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Tribalismo

- 23 agosto, 2020 – 16:0611 Comentarios

La tristeza es una de las seis emociones básicas del ser humano según el acreditado psicólogo Paul Ekman, junto al miedo, la ira, el asco, la felicidad y la sorpresa. Al menos son las únicas que transmitimos universalmente con los gestos de la cara; el resto de las emociones son dialectales.

En el código escrito, solo la sorpresa tiene un signo. Pero lo sorprendente es que cuatro de ellas sean negativas, frente a una sola positiva y otra dudosa. Así que podríamos decir, como Tolstoy, que la infelicidad es mucho más variopinta que lo contrario y que cada uno se amarga la vida a su manera, mientras que todos queremos tener finca en Galapagar. Qué poca imaginación hay para ser feliz. Ya se vio en Platón.

Los lingüistas y los filósofos coinciden con Ekman. Han descubierto (por ejemplo, nuestro José Antonio Marina) que el repertorio léxico abunda más en palabras peyorativas y denigrantes que en meliorativas y de alabanza. Las palabras para hacernos sentir bien nos las guardamos, porque son muy escasas.  Provenimos de cazadores nómadas, y lo que ellos hacen no se hace con buenas intenciones, aunque yo piense que provenimos más bien de domesticadores sedentarios; pero la gente ha preferido y prefiere siempre al bruto, hasta en las películas y en las votaciones. Por supuesto, hace falta una jerarquía para repartir lo cazado; no son lo mismo los pies del jabalí que la panza y las criadillas, y sobre gustos no hay nada escrito... aunque todos queramos tener una finca en Galapagar. Cervantes ya lo dijo: "Cada uno es como Dios le hizo, y aun peor muchas veces". En la jerarquía del reparto, a los viejos y a los niños habría que darles lo que puedan masticar sin dientes, por ejemplo.

Lo curioso de las emociones negativas, fuera de su diversidad, es que el elemento más simple que puede aparecer en la descomposición de esos sentimientos es el dolor, lo que ya apercibió Buda, al que también parecía la felicidad una ilusión no sostenible. Sin embargo, lo malo del budismo es que está vacío. 

Además, todas las emociones universales son comunicables con gestos, pero las más complejas requieren otros códigos: los del lenguaje y el cuerpo, tal vez porque ya no son solo emociones, sino cultura, con lo que ya entramos en divisiones. Y la cultura puede ser muchas cosas, pero nunca es básica ni universal: hay que adquirirla con el trabajo y la experiencia de lo distinto. 

Hoy en día, gracias a Dios, no nos miramos como si fuéramos filetes crudos y por cortar. Eso solo pasaba en las religiones paganas y en crisis alimentarias tan acuciantes como las de Atapuerca, Leningrado o los Andes. En Leningrado, allá por la Segunda Matanza Mundial, durante la Edad de Oro de la Estupidez, ni siquiera había ratas porque se las comían. El siguiente paso fue lo que más o menos describe Shostakovich en el primer movimiento de su Séptima sinfonía, si es que tienen paciencia para oírlo, sobre todo pasada la mitad.

El caso del reparto de la carne entre los ricos españoles, salvo una excepción, es muy curioso. No reparten para viejos ni para niños, ni para discapacitados. Por ejemplo, que un grupo de 80 millonarios de 7 países (por supuesto, ninguno español) haya iniciado una campaña para que se suban los impuestos a las grandes fortunas para subsidiar al débil Estado ante la crisis que padecen los pobres por el virus les da escalofríos y se cagan en los pantalones solo de pensarlo. Menos Amancio Ortega: habría podido ser un magnífico presidente de la III.ª República Española, de no ser por su abuso del trabajo infantil. En la Grecia antigua, bajo el régimen democrático, eran precisamente los ricos los que no querían asumir los cargos políticos en el Estado y huían de ellos como de la peste aunque el pueblo siempre los nominaba y no se podían escapar. ¿Por qué hoy en día solo son políticos los que quieren hacerse ricos?

Lo que no se puede comprender es que, habiendo lo suficiente para todos, nos peleemos por tener más. Las guerras no son necesarias para que haya suficiente carne para repartir, aunque las Mundiales del XX dieron lugar después a una gran bonanza económica. Pero en su origen, la disputa violenta es siempre una emoción desbocada, sistematizada y mecanizada por la razón. Todo se ve en el borrador del siglo XIX. El sentimiento elemental del miedo nació, se cultivó y creció a partir del nacionalismo generado por la Guerra franco-prusiana, de la cual derivaron las Mundiales del siglo XX. 

En nuestro caso, del rigurosamente plantado para que creciera en las guerras carlistas entre liberales anticlericales y clericales militaristas que plasmaron Galdós y Baroja, de las cuales nació nuestra gran Guerra civil. Los sentimientos negativos son más abundantes y crecen más que la cizaña y ahogan el buen grano candeal, los sentimientos positivos y constructivos, siempre mal interpretados, arrinconados y marginados, como lo fue el Partido Democrático por la componenda pastelera de Cánovas y Sagasta. Parecería como si el odio, ese resumen de asco, miedo, ira y tristeza, uniese más que el amor, que solo es felicidad y, desde luego, una sorpresa.

Contornos
Ángel Romera
http://diariodelendriago.blogspot.com.es/

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11 Comentarios »

  • Neutral cretino a babor dice:

    Mira A.R. dos niños de 8 meses con mil juguetes alrededorp se pelean por tener el mismo. Sabes cuándo empezó a evolucionar el hombre? Cuando estaba aburrido de tener lo que necesitaba y fue a tocar las narices al projimo. Tu sabes pq yo puedo comunicarme contigo a través de una pantalla y unas ondas? Por la carrera militar? Y a mí como a todos las guerras no me gustan. Las ganas de tocar las narices al otro hace que evolucionemos. No sé si hay suficiente para todos pero como lo repartimos? Cómo en Venezuela y Cuba? A mí es que, los pienso luego existo, nunca me convencieron y ahora mucho menos. En definitiva que bonito fue ver la casa de la pradera. Que envidia tenéis a Ortega, como carne al peso es en lo único que os parecéis, pero en todo lo demás en nada. En este mundo tan rápido no nos da ni tiempo a parar a pensar, es un día y otro y otro y bastante tenemos con sobrevivir. Más me gustaría estar todo el día tumbado mirando al cielo filosofando y con una espiga en la boca

  • Intercolumno dice:

    Decía Georges Orwell: No hay delito, absolutamente ninguno, que no pueda ser tolerado cuando nuestro lado lo comete. También, en un artículo sobre Bertrand Russell muy interesante para los días presentes: Hemos caído tan bajo que la reformulación de lo obvio es la primera obligación de un hombre inteligente.

    Por su parte, Gómez Dávila escribió: El izquierdista se siente perseguido si no está persiguiendo. Lo cual servidor parafrasea diciendo: El izquierdista, tanto como el derechista, mermados por uno de sus dos lados cognitivos, han de sufrir por obligación manía persecutoria. Me he tirado cinco lustros advirtiendo, allá donde tuviera acogida (siempre evitando parecer un fanático o resultar pesado), que, o cambíabamos ideologías por mentalidades, o algo parecido a este desmayo mundial acabaría por asfixiarnos socialmente.

    • Hobbes de luto dice:

      Pero Marcelino, tiras «piedras argumentarias» que te terminan cayendo siempre en la cabeza. Eso que dices es aplicable a cualquiera, aunque lo dejes caer siempre del lado que te interesa.

      Y no, no hay que cambiar ideologías por mentalidades. Lo que hay que hacer es dejar de convertir la política en una cuestión de Fe, ya los partidos políticos en mafias organizadas. Personalmente me encanta ser progresista y no pienso cambiarlo, lo cual no me impone ninguna de las premisas que puedan salir desde cualquier organización de izquierdas.

      Por mucho que te cueste creerlo, los de izquierdas también tenemos ideas conservadoras, como también hay votantes de derechas y católicos que mandaban a sus hijas a abortar a Londres. La diferencia es que nosotros no tenemos por qué escondernos.

      Queréis ser ultraliberales e individualistas a muerte, pero no podéis vivir sin normativizar todo desde el principio de que «todos menos yo son malos».

  • Á.M.S.G. dice:

    Franco nos trató durante cuarenta años como niños y eso gusta. Hoy pasa lo mismo. El día que alguien nos diga lo que no queremos escuchar de nosotros mismos y lo haga dando buen ejemplo reaccionaremos ante esa dictadura de las emociones que es ese estar enganchado a cualquier cosa que nos haga sentir bien de forma artificial.

    Nos es momento para el amor, hemos amado a los nuestros mucho porque hemos temido por ellos. La familia sigue siendo el pilar fundamental de la sociedad.

    No es momento para la felicidad sino para la justicia.

    La defensa de nuestros mayores está por encima de las ideologías, es la regla por la que se ha de medir la calidad de de nuestra esperanza y de la moral de esta sociedad.

    Yo casi la he perdido en este país y en esta sociedad con su escandalosa indiferencia hacia ellos.

    Estoy harto de que la juventud encarne todas las virtudes de la felicidad. Eso es mentira. Es un mito.

    Abracemos la realidad y la fragilidad en toda su crudeza y construyamos con realismo nuestro futuro pero ya está bien de atarnos a mitos, ideologías y al gusto de que nos traten como niños.

    Nadie debe darnos aquello que se debe conquistar por uno mismo.

    Solo lo que es exigente es auténtico, real y merece la pena.

  • Charles dice:

    Magnífico. El mundo en que vivimos nos ofrece, cada vez, más tentaciones para dejar los sentimientos de lado. Se trata de una trampa…..

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