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Queridos maestros

- 8 abril, 2020 – 10:442 Comentarios

Queridos maestros:

Solo quería deciros que no he podido hacer todas las tareas que habéis enviado estos días.

Mi madre dice que no pasa nada, que ahora en vacaciones tengo que ponerme las pilas un poco y ya está. Pero estoy un poco preocupada por ello. El caso es que ha sido por falta de tiempo, aunque os resulte difícil creerlo.

De Matemáticas no he hecho muchos ejercicios. Bueno, cálculo mental, sí, ese todos los días. En el desayuno hay doce galletas y somos tres hermanas. Pues, cuatro cada una. Bueno, yo, cinco, que mi hermana mayor es muy lenta comiendo y no se da cuenta de que le cojo una del plato, la pobre.

Lengua repaso con mi madre, que se le dan muy bien las exclamativas y las interrogativas. «¡Recoged la habitación!». «¡Haced la tarea!». «¿Lo tengo que decir más alto?». Es una crack inventando frases, ¿eh, seño? Y yo que tardo minutos en pensar «Jorge come sopa».

Tengo que reconocer que Inglés lo estoy aparcando un poco en cuarentena. Los vertebrados no los controlo, pero cómo se dice huevos, leche, mantequilla, clara, yema, azúcar y levadura lo llevo niquelao ya. Es lo que tiene hacer tantos bizcochos con mi padre, que es «polidiota» o algo así dice mi hermana mediana. Mi madre también me ayuda con el idioma. Ella dice los números mal y yo los tengo que decir bien. A mí me parece un juego muy chulo, pero mi hermana mayor dice que no es un juego, que es que el inglés de mamá es de Tembleque. Y luego se ríe. Se ríen las dos, así que yo me uno, porque, si algo estamos haciendo con esto del «confitamiento», aparte de comer muchos bizcochos, es reírnos mucho juntos, de todo.

No creáis que me olvido de Educación Física. Sacamos siempre un rato por las mañanas. Mi madre solo hace el calentamiento y luego se sienta a mirarnos mientras come galletas. Mi padre solo se apunta cuando hacemos yoga. La postura que más le gusta es la del oso polar hibernando, que la hace muy bien, sentado en el sofá y cerrando los ojos. A veces, emite algún ruido ronco y resopla. Es que clava al oso, ¿a que sí? Mi hermana dice que esa postura se la ha sacado de la manga, porque no hay ningún tutorial sobre ella. No sé, pero la hace muy bien para habérsela inventado. Y entonces lo miramos, nos reímos todas, y él, entre ronquido y ronquido, también se ríe.

También he repasado Arts. Como me quedé sin bloc de dibujo, pues aproveché la pared de mi cuarto. Pinté un arcoíris y un #yomequedoencasa inmensos, tan grandes que hasta la vecina de enfrente lo vio desde su cuarto. Hay que animar a los demás en estos días. Y tanto le gustó que avisó a mi madre,a voces por el patio, de mi obra. Y mi madre aprovechó para repasar otra vez las exclamativas, las onomatopeyas y un poquito de religión: «¡Señor, dame paciencia!», mientras frotaba con nanas la pared. Al principio, solo nos reíamos mi hermana y yo, y bajito, para que no nos pillase. Pero luego se le cambió la fuerza de frotar a las cosquillas, porque se sentó apoyada en la pared y se empezó a reír con nosotras también.

De Sociales aún me lío con lo de los pueblos y las ciudades, pero las calles las controlo porque hemos estado jugando mucho al Monopoly. Mi hermana dice que mi padre es el Amancio de los hoteles monopolineros. Lo dice un poco enfurruñada porque ya tiene su primera hipoteca. Pero ellos se ríen con tantas ganas, que yo también lo hago, aunque no entienda ni papa.

En Música quise hacer un trabajo especial para subir nota. La idea era genial: tocar con la flauta Resistiré cuando salimos al balcón a aplaudir. Pero mi madre nos dijo que ni hablar del peluquín. No sé por qué no quiere, porque ella es medio artista y no debería poner límites a nuestra creatividad. Dice que para tocar hay que saber las notas, pero yo, si soplo, sale una melodía graciosa y con estilo, que la vecina, cuando lo hago, se pone a bailar con la cabeza y con las manos en las orejas, que parece un nuevo paso de baile de Rosalía, digo yo. El caso es que después la vecina se ríe y nosotras, también. Y mamá aparece de repente en nuestro cuarto para soltar las exclamativas e interrogativas de turno, pero nos ve así y se une a nuestras risas.

Por eso no he podido hacer todas las tareas que me habéis enviado. Sé que estáis haciendo malabarismos entre programaciones, temarios, ajustes y demás. Solo parad un momento. Respirad. Cerrad los ojos (pero no como mi padre cuando hace yoga). Y recordad a vuestro niño de 6, 8 o 10 años, si pudo disfrutar de tantas risas y tanta compañía de sus padres tan seguido. Hacedlo todos los días durante cinco minutos (pero cinco minutos de los de Ciencias, no de los de mi madre cuando le pedimos ver una serie). Y luego ya, sí, seguid respondiendo correos de padres preocupados, de directores agobiados, de coordinadores estresados, de la Consejería de turno, seguid haciendo cábalas (y las que quedan) con ejercicios, temas, problemas, seguid indagando las aplicaciones para clases on line, preparando exámenes y demás. No penséis que estamos mal. No creáis que no estamos aprendiendo. Estamos enseñando y demostrando que podemos hacer lo que nos habéis pedido (bueno, las tareas, no todas, pero lo de quedarnos en casa sí lo estamos haciendo requetebién).

Mi hermana mayor dice que, cuando seamos mayores y nos juntemos para comidas familiares, recordaremos el año de la cuarentena (mamá lo llama «el año que no fue», pero es que ella pone títulos absurdos a sus cosas siempre) no por saber los vertebrados en inglés ni por si fue ese año el que aprendí a multiplicar, sino porque supimos que papá hace unos bizcochos deliciosos mientras canta en inglés y construye hoteles a cascoporrillo mientras despluma a mamá, que averiguamos que esta, aunque luzca bigotazo, tiene una sonrisa siempre dispuesta a cualquier broma, y que las tres estamos consiguiendo que este encierro se nos haga más llevadero, aunque a veces algún grito se escape. Pero lo que más hay son risas. Muchas. A diario. Y eso nos hace olvidar un poco lo que hay fuera, que no da risa, nada.

Bueno, me despido ya, porque voy a aprovechar que mi madre aporrea el teclado frenéticamente para ir a por un regaliz rojo, que sé dónde los esconde, y calcular mentalmente en cuánto los puedo dejar para que no me pille. Quedan siete… Y cinco es su número favorito. Uno, ahora y otro, pa luego. ¡Soy rápida, seño!

Dice mi madre que, como sois inteligentísimos, habéis descubierto que esta carta no la escribe una niña de seis años.


Postales desde Ítaca
Beatriz Abeleira

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