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- 10 marzo, 2019 – 08:214 Comentarios

De madrugada, el silencio invade la habitación. Es cuando mejor trabaja y más se concentra. Las farolas de la calle apenas iluminan su cuarto. El brillo de la pantalla del ordenador es la luz principal. Tiene tiempo de sobra para acabar el proyecto. Decide procrastinar un rato. Es un premio, se merece descansar entre tanto número.

Se ríe con el nuevo meme de un futbolista. Ve las fotos del perrete de su antiguo compañero de piso. Se emociona con las palabras de despedida de un profesor ya jubilado.  A la derecha de la pantalla, ninguna luz verde. A esas horas, un día entre semana, no hay nadie conectado con quien hablar.

Sigue deslizándose por la pantalla. Viejos amigos, nuevos compañeros, algunos clientes y páginas insulsas. Mira de reojo sus contactos. Se detiene en la foto del acantilado. La flecha blanca del ratón se posa encima. Duda unos segundos y hace clic sobre el perfil. Se asusta cuando se pone en verde. Inconscientemente, mira para atrás. Comprueba que la lámina de Chagall sigue ahí, que ella pueda verla si acaso hay videollamada.

Junta las manos y piensa cómo iniciar una conversación. «¡Vaya horitas! ¿Aún despierta?». Y algún emoticono para suavizar la interrupción en la madrugada. Sigue mirando.

«… escribiendo». Respira profundamente.

Mientras espera, recuerda el momento en que la conoció. El viejo piso de estudiante, una fiesta improvisada y amigas de su compañero que se presentaron allí sin avisar. Ella bebía chupitos de tequila. Se reía alto. Por todo. Él no quería mirarla. Estaba cabreado porque no le dejaban dormir y decidió unirse a la fiesta para sabotearla. Contradijoen las conversaciones y se burló de la música. Pero ella se reía, le daba igual. Él abominó sobre el sistema y ella movía la cerveza mientras lo miraba torciendo levemente la cabeza. Quería dejar de oírla, que se parasen las ondas de su pelo cobrizo mientras se balanceaban al ritmo de la voz que se preguntaba qué puede hacer si después de tanto tiempo… Ella cerró los ojos y ya no lo oía. Bebíadirectamente de la botella de cerveza y esperó a que acabase la canción para servirse otro chupito. Lorenzo la siguió, no supo por qué. Esa noche acabaron juntos en la cama desecha de él. Las siguientes fueron una mezcla de desayunos de bocatas de calamares en la parte vieja de la ciudad y paseos de madrugada después de follar. Pasó el invierno, llegó la primavera y a finales de verano, mientras un poco de alioli resbalaba por la comisura de sus labios, él habló. Dos palabras dirigidas a lo que se convirtió en vacío, en oscuridad en los ojos de Anna. Desaparecieron los desayunos a horas intempestivas y los paseos de madrugada. Excusas. Hasta que llegó la fiesta de un amigo. Ella bebió tequila y cerveza y comenzó a reírse. Y Lorenzo vio cómo otro la seguía con la mirada, mientras su cabeza oscilaba al ritmo de la música. Risas nuevas que no iban dirigidas a él. Miradas con brillo que no se cruzaban con las de él. Lorenzo levantó la copa y brindó, en silencio, una despedida. Fue el principio, el borde del acantilado que ahora aparece en su pantalla.

«… en línea». No es la primera vez que pasa. Él se pregunta qué le estaría escribiendo para que ahora deje de hacerlo. Tal vez un «te echo de menos», aunque lo más seguro es que sea un «¿qué tal estás?». No sabe. Esa ignorancia a veces le limita, como ahora. Sería más sencillo si la viera, si se encontrara con ella casualmente. Como aquella vez en ese pequeño pueblo del norte. «¡No puede ser!». «¿Tienes tiempo para un café?». El café se alargó hasta la cena,de la cena se fueron a la habitación de un hostal frente al mar. Y la noche, entre gemidos y jadeos, dio paso un desayuno tardío, a ella bebiendo vino en una barcaza que los llevaba a una isla, donde no se podía fumar. Tumbados, jugaban cada uno con sus estrategias. Cada parte del cuerpo de Anna era un territorio a conquistar. Un continente, un imperio en el que se veía único ganador. Ella, en cambio, inventaba palabras en cada poro de su piel. Dibujaba muchas equis, muchas zetas y alguna eñe con la lengua, con las manos, hasta completar la palabra más larga, la que le diera mayor puntuación. Lorenzo contemplaba el pelo de Anna alborotadocon el viento, mezclándose con las volutas de humo del cigarrillo clandestino que se encendió después de sacar a Lorenzo de entre sus piernas desnudas. «Quedémonos aquí siempre». Entonces, otra vez la oscuridad en los ojos de Anna, el abismo, el salto al vacío desde el acantilado que tiene a la derecha de la pantalla.Ella se fue mientras Lorenzo brindaba en silencio una despedida con los posos del vino. Ahora él se excita al recordar esos tres días.

«… escribiendo». Podría hacerlo, ¿por qué no? Una visita fugaz, un pasaba por aquí. Volver a rozar torpemente las manos, juntar las rodillas a la vez que se ríen recordando los viejos tiempos. Podrían jugar de nuevo. Terminar la partida y proclamarse ganadores, cada uno en su particular juego; él, con todo el imperio conquistado; ella, con un diccionario hecho de toda su piel.

«… no está conectado». Ya no hay luz verde. Decide volver a trabajar. Antes de cerrar, echa un vistazo a su perfil. Una canción, una frase, una foto de aquella villa marinera. La flecha del ratón titubea un instante. Lorenzo duda. «Me gusta».

Los primeros ruidos de la mañana aparecen. Las lámparas de las cocinas se encienden escalonadas en el bloque gris de enfrente. Las cisternas de los baños resuenan por las viejas tuberías. Mira de nuevo la foto mientras escucha la canción que se pregunta qué puede hacer. Decide arriesgarse. «Me encanta».

Tal vez mañana la luz verde siga escribiendo. Tal vez mañana sí consiga darle a la flecha azul. Tal vez mañana tenga una notificación nueva, que le haga recordar los desayunos de calamares, la pequeña villa marinera y el vértigo en el borde del acantilado de sus ojos.

«¿Está seguro de que desea salir de esta página?».

Ya ha salido el sol. Escucha las voces de los niños que marchan a los colegios. Los coches aceleran. La vida entra de sopetón en su solitaria estancia. Vuelve a los números. Tal vez mañana.


Postales desde Ítaca
Beatriz Abeleira

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