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Cuaderno de pandemia (10)

- 7 abril, 2020 – 13:4510 Comentarios

Manuel Valero.- La ciudad material no se derrumba. La ciudad amanece cada día sola, con insólita expresión de superviviente, intacta, erguida frente a todo como dice el himno patriótico. Todo está en su sitio, la realidad física de las cosas permanece impertérrita. Nada hay que delate el estrago en el mobiliario urbano.

Me ha llamado la atención la limpieza general. Ni un papel en la acera, ningún resto de convivencia festiva. Los bancos, las pequeñas plazas, las fuentes, los jardines, los semáforos, los automóviles varados en la calzada… continúan en su lugar, como un gigantesco pecio de lo que fue ayer. Las fachadas de los edificios del Paseo y las calles principales, los tejados de las casas de los barrios, no exudan al exterior ni una sola gota de padecimiento. Hay tanto silencio que me han dicho que se oye a distancia el rumor del agua agria en su caída perpetua.  La ciudad está igual, idéntica, indemne. El espejo de este tiempo de asombro le devuelve una copia exacta.

Es tan diminuto y criminalmente envolvente  el bicho que nos asedia que no deja ruinas de guerra en el paisaje. La ruina está dentro de las tripas de la ciudad, en cada bloque, en cada piso, en cada tienda, en cada bar, en cada taller, en cada casa rampante hacia los cerros, en cada hogar frontero con el Valle. La ciudad intacta es un extraño espejismo.  Puertollano, como cualquier ciudad amanece sin ninguna  huella a la vista del desastre.  Ni siquiera sabemos el número de paisanos fallecidos en una política incomprensible de información. Todo está dentro, el dolor está dentro, dentro de las casas tocadas por el ángel exterminador, en los hospitales, en los centros de mayores, en el cementerio. El único movimiento es el de los centros sanitarios y la brega sin descanso del personal para salvar vidas, de los funcionarios públicos que trabajan,  y está en los tristes y solitarios enterramientos. Y la duda persistente, que se mueve continuamente, de que los números no cuadran y nos faltan datos, nos falta el parte de bajas, para hacer más nuestros a los que se fueron. Sin pánico, en plena resistencia.

La belleza está en el interior, como dice el aforismo de consolación con que la fealdad externa trata de sobreponerse a su destino. De puertas afuera…nadie; de puertas adentro, todo. Y todos. Cada hogar se ha convertido en un historia narrable. La ciudad se ha dado vuelta como un calcetín y ahora digiere en su tracto las decenas de miles de cuerpos que la habitaban a diario  sobre su dura piel callejera…  Es una ciudad convexa.

Y de repente me percato de la presencia virtual que nos abunda. Tenemos ordenador y móviles con utilidades increíbles hace apenas unas décadas. Telefoneamos, wasapeamos, contactamos en twiter, Facebook, Instagram, Skipe,  elegimos cualquier canal temático de la televisión perenne, global, instantánea, escuchamos la radio con diminutos cascos inalámbricos, leemos los periódicos digitales y las tesis de los filósofos para quienes los acontecimientos son un cardumen de ideas donde reflexionar y responder a lo que no tiene respuesta con los mimbres de lo material. ¿Quién es? ¿Qué es el ser humano? ¿El destino es común o cada destino depende de la circunstancia personal, de su individualidad  y el generoso caudal de la cuenta corriente? ¿No es la vida un racimo y cada uno la uva que puede ser picoteada al azar por una avispa pero de una misma suerte ante el ataque sin contemplaciones del insecto de la filoxera?¿Si todo esto obedece a un miserable juego de tronos por coronar el mundo, qué pasa por la cabeza y el corazón de los malos? ¿Son hombres? ¿Y qué se supone que debemos hacer el resto de la gente que discurre por la historia sin más objetivo que vivir y dejar vivir? ¿Hubiera sido soportable el confinamiento sin todos estos artilugios que nos conectan a una nueva sociología digital y que pueden ser herramientas que le faciliten la tarea al nuevo feudal?

Prefiero creer en la fatalidad natural de una indeseada zoonosis y que ya andan los sabios de probetas y matraces dándose codazos por llegar a la pócima mágica que nos inmunice. ¿Será por solidaridad humana, por ganancias? El otro día adquirí tres mascarillas a dos euros en una farmacia de Puertollano muy conocida porque no cierra, y uno está a la espera de dos cosas; si va a ser obligado su uso, que el Gobierno a través de las instituciones envíe acopio a domicilio como se hace con la propaganda electoral o intervenga el mercado y el precio de un producto necesario para la salud… y obligatorio.

Hoy ha subido el número de fallecidos en España pero se aligera el número de ingresos en el Hospital Santa Bárbara. Todo es muy raro. Y muy concreto a la vez. Tiene nombres y apellidos: la de los muertos, los heridos, los policías, los guardia civiles, los bomberos y … el heroico personal sanitario. Cuando la dimensión de lo que ocurre se escapa al puro entendimiento es cuando aparece con toda lucidez  que somos una parte insignificante de algo mucho más grande. Tal vez cuando se vuelvan a abrir las puertas y la ciudad intacta nos vomite de nuevo al asfalto hayamos cambiado todos un poco. Del cambio masivo vendrá otra realidad distinta. Tal vez mejor. Quizá.

Dudo de que el cuartel general de las brumas esté ensayando el control  planetario, o que los políticos de turno aprovechen el caos que subyace bajo esta apariencia de calma chicha para poner en marcha nuevos esquemas. El hombre es el hombre y su contradictoria condición,  pero tiene también la capacidad de resistir y reaccionar, posee una pulsión revolucionaria contra cualquier cabronazo que quiera un simple trono universal al precio de unas decenas de miles de vidas. Somos una mera contingencia tan frágil como el cristal pero de una dureza diamantina contra los tiranos. Pasó ayer y pasará mañana. Cada día me convenzo más de que esto trasciende las filigranas geoestratégicas de las potencias y los mercados financieros de las sombras. Es el Bien contra el Mal  si fuera un ensayo de guerra, pero es la Esperanza contra la Fatalidad, si se trató de un estúpido salto de un grano de arena genético de un animal a un hombre.  Aute dijo:  toda la vida es cine. Y yo añado: las películas siempre acaban bien. No todas, pero casi.

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