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La línea descendente

- 5 junio, 2020 – 18:206 Comentarios

Manuel Valero.- Ya está desperezándose otro virus:  camina erguido, tiene el don del habla que es el pensamiento hecho palabra, se dice civilizado, y ha estado en cuarentena dura por quince días. Fueron esos días en los que el mundo se detuvo, el aire se purificó y el medioambiente casi recupera la otra mitad de tanta pureza  virginal.

Las grandes urbes aparecían prístinas con un fondo de montañas azules y algunos animales, despistados por el marasmo repentino, se aventuraron a hozar por el asfalto y a trotar sin temor por las calles desoladas. Era la imagen insólita de unos días raros por un virus que obligó al otro virus a meterse en su guarida . Y sin embargo, el mundo congelado seguía girando sobre sí mismo, alrededor del Astro Rey (o Republicano, que todo lo grande se monarquiza), el Sol alrededor de la Galaxia y la Galaxia en su deriva inercial hasta el infinito y más allá. Todo se mueve desde que explotó la Nada.

Pero fue levantado el cerco a medida que el virus microscópico se debilitaba y ya estaba el otro bacterión irresoluto con un pie en el felpudo de la casa dispuesto a ingresar en la nueva normalidad para hacerla vieja en un santiamén, dispuesto a atajar la calle y a empercudirla como antes del ataque. Ya hemos hecho el arqueo del Armagedón: suciedad vieja, nueva suciedad. Las mascarillas y los guantes suplen a las cajetillas de tabaco vacías, las latas de refrescos y las bolsas de papas fritas. Era el signo de los tiempos y el virus hablante regresó sobre sus pasos y los automóviles a zumbar con ese ruido pasajero y rutinario que retumba al otro lado de los cristales del salón. Han corrido los botellines en los botellones y en el pueblo de Plinio brotó un rodal adolescente que puso de mal humor al apacible señor Simón.

Pero yo no me quedo con esto. Hay que ser ecuánimes. La mayoría de los ciudadanos han respondido con serenidad al mandato de las autoridades sanitarias y poco a poco han salido a la calle con la  amplitud requerida para el espacio personal, las terrazas –aunque haya excepciones- han cumplido con la frontera entre mesas impuesta por el enemigo, el personal de hostelería ha atendido a la parroquia con el tapabocas y en los lugares públicos la mayoría natural del sentido común ha sido la pauta. Me gusta observar y lo he hecho. Casi todos, por no decir, todos, embozados, aunque en un buen trecho de paseo no hiciera falta la mascarilla porque cada uno éramos como átomos errantes en medio del vacío. Pero es lo normal. No vas a estar con la mascarilla arriba y abajo, según sea el tráfico humano. Salvo en el bareto, mientras sea imposible tomar un café o una caña con el bozal puesto.

Todo es muy raro. O no. Apenas se ha aliviado el asedio y ya están nuestros representantes políticos jugando al ajedrez. Y esto es lo habitual ¿no? Los últimos días hemos tenido que convivir con dos frentes: con el del bicho y con el ambiente refrescante por los cojones que despedía el Congreso demediado de sus señorías hacia los cuatro puntos cardinales de la soberanía nacional. Todo muy viejo,  muy déjà vu sobre el jamais vu de esa otra realidad a veces onírica que envolvió las dos semanas de reclusión mayor. 

La televisión ha sufrido estos días una involución manifiesta y los contenidos basura se han ido propagando por la caja tonta como una perversa mancha de aceite.  Llegué a escuchar que durante los días de plomo viral al Gobierno le interesaba que las dos casas televiseras –Mediaset y Mediapro- subieran los niveles de estulticia de los realities, esa otra realidad infame, porque así la gente estaba entretenida mientras los hospitales y las residencias de mayores recibían diariamente su ración de fin del mundo. Una tarde por azar vi un video de Youtube. Era un fragmento  de La Clave, que dirigía José Luis Balbín y eché de menos la tele de Franco. Repito: Eché de menos la tele de Franco. No se pongan nerviosos. No quiero decir lo que seguro más de uno ya me está achacando. Simplemente ocurrió que luego hice la prueba. Fui adrede  a la tele de plasma y digital y lo que vi era casi delictivo. Nada que ver con ese fragmento furtivo de Balbín. Y en blanco y negro. Guau. A veces tengo la sensación de que los de nuestra generación sí tenemos perspectiva para alardear de cierto nivel, si me permiten la insolencia. Cuando yo era un adolescente y escuchaba a Los Beatles en la radio mi madre me decía: ¿Cómo te puede gustar ese chau-chau? Hoy, ya me dirán dónde está el listón. Lo puede remontar un niño de tres añitos. Y así con todo. Una inquietante línea descendente, desescaladora. Estos días han dado para mucho y no ha sido una sino dos y ¡ay!  tres y hasta cuatro,  las veces que me ha rondado por la cabeza la pregunta de si estos tiempos, más que críticos son decadentes que es peor. Pero, bueno, un mal día lo tiene cualquiera y tal vez me haya entrado la pájara en esta lenta remontada hacia abajo por haber ido casi de la mano, ignorantes,  hacia la cumbre de la pandemia.

Pasa que los tiempos del Covid coinciden con una visión del mundo tan instantánea que a uno le entra como desazón por más dineros que esté fabricando la casa de la moneda y timbre eurocomunitaria para que esta vez la crisis no la paguen los tontos. O los débiles, que para el caso es lo mismo.

Mientras, aguardo al lunes en que bajaremos otro trecho para estar más cerca del campamento base de la vida anterior cuando nos creíamos invencibles. ¿No sería posible crear no una nueva realidad sino una realidad nueva, que es igual pero no es lo mismo? Malos tiempos para la lírica y la épica si una sucinta visión de la televisión paleolítica de nuestro país donde se hablaba con rigor y el conductor fumaba su pipa y se respetaba el turno de palabra y había traducción simultánea locutada, te parece un diamante, un fulgor, un destello de cuando la tele no era pútrida. Pura nostalgia.

Disculpen las molestias y largo recuerdo para los que nos dejaron, en este último día de luto en su memoria. Un día conoceremos todos los nombres.

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