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La palabra dada

- 15 marzo, 2019 – 10:1617 Comentarios

Recuerdo que en mi niñez se usaba corrientemente una expresión que ha caído en desuso: Palabra de honor. Empeñar el honor propio en una afirmación o una promesa, era el máximo aval de veracidad que se podía dar, porque aparte del sentimiento religioso, no había nada más sagrado para una persona que su honor.

Obviamente, no es que todas las personas ni todos los actos fuesen honorables sólo por ser de otro tiempo; pero para las personas que pretendían serlo, existía un código no escrito que era fundamental respetar. También es cierto que este código no escrito imponía también una serie de estrictas conductas morales y sociales, que pudieran traer la vergüenza y el escarnio a quienes no lo observasen. Los tiempos han cambiado para más o menos cosas, y ese código moral que nos sobrevolaba a todos se ha relajado para aceptar comportamientos que antes se asociaba al deshonor, especialmente en lo que se refiere a hábitos de la vida privada que en nada atañe a otros. Pero por desgracia, no es que en España se hayan relajado las costumbres, sino que se ha confundido la transgresión de la norma impuesta, con la falta de respeto por los deberes que conllevan la pertenencia a una comunidad.

La máxima del honor sigue teniendo una línea infranqueable: el respeto y la verdad; la honra y la dignidad. Pero actualmente se ha banalizado casi por completo el significado de tales nobles conceptos. Nada hay de digno en colarse en una fila, en ocupar dos espacios de aparcamiento con un solo coche, en dejar una botella vacía en el banco de un parque, en molestar a sabiendas, en no respetar a los mayores, en hacer en la propia vivienda obras que se prohíben al resto de la comunidad … comportamientos que no entienden de edades ni clases sociales, y que están a la orden del día. No es falta de educación, es peor.

Aparte de los pecados por acción u omisión, está la falta a la palabra dada. La falta a la palabra dada, cuando su cumplimiento no depende sino del alcance de la voluntad propia, es un insulto en toda regla hacia aquel a quien se pronuncia: cuando a uno lo toman por tonto, por crédulo, lo insultan, sin necesidad de pronunciar injurias. Por pasiva, si resulta mezquino desconfiar de la honradez del prójimo sistemáticamente, habrá que convenir que, si a dicho prójimo se le otorga la confianza y la credibilidad, éste ha de responder a la confianza otorgada. Lo contrario, significa – sencillamente – que quien falta a la palabra no tiene dignidad, ni vergüenza. Cuando un profesional te da un presupuesto inicial alejado de la factura final, o te embauca para firmar un contrato con falsas promesas, o te da una cita y luego no lo cumple … Hay profesionales que manejan con maestría la herramienta del engaño. Por eso, quien miente, pierde el respeto que todo prójimo merece. Pero queda una vía de redención, el perdón por la excusa dada: la misma piedra, la palabra dada, vuelta a empezar. Uno puede creer o no creer, puede volver a dar otra oportunidad, y solucionar el asunto … o por el contrario, volver a verse engañado. Insulto sobre insulto. Solo una relación afectiva hace posible que el incauto perdone la burla para seguir siendo engañado una y otra vez.

Pero si hay un gremio caracterizado especialmente por su trapacería es la “clase política”, Para la sociedad española, los políticos son el segundo problema, por detrás del paro. La actividad política está tan desprestigiada, tan enfangada, que resulta casi bochornoso para cualquier ciudadano/a hacer pública su militancia. No es de extrañar, comprobando la ligereza con la que mienten (algunos con verdadera compulsión), con la que usan engaños o cifras falsas en sus argumentos, o con la que prometen lo que no tienen intención de cumplir. La mentira se ha convertido en un arma poderosa, fuera de control, y de consecuencias imprevisibles – vistos los precedentes en el Brexit, la política de comunicación de Trump, la intoxicación en favor de la independencia de Cataluña, o la negativa a aceptar la verdad (probada judicialmente) sobre los atentados del 11-M de 2004, por citar sólo cuatro ejemplos. Y a mayor mendacidad, mayor deshonor. Pero da igual, mientras la mentira sea útil. No es de extrañar, comprobando la poca memoria que tiene la audiencia y los réditos políticos que con ello se obtienen. El mejor antídoto contra las mentiras (sean mentiras a corta distancia o de amplia difusión) sería la transparencia; pero la política, y los políticos, de todo el arco parlamentario, de todas las tendencias, a la vez que alaban las virtudes de la transparencia, no actúan en consecuencia: son los más beneficiados de la opacidad.

Las mentiras (o las “medias verdades” – que son peor que las mentiras), lanzadas desde púlpitos y estrados, sin contestación alguna, sin rectificaciones, no serían lo mismo sin la complicidad de los medios de comunicación. La mentira se publica, se agranda con el uso torticero del lenguaje, y se retroalimenta cuando los propios políticos aluden a la prensa (¡la misma que difundió sus mentiras!) para “justificar la veracidad” de sus afirmaciones. Evidentemente, en nombre de la libertad de expresión, resulta imposible enmendar y erradicar las mentiras que se publican a diario en los medios. Sin esa complicidad y falta de denuncia de los medios, las mentiras tendrían mucho menor impacto. La crisis de la prensa escrita no se puede achacar solamente a la irrupción de la prensa digital: los medios independientes, de verdad, se mantienen gracias a su credibilidad; los que dependen de los intereses de los consejos de administración y sus empresas, no tienen problemas económicos para su subsistencia. Detrás del descrédito de los políticos, está el de los periodistas seguidistas.

Hay dos formas de promover un engaño con convencimiento. Los primeros, los que promueven bulos a sabiendas de que son mentiras, son sencillamente gentuza repugnante y despreciable, sin paliativos – sean anónimos, presidentes o secretarios generales. Los segundos, los muy convencidos que difunden bulos inverosímiles y escandalosos, sin el menor esfuerzo por verificarlo antes. Parece mentira que haya tanto y tanto incauto.  Muy a menudo, este tipo de mentiras consiste en “confidencias”, que algún enteradillo propaga por las redes sociales, para revelar las supuestas verdades ocultas. Siempre con el anonimato, o con usurpación de cuentas. Hay una página web que se dedica a investigar ese tipo de noticias, de toda condición, cuya visita provoca vergüenza ajena: https://maldita.es/malditobulo/. Normalmente, este tipo de bulos proviene de gente anónima, aunque el último en publicarse, de 14 de marzo, ha contado con el “incauto” Hermann Tertsch como propagador “involuntario”.

 Parece mentira lo fina que tenemos la piel para cosas sin importancia, y lo que tenemos que soportar los ciudadanos de los representantes políticos y sus voceros deshonestos.

Pares y nones
Antonio Fernández Reymonde

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