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Cuaderno de pandemia

- 14 marzo, 2020 – 11:0211 Comentarios

Manuel Valero.- Como cada cual, uno se espanta de lo que ve, oye y lee. En la calle. O en las redes. Hay mucho encefalograma plano en las redes. Más: las redes, salvo excepciones, son una planicie inabarcable de sandez, un ras de toda inteligencia. Emocional, artificial o natural.

Hay humor que no lo es, un humor lactante, adolescente, irresponsable. Un humor que irrita y que amenaza con propagarse alimentado por las horas de reclusión doméstica que se avecinan.

Como cada cual, uno anda con terapias caseras sobrellevando las vísperas, pero a veces es difícil. Como dice el amigo Pepe Rivero. Esto no es un juego ni una peli. Es tan real como el asfalto que pisamos cada día, como el pan que compramos y como la cerveza que tomamos. ¿Quién no ha hecho cuentas? ¿Quién no ha recordado su edad y se le ha aparecido como un número de lotería según la altura de los dos dígitos, que es donde estamos casi todos encasillados, en apenas dos números? ¿Quién no ha pensado en sus mayores? ¿Quién no rumia y escupe unas cuantas letanías para que el bicho del demonio pase de largo de su vida y su hacienda y el dedo  de la mala fortuna le conceda  la gracia de ignorarlo? Tanto perifollo  para depender de la compleja simpleza de lo azaroso.

Como cada cual, uno confía en que esta nueva circunstancia no perturbe la realidad más allá de lo soportable y que el arresto voluntario sea provechoso. Y que a pesar de los incomprensibles éxodos playeros, la adquisición al por mayor de papel higiénico y el asalto a las tiendas, la gente reaccione con la cabeza. Nunca la cabeza y el corazón van a estar tan sincronizados:  la cabeza para evitar el contagio propio y el corazón para evitar el contagio ajeno. Y por más que las calles nos parezcan un escenario de soledad sobrevenida siempre será mejor que el deseado bullicio de todos los días, hilo conductor del enemigo.

En la soledad  callejera no hay carnaza para el bicho. Siempre se concibe la soledad como un estado de angustia y desamparo cuando no es voluntaria. La primera es estructural; la voluntaria,  una coyuntura personal. Pero la soledad colectiva nunca la habíamos experimentado. Es como si la calle muriera un poco hoy para garantizar la vida y la salud,  mañana. Sí, ahora.

Como cada cual, uno piensa en los profesionales de la medicina y en todo el personal, cualificado o no, que trabaja en los hospitales haciendo frente a una realidad insólita y desconocida. Todo va unido. El comportamiento personal en estas circunstancias incide directamente en el buen funcionamiento del engranaje sanitario público. La pandemia ha alterado la inercia de las cosas y nos ha hecho tomar conciencia de que cada cual es parte de un todo, en el que influye y del que depende. Basta con seguir las instrucciones y esperar. Sí, ahora.

Como cada cual, uno piensa en la cantidad de compatriotas que verán mermados sus negocios, y su economía familiar y los estragos económicos que ya está causando la emergencia sanitaria. Pero confía también en la esencia solidaria de la condición humana y que ante este escenario nunca conocido por las últimas generaciones sea la colaboración la que dé la cara y no el pillaje, la piratería o la especulación, como suele ocurrir siempre en estados excepcionales. Sí, ahora.

Como cada cual, uno espera que los políticos estén a la altura de las circunstancias y que, ya sean azules, rojos, morados, verdes, naranjas o irisados dejen la odiosa práctica de la política como un ataque ad hominen y arrimen el hombro, que ya habrá tiempo de hacer arqueo cuando el bicho muera, se aburra y se vaya. Puede que Emiliano García-Page, por ejemplo, haya cometido errores pero eso no justifica la salida en tromba pidiendo su cabeza. No, ahora. Y quien lo hace, añadiendo un elemento de perturbación política a una situación ya perturbada socialmente por intereses de partido, comete el mismo error o peor. No es hora de hacer política de baja estofa. No, ahora.

Como  cada cual, uno confía en que la ciencia le gane pronto a la partida a la coronada cosa y deja para más adelante las especulaciones y programas de televisión que hablan de cosas horribles, porque si claudicamos ante los apocalípticos y los conspiranoicos podemos tocar el absurdo de la humanidad, y entonces, apaga y vámonos. No, ahora.

Como cada cual, uno se va a entretener en casa, que tenerla ya es una bendición, y va a tratar de gestionar el tiempo lo mejor posible: escribiendo, leyendo, cocinando, navegando lo justo y contactando con la gente que quiere por el medio que propala la insensatez, porque también las redes son un saludable utensilio de interconectividad.  Como la vida misma. Y que cuando todo pase, volvamos otra vez a la calle, que ahora está sola para que el diminuto ejército invisible se dé con los dientes en las piedras. Suerte. Ahora y siempre.

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