Promoviendo la importancia de las relaciones humanas

María José Aguilar Idáñez. Catedrática de trabajo social de la Universidad de Castilla-La Mancha.-Este 16 de marzo de 2020, en medio de una pandemia global, tomemos conciencia: las potencialidades de cada persona sólo pueden desplegarse en contextos de solidaridad colectiva garantizada.

Vivimos en una sociedad del riesgo donde la existencia o no de relaciones (así como su tipo e intensidad), resulta determinante para situarse en la zona de integración, de vulnerabilidad o de exclusión social. La importancia de las relaciones humanas radica en su capacidad de brindar cuidados y apoyo para que las personas podamos vivir de manera autónoma, solidaria y gozosa.

Las personas nos relacionamos con nuestro entorno social creando redes de comunicación. Estas redes sociales familiares, vecinales y comunitarias son un agente de protección frente a la exclusión y el aislamiento, que las trabajadoras sociales debemos fortalecer. O generar si no existen. Tienen una importancia capital en cualquier tipo de proceso que busque el bienestar y el desarrollo humano pleno. Una de las funciones principales del trabajo social consiste en estimular las relaciones humanas, sosteniendo las redes sociales de autoayuda y ayuda mutua.

La existencia de estas redes -formales e informales- es lo que protege socialmente a las personas, familias y grupos; evitando o disminuyendo los riesgos de exclusión social. Es decir, la creación y el fortalecimiento de las diversas redes sociales (y especialmente las de apoyo social) constituye el mejor antídoto preventivo frente a problemas sociales que derivan en marginación, desintegración y exclusión social. Falta de salud en definitiva. No podemos conformarnos, por tanto, con ser meros proveedores o intermediarios de prestaciones.

Para el trabajo social, que se acerca siempre al ser humano en sus momentos de dificultad y, por tanto, de intensa y peculiar humanidad; esta circunstancia significa mostrar que hay salidas válidas y posibles. Significa dejar de asumir las necesidades básicas exclusivamente como carencias que generan demandas y empezar a asumirlas como potencialidades que dan lugar a la búsqueda y la participación. Significa valorar la cooperación, la ayuda mutua y la conducción participativa, por encima de la conducción jerárquica y la disciplina de las organizaciones. Significa reconocer que la importancia de los profesionales radica en la liberación de nuestro potencial de conocimiento y creatividad.

La buena práctica profesional es la que incluye dos elementos: la producción de relaciones, interacciones y vínculos sociales; y el fomento de una participación que reconoce a las personas atendidas el estatuto de autores y coagentes. Contra lo que mucha gente -y no pocos responsables institucionales- piensan, el mejor profesional del trabajo social no es quien produce o gestiona más prestaciones, aunque sea con costes menores, sino quien produce servicios significativos.

La naturaleza de nuestra profesión siempre ha sido relacional, no prestacional. La empatía permite compartir la fragilidad y vulnerabilidad que une a intervinientes e intervenidos, en un proceso de reconocimiento mutuo e implicación activa, que es el único camino cierto para generar confianza en el sujeto y para ser capaces, como profesionales, de reconocer sus capacidades y potencialidades, sus fortalezas y posibilidades de actuación. No se trata de identificar patologías, sino de descubrir distintas expresiones de la normalidad.

Además, ningún cambio personal es posible, si no es decidido y asumido por los propios sujetos. En este sentido, las trabajadoras sociales somos “facilitadoras”, expertas que podemos ayudar a clarificar, a poner en relación. A que “el otro” conozca y comprenda mejor su situación, a la vez que va descubriendo sus propias potencialidades y recursos personales. La participación de las personas es, por tanto, fundamental desde el momento mismo en que se inicia el proceso de relación y se toma contacto con la trabajadora social. La película francesa “Las invisibles”, de Louis-Jean Petit (2018) es un buen ejemplo de este tipo de práctica y compromiso profesional.

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