallas por el frío, el hambre, la avaricia… La historia no hay que olvidarla ni ignorarla, porque se repite. Siempre habrá alguien que sí la sepa, que la recuerde, bien porque lea o porque se la hayan enseñado, y a través de ella averigüe tu particular talón de Aquiles.

El anciano se dio la vuelta y buscó el brazo de Gubros. Salieron a la calle, donde el sol relucía y el bullicio de la gente se había desperdigado por toda la vieja ciudad.

—Comenzamos de nuevo. Vendrán tiempos difíciles, pero los superaremos. Los libros nos ayudarán. —Se apretujó contra el brazo de su nieto y apoyó su anciana cabeza sobre el hombro de su nieto. Sintió el calor de los rayos de sol sobre su rostro arrugado y sonrió—. Mi guardián de libros.


Postales desde Ítaca
Beatriz Abeleira

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