Wittgenstein: Ni sermón ni perorata

José Antonio Casado.- “Ha llegado dios”, me lo he encontrado en el tren de las cinco y cuarto, escribió John Maynard Keynes en una  carta con fecha 18 de enero de 1929. Keynes podía considerarse el economista más importante del mundo en aquella época. Se había encontrado con Wittgenstein por casualidad el día que este regresó a Inglaterra.

“No se preocupen, sé que jamás lo entenderán”. Con esta frase concluía el 18 de junio de 1929 en  Cambridge el que seguramente haya sido el examen oral de doctorado más peculiar de la historia de la filosofía.

Pues con estas frases abre Wolfram Eilenbeguer un libro de filosofía muy peculiar, en el que se analizan cruzadamente y en paralelo las figuras de cuatro gigantes de la filosofía alemana de la primera mitad del siglo pasado. Hace tiempo que no leía un libro de filosofía, yo que me he pasado horas y horas intentado comprender a Platón, Aristóteles, Plotino, San Agustín, Santo Tomás,  Descartes, Kant, Hegel y Marx; yo que para articular la historia europea prefiero recurrir a estos nombres en vez de a Mirón, Fidias, Praxiteles, Leonardo da Vinci, Miguel Angel, Durero o Picasso; o a Homero, Virgilio, Dante, Cervantes, Shakespeare, Goethe o García  Márquez, pongamos por caso.

 He vuelto a leer un libro de filosofía de cuatrocientas páginas y no he quedado decepcionado. Lo digo porque a menudo se piensa que la filosofía en un saber inútil, que no tiene objeto alguno y que no sirve para nada como no sea para perder el tiempo o reflexionar sobre el saber y los conocimientos que han adquirido otras ciencias sin aportar nada propio. No es así,  por más que unos y otros se empeñen en eliminarla de currículo académico o reducirla a la categoría de las marías.

Pues bien, el dios que se encontró Keynes y el que le espetó la frase mencionada al tribunal que le examinaba, no era otro que Wittgenstein, el autor del “Tratado filosófico” y de las “Investigaciones filosóficas”, dos libros relativamente breves, perfectamente estructurados y que se llevan leyendo y releyendo un siglo sin haber tocado fondo.

El tribunal que le examinaba estaba compuesto por Bertrand Russell y George Edward Moore, dos luminarias que habían montado a prisa y corriendo un examen para que Wittgenstein, que había donado todos sus haberes – descendía de una de las grandes fortunas de Viena- a sus hermanos y que había pasado unos cuantos años dando clases en escuelas de aldeas perdidas de Austria sin que lograra encontrar el lugar que buscaba, tuviera unos ingresos.

Como todo el mundo sabe,  Wittgenstein es un lógico perdido que intentó buscar un lenguaje en el que se eliminaran las redundancias y las trampas que nos impiden llegar a la verdad. No se inventó una lógica simbólica al estilo de otros sabios de la Escuela de Viena. Pero basta hojear el “Tractatus” para darse cuenta de lo mucho que significaba para él el leguaje preciso y bien articulado. Leerle hoy, aunque sea a vista de pájaro, es una cura radical contra la ola de demagogia que invade la política, la filosofía barata de muchas tertulias y una parte abundante  del periodismo al uso. Seguro que él no pensó que su “Tractatus” se pudiera aplicar a estos menesteres, pero la verdad es cuando un dios habla hay que tenerle en cuenta en cualquier contexto.

El Wittgenstein del “Tractatus” trabajó para moverse dentro de los límites de un lenguaje perfecto, que no dejara resquicio para la anfibología y el error; pero después de muchos años reconsideró muchas cosas y cuando escribió las “Investigaciones filosóficas” daba mucho más valor al lenguaje común. Voy a hacer una cita: “He sentido la necesidad (y creo que esta es la que mueve a todos aquellos que han tratado alguna vez de escribir o hablar de ética o religión) de arremeter contra los límites del lenguaje. Este arremeter contra las paredes de nuestra jaula es perfecta y absolutamente inútil. La ética, en la medida en que nace del deseo de decir algo sobre el sentido último de la vida, sobre lo absolutamente bueno, lo absolutamente valioso, no puede ser una ciencia. Lo que dice la ética no aumenta, en ningún sentido, nuestro conocimiento. Pero es el  testimonio de una tendencia del espíritu humano que yo personalmente no puedo sino respetar profundamente”. Ahí queda. Perdonen la extensión.

Volver a Wittgenstein aunque sea de pasada es una cura perfecta contra la banalización del lenguaje y contra su uso desconsiderado. El lenguaje, que para muchos es sinónimo de la mente humana, es un tesoro que recuperamos cada vez que lo usamos y lo convertimos en lengua, como diría Seaussure.

Y sé que los tecnólogos lo consideran poco menos que una antigualla y por eso recurren a las plataformas de datos, a los algoritmos y a la inteligencia artificial; pero también sé que para que estos tengan algún valor precisan filosofar sobre ellos y venderlos al común de los mortales como si fueran el futuro de la humanidad; un futuro en el que seremos felices con Google, Amazon y Apple. He leído a alguno de ellos y puedo asegurar que Tomás Moro y Campanella se quedan enanos a su lado.

También ellos, los teóricos del Valle del Silicio, deberían releer a Wittgenstein. Tal vez bajaran de la nube en la que viven y se han instalado, felices de haber acabado con el humanismo y de pertenecer a un mundo en el que la filosofía ya no sirve porque es parte de un proceso evolutivo que,  por superado, se ha quedado desfasado. Dicen que el “homo sapiens” e ilustrado ha sido engullido por el hombre modificado a base de chips, bien los lleve implantados o en un móvil al alcance de la mano. Lo más fácil sería dejarse engañar; pero hay unos cuantos que no estamos dispuestos a ello, aunque nos tachen de antiguallas al igual que el lenguaje común que manejamos.

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8 COMENTARIOS

  1. Es un artículo interesantísimo.

    Esa corriente de pensamiento que describe tiene un nombre TRANS-HUMANISMO, y hay quien la clasifica como pesudo-religión.

    El futuro para ellos es el dominio de la ínteligencia artificial y el advenimiento de una especie de super hombre (el cyborg), que supera los límites físicos o naturales intrínsecos a la biología humana.

    El panorama es aterrador pues su primacía conduciría a la esclavitud del ser humano biológico. Ellos dicen que no, pero el acceso al cyborg desarrollado sólo estaría al alcance de los más ricos.

    Wittgenstein es uno de los filósofos más carismáticos del siglo XX. Su vida es apasionante, y ya la describes un poco.

    Abandonó una tremenda fortuna y su carrera de ingeniero brillante, por la filosofía, gracias a Russell.

    Vivió como un monje toda su vida, y también vivió entre ellos. De ahí quizás que llamara MÍSTICA a todo aquello que no negaba (Dios) pero que no podía nombrar. Su lógica era en sus raíces aristotélica (si lo he llegado a entender). Lo que no puede ser nombrado, identificado a través del lenguaje, sencillamente no existe o es falaz.

    De ahí que dijera: «De lo que no se puede hablar hay que callar».

    Creo recordar que fue enfermero en la I Guerra Mundial y fue hecho prisionero por los italianos.

    Cuando estudié a Wittgenstein, se distinguían dos etapas. Era tan minucioso y honesto que revisó su obra original y se desdijo.

    En esa segunda etapa, ya lo apuntas, matiza la radicalidad que manifestaba en su ontología del lenguaje (1ª etapa), y se centra en el uso y connotaciones que los usuarios dan al lenguaje y las palabras.

    Llega a una útil conclusión. Los conflictos entre seres humanos se deben en buena parte a diferencias de interpretación del mismo lenguaje que usan. Las mismas palabras pueden tener distinto significado para los usuarios.

    Yo creo que si Wittgenstein viviera hoy se percataría de lo que para mí es una Epidemia (y una dictadura), EL ABUSO CONSTANTE DEL EUFEMISMO EN EL LENGUAJE POLÍTICO.

    El eufemismo es un falseamiento semántico. Es no llamar a las cosas por su nombre, es la MENTIRA semántico.

    Lo llaman Diálogo, pero es Cesión.

    Pongo un ejemplo.

    Celebro tu artículo.

    La Filosofía es una herramienta poderosa.

    Enseña a pensar y a detectar la gamba que te quieren vender otros a través de su lenguaje.

    Es muy útil.

  2. Es muy chulo lo que has escrito. Solo un pequeño «pero». Ni todos los políticos, ni todos los dueños de tecnológicas son así.

    En el Parlamento español aún hay políticos que da gusto escuchar, a pesar del ninguneo de los medios que solo se fijan en los bocachanclas y, si no lo haces, te recomiendo seguir el blog de Bill Gates.

    Es más, ojalá y pudieras tomarte un café con algunos profesores/as de Ciudad Real, algunos médicos, algunos ingenieros… Lo ibas a disfrutar.

    Aquí fuera sigue habiendo vida inteligente, al estilo de quien mencionas en tu estupendo artículo.

    • Estimado Casado, no hay que rascar mucho, a Romera lo tienes muy cerca, a Isidro, a Rivero…. Desde ahí ve tirando del hilo y te saldrán.

      En su día hubo una tertulia interesante en el Bastón, ya hace años, seguro que la recuerdas.

      Es una pena que no hayan seguido y renovado. Porque hay gente muy interesante que podría participar.

      Lo mismo te merece la pena intentar en Ciudad Real la Escuela de Ciudadanos de Manzanares, porque falta hace, y mucha. Como puedes comprobar en los comentarios.

      Te he puesto esos tres nombres por conocidos y por publicar aquí, pero viviendo en Ciudad Real creo que coincidiremos en bastantes.

      A quien más conozco de los mencionados es a Isidro y Rivero, y hay hilo donde tirar… Pero creo que lo sabes igual que yo.

      Ah, y no sólo hombres. Si tiras del hilo de Isidro y llegas a su compañera del Centro de Estudios lo flipas… Pero claro, esto ya es poner nombres que no sé si quieren publicidad.

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