Confinados sin contornos

Una película de terror empezaba con esta frase memorable: «¡Atención, atención! ¡Esto no es un sueño, esto no es un sueño! ¡Transmitimos desde el futuro usando su sistema nervioso como receptor!»

Como es lógico, era un sueño. ¿Qué no lo es? Pero era inquietante porque lo único que nos aterra, en el fondo, es la complejidad: no entender nada de nada, no saber qué esperar de futuros posibles e imposibles. No hay hijo de vecino que no tenga siempre su plan por delante, pero no depende solo de él, sino de los sueños de quienes salgan en su sueño. Qué difícil es despertarse en un sueño dentro de otro y dentro de otro aún más grande, y así sucesivamente. ¿Quién sabía en enero que dentro de unos meses estaríamos todos con el burka puesto? Parecía un sueño descartable. Y el virus nos ha descubierto de repente el sentimiento, inédito en esta posmodernidad, de lo inseguro. Los microorganismos están ahí, como los átomos, y a veces nos recuerdan que también ellos pueden jorobar. Pero tenemos demasiado sueño como para despertar.

Quevedo escribía que los últimos años son los que pasan más rápido: se omite lo tantas veces repetido y la realidad aparece encogida y exigua: el tiempo se ha contraído y detenido como a la vera de un agujero afroafricano, la muerte. Hace unos días, sin ir más lejos, han descubierto que han muerto simultáneamente más de trescientos elefantes en Botswana, y no por caza furtiva o marfil: no saben por qué. Las imágenes son aterradoras; el colapso ecológico se acerca. Pero a la muerte ningún adjetivo le pega, pues que no tiene sustancia o ser.  Encerrarse en lo más visto, que es la propia casa, es como hacerlo dos veces, dentro y fuera del espejo esférico de Escher o del San Camilo 1936, de Cela: «El espejo no tiene marco, ni comienza ni acaba». El belga también andaba perdido en una escalera gallega sin arriba ni abajo. Como él, algunos pasamos el asedio volviéndonos locos y, junto a las primeras yerbas indultadas de las aceras, nos asoma el hambriento hombre de Atapuerca pidiendo huesos para el cocido.

Los que peor lo han pasado, además de los parados o los que padecen la pepera ley de trituración del trabajo, son los alpinistas: les ataca la claustrofobia por no poder subir otra vez a la  nariz del mundo, cubierta de sospechoso moco blancuzco, para redescubrir que hay espacio para todo, incluso para la ridícula vanidad de escalar montañas, porque todo está vacío. Mucho.
Imagínense a un opusino en su casa de clausura, rodeado como un núcleo atómico de vástagos gritones y sin »camino» por el que no descarriarse, cuando súbita se oye una frase más antigua que el andar a pie: «Ahora que estamos todos, vamos a rezar el rosario». Quizá es peor soportar cinco minutos de diarrea televisiva o perder las hojas del dinero ante el otoño de una crisis mundial peor que la anterior y aún mejor que la siguiente. Y sin embargo para algunos no puede compararse al monazo King Kong que produce la falta directa de chute fuckbholístico. 
Otros empero prefieren cocinar o comer manjares del espíritu, chupar autobiografías, pillar ensayos, consumir poesía o pandorgarse el cerebro en aceite, o en opio. Los más anhelan, sin embargo, llegar al tetrificado final del Doomo de las series sin fin de Netflix; oír música en You Tube y consultar el último tik tok o chismosidad del móvil; el mundo entero se ha vuelto friki y todo quisque quiere fundar una religión de bulos posveraces como el falso mesías Ron Hubbard, que prefiere hacer rosarios con dólares y ha levantado su catedral junto al Ateneo de Madrid. Mientras, Musk ha llegado del futuro de forma más barata que Michael J. Fox, y ni siquiera nos hemos enterado.

No hace falta mucho para predecir el futuro; basta con disparatar, como el logorreico y jitanjafórico Nostradamus Pórculus. Les pondré un ejemplo: en 2003 se publicó en España el libro censurado en EE. UU. de Michael Moore Estúpidos hombres blancos. Como si fuera un Isaías, está escrito en la página 105:

Respirar siendo negro: puede que se haya llegado al extremo de no aguantar más el acoso, la discriminación, el resentimiento, la sensación de no pertenecer en un país donde reina una intolerancia tan arraigada…

Muchos no pueden respirar, ni siquiera con mascarilla. Lo juro, si Michael Moore dice que las vacas son radiactivas, dejaré de tener mala leche.

Contornos
Ángel Romera
http://diariodelendriago.blogspot.com.es/


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